La alarma sonó en repetidas ocasiones. Levanté mi brazo para apagarla; quería dormir un rato más, pues aún no me sentía con la fortaleza para poder levantarme. Saqué mi pie de la sábana y volteé el lado de la almohada para sentir lo helado, una de las pocas satisfacciones de la vida diaria. Cuando desperté, miré la hora: ¡había perdido una hora! ¡Qué tonta! Rápidamente fui a lavarme los dientes y me puse ropa adecuada, pero no hice más; en el camino, agarré mi cabello con un chongo -un peinado, generalmente de mujer, que consiste en recoger el cabello a la altura de la nuca una vez que se ha enrollado con un listón o una liga-. No iba a perder más tiempo en arreglarme a menos que quisiera llegar otra hora tarde. Mi madre me observó extrañada ya que salí sin despedirme, corriendo y más desarreglada de lo que hubiera querido; supuse que entendería lo que había pasado.
Estaba cerca de la parada del autobús cuando observé un taxi que iba desocupado, así que alcé la mano para llamar la atención del chofer. Rápidamente me subí cuando tuve oportunidad, di la dirección y marchamos rumbo a la universidad; si esperaba a que un autobús llegara, perdería más tiempo, de por sí ya son lentos.
Llegué a duras penas a la hora exacta. Entré al salón de clases; el maestro ya estaba en él, pero, gracias al cielo, aun no daba inicio la lección. Todos me miraron extrañados y escuché algunas bromas de mis compañeros del tipo: «Te explotó el boiler, qué buen peinado, me gusta tu estilo». Sabía que eran bromas inofensivas para tratar de sacarme una sonrisa, así que me reí al igual que ellos y busqué un asiento al lado de un compañero, quien me sonrió e invitó una goma de mascar. La acepté gustosa y la clase dio inicio.
Repasamos el tema anterior de manera rápida, simplemente para reforzar la información y aclarar dudas. La temporada de exámenes finales estaba por dar inicio, al igual que la entrega de proyectos finales. Una semana atrás se nos habían asignado distintos temas: crearíamos un documento con los lineamientos correspondientes y una presentación, preferiblemente en Canva, aunque podíamos usar cualquiera que se nos facilitara. Mariana y yo aceptamos trabajar juntas sin tratar de asesinarnos; al fin de cuentas era para la calificación final y a ninguna de las dos nos gustaba fallar. Hubiera elegido otro equipo, pero se habían organizado desde los primeros días del semestre, y cambiar a estas alturas no sería problema por la capacidad máxima, sino porque los grupos ya estaban establecidos. La clase terminó media hora antes para poder organizarnos mejor. En semestres pasados habíamos adoptado una forma de trabajo en la cual todos escogíamos dos o más puntos de los que teníamos que abordar y los desarrollábamos; al final, dos se encargaban de acomodar el documento y los otros dos de hacer la presentación. Menos mal que esta vez tuve suerte: la presentación siempre la hacíamos Alonso y yo, así que no tenía por qué verme con Mariana.
La hora de salida llegó y quería colgarme de un poste por la cantidad tan absurda de tarea que tenía para la siguiente semana. Organizando mis tiempos podía darme el lujo de perder algunas horas relajándome o hasta salir a tomar algo, claro está que solo si respetaba los plazos. Guardé mis cosas en la mochila, me despedí de mis amigos y fui directo a coordinación, específicamente con la encargada de mi facultad. Había recibido un correo notificándome que debía presentarme; la licenciada Katherine me estaba ayudando en el proceso para la transferencia de instituto, y parecía ser que ya estaba todo arreglado, pues terminando el semestre formaría parte de otra universidad. Pensar en ello me ponía un poco triste; además, mamá se mudaría esta semana, papá regresaría a la casa y estaría viviendo con él hasta entonces. Me insistió en quedarme con él y terminar aquí mis estudios; podía hacerlo, pero no podía dejar a mamá sola. Todo ese asunto ya me estaba hartando. Firmé un papel y eso fue lo último; ya podía ir a casa.
Me levanté del asiento, agradecí a mi coordinadora, tomé un dulce sabor a café que suele tener en un pequeño plato para los estudiantes y lo llevé a la boca. Disfruté del sabor; me encantan esos dulces, podría comerlos todo el día. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, salí de la oficina y avancé por el pasillo mirando mi móvil, cuando choqué con él. Ambos nos sonrojamos y nos disculpamos por no fijarnos por dónde andábamos; parecía que hacíamos lo mismo, ya que él también guardó su celular en el bolsillo de su pantalón.
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Caminos Cruzados
RomanceSam y Rocío son dos jóvenes que estudian en la misma universidad, pero nunca han cruzado palabra alguna, soló miradas, hasta que llega el día en el que cruzan sus caminos finalmente, ambos tienen sus problemas, y ambos buscaran la manera de ayudarse.
