Faltaba poco menos de un mes para que Rocío se marchara y el ambiente ya estaba impregnado de esa sensación. En la escuela se notaba claramente en la actitud de sus compañeros, quienes de pronto parecían buscarla por todas partes: la invitaban a comer, le sacaban charla o se acercaban con una amabilidad repentina, como si siempre hubiesen sido un grupo de amigos inseparables. La mayoría conocía su relación con Sam y, en un par de ocasiones, incluso lo invitaron a él. Hasta en su trabajo las cosas se sentían distintas; de vez en cuando, la dueña le regalaba algo de comer. Sin embargo, toda esa atención extra comenzaba a fastidiarla. Le resultaba absurdo que se interesaran justo ahora que estaba por irse lejos, cuando antes apenas y la miraban. No es que sus compañeros le cayeran mal, pero la hipocresía del momento le parecía insoportable.
Aquella jornada escolar transcurrió bajo la misma dinámica. Apenas la dejaban respirar; si no eran sus amigos, era alguien más del grupo. Cansada del asedio, decidió esconderse en la parte trasera de las canchas deportivas, bajo un árbol frondoso que regalaba una sombra generosa. Era un sitio al que rara vez acudía alguien por lo alejado que estaba. Solo su novio conocía su refugio secreto; a veces la dejaba sola un rato para que pudiera ordenar sus pensamientos y despejar la mente, pues, aunque muchos no lo notaran, ya cargaba con bastante presión sobre los hombros.
El sonido de unos pasos la sacó de sus cavilaciones. Sam apareció al girar a un costado de las bancas de la cancha de fútbol, cargando una pequeña bolsa con comida. La pelinegra yacía tumbada en el pasto, mirando fijamente el cielo e imaginando que era una nube o un ave volando sin ataduras. Ni siquiera notó su llegada hasta que lo oyó respirar cerca.
—¿Me das un masaje? —preguntó haciendo un puchero, con el claro capricho de que la consintiera.
—Los que quieras —respondió él con una sonrisa, sentándose de inmediato y dejando la comida a un costado.
—Me siento famosa, la verdad. Ahora resulta que todos quieren pasar tiempo conmigo —se acomodó frente a Sam, dándole la espalda y echando su cabello hacia adelante para dejarle el camino libre.
—Es normal. Te vas a marchar y difícilmente volverán a verte; solo quieren aprovechar el tiempo que les queda —comenzó a masajear la base del cuello de la pelinegra, provocando que esta soltara un suave gemido de satisfacción.
—Eso lo entiendo, pero a veces son muy fastidiosos. Ayer Alonso me compró el desayuno y, como yo ya había preparado algo en casa, no pude rechazarlo.
—Y me lo terminé comiendo yo. No le veo el problema —bromeó.
Sintió un ligero pellizco en su pierna derecha.
—Suenas como un aprovechado.
—Déjalos ser. Se cansarán antes de que te des cuenta.
—Lo sé... pero, ¿sabes qué es lo positivo de todo esto? Que descubrimos este rincón donde podemos estar solos —cerró los ojos, disfrutando de las manos de su novio—. Por cierto, ¿tomaste algún curso de masajes o qué onda? No puedo creer lo bien que lo haces.
—Andrea me obligó a tomar uno con ella, aunque no soy tan bueno como ella.
—¿Qué tanto aprendiste?
—Lo básico: masaje en cuello, hombros, espalda, piernas y pies. Hay distintas técnicas, pero aprendí la más común.
—No me digas eso —sonrió de oreja a oreja.
—¿Por qué? —preguntó curioso ante su reacción.
—Justo me duelen los pies.
—Ya que termine con esto, sigo con ellos. Por cierto, ¿qué harás esta tarde?
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Caminos Cruzados
RomanceSam y Rocío son dos jóvenes que estudian en la misma universidad, pero nunca han cruzado palabra alguna, soló miradas, hasta que llega el día en el que cruzan sus caminos finalmente, ambos tienen sus problemas, y ambos buscaran la manera de ayudarse.
