En el año 2025 la sobrepoblación afectó al mundo consideradamente. Principalmente a los países asiáticos y americanos, inquietando no solo la estabilidad de la economía, sino el medio ambiente y los estándares de orden a nivel mundial. El gobierno d...
Di un grito grande cuando no pude hacer que dejará de respirar. Caí al suelo con un fuerte golpe. Moviéndome de una lado a otro, sintiendo que el dolor hacia hoyos dentro mí, perforaciones invisibles que dolían como el demonio.
Mi cabeza solo veía a Mery sin vida en el suelo, el rostro de la presidenta gozándolo y la puerta moviéndose por el choque de algo del otro lado.
—Entraran —murmuró el guardia que estaba sobre la puerta, y tal como aviso, todos se pusieron en un rincón, protegiéndola.
Apenas tenía las fuerzas para respirar, para seguir vivo.
Me arrastré, sin prestar atención a nada, el sonido se esfumó de la habitación, de todos lados; y coloqué mis manos sobre el pecho de Mery, empujándolo, tratando de reanimarla.
—¡Vamos! —grité, moviendo mis palmas, arriba abajo, tratando de que reaccionará.
Recargué mi cabeza sobre su pecho, llorando, suplicando calmar este dolor, ponerme en su lugar. Miré a un lado, tomé un arma, la puse contra mi cabeza, temblando.
—¡Seis, no! —alguien quitó el arma, tirando de mi agarre.
Miré a la persona, y Lynn estaba en mi campo de visión. La miré con desconcierto, todo volvió en sí. Tenían a la presidenta, a los guardias y pronto Tyron estaba al lado para analizar a Mery.
—¡Rápido! —gritó, llamando a unos que entraban con una camilla.
Me quité, abrazando mis rodillas, mirando todo en perspectiva. Ya no sabía que podía hacer.
—Ha terminado —musitó Lynn.
Me puse de pie, corriendo tras Tyron que estaba trasladándola al hospital, corrí más rápido, poniéndome a su nivel.
—Tyron —supliqué.
—Hay tiempo, Seis, hay tiempo —murmuró—, necesita sangre.
—Toma la mía —contesté de prisa, descubriendo mi brazo para él.
—No —habló—, ya tenemos un donar —Y me empujó para meterse al consultorio, moviéndome a un lado.
Y me quedé fuera, no me permitieron pasar. Pronto me di cuenta que estaba respirando muy rápido; nivelé la respiración, tomé aire con lentitud y mi sangre volvió a hervir. Di una bocanada, moviéndome de a prisa.
—¡Seis! —escuché la voz de Emer, pero no me detuvo.
El paso se hizo más rápido, hasta que llegué a ellos; la presidenta ya no tenía zapatos, y tampoco peluca.
—Matarla no arreglará nada —seguía Emer; pero no lo soportaba.
La tomé con fuerza, y ella chilló cuando nadie hizo nada por detenerme; la puse de rodillas frente a mí. El maquillaje estaba corrido por todo su rostro, las lágrimas formaban franjas espirales.
—Yo solo hacia mi trabajo —se excusó, pero eso no fue suficiente.
Lynn puso un arma entre mis manos, y asintió. No comprendía por qué me ayudaba, pero lo agradecía. Me relamí los labios cuando los sentí secos.
—Todas esas muertes —refunfuñé, colocando el metal del arma en su frente, sintiendo como temblaba ante el toque—. Tú las provocaste.
—Las de las pruebas —murmuró Lynn.
—Las de la rebelión —continuó Emer.
—Nada está a salvo mientras sigas con vida —respingué, pegando más el metal a su piel, provocando que le doliera—, esto es por mis padres, y por Mery.
Apreté el gatillo, todos se movieron hacia atrás, y su cuerpo cayó inerte, con los ojos abiertos y perdidos. Se había ido. Por fin, y para siempre.
Tiré el arma a un lado, dando un suspiro de alivio inminente.
—Sáquenla de aquí —indicó Emer, y siguieron sus órdenes.
Me giré, viéndola, ella se acercó, dándome un abrazo. Lo necesitaba, estaba destruido en todo sentido; ya no deseaba ser fuerte, ni sentirme el mejor, ahora mismo solo quería morir.
—Tranquilo —chistó como si fuese un pequeño indefenso—, todo acabó.
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