36: Colisión

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CHAD

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CHAD

Nos fuimos de vuelta a la ciudad, no quería volver, pero no podríamos huir, ella nos encontraría, no quería revivir de nuevo eso. El simple hecho de pensarlo me daba rabia.

Las veces que creí que mis padres no me querían, por ello nadie me visitaba en las celdas, eran solo mentiras. Ella los había asesinado, y yo, ni siquiera era un secundario. Apreté el puño contra mi costado con fuerza.

—Chad —Mery me llamó cuando se percató de mi molestia inminente.

La miré, ablandando el ceño, tratando de concentrarme y no perder la cordura.

—No puedo dejar que vuelvas a tu casa —musité, tomándola por los hombres—, no puedo imaginarme las cosas que ese hombre te hará, yo...

Mery colocó su dedo en mis labios, negando levemente.

—No te preocupes por mí, Chad, estaré bien —Sonrió—, ahora ve a descansar un poco.

Llegando al limité de la ciudad, me miró, y ahora mismo no sabía si podía ser capaz de besarla de nuevo, tocarla, sin sentir que la presidenta estaba en mis manos y no ella. Temía no poder amarla como lo merecía, como anhelaba hacerlo.

Y la vi alejarse, mientras el viento frio me envolvía ahí parado, tratando de enfriar la cabeza, de no pensar en asesinarla, deshacerla con mis manos. Cerré los ojos, aspiré con fuerza, hasta lograr nivelar la presión en mi estómago.

Y di el paso, caminando de vuelta a la mansión, por detrás, sin ser visto. Ella estaba demasiado ebria para poder siquiera levantarse en la mañana; los guardias, seguro estarían descansando tanto como los mayordomos.

Me subí por las escaleras principales, dando pasos fuertes. Pero la ira llegó de nuevo, de golpe, y me detuve en seco; miré la puerta dorada de lejos, analizando de nuevo las cosas.

Abrí, metiéndome al lugar que estaba caliente por la chimenea digital que estaba encendida, la apagué de un golpe, caminando a la vitrina en donde tenía el licor. Abrí la botella, dando un trago grande, quemando todo a su paso. Me limpié con el dorso de mi brazo, mirándola dormir, ebria, la peluca en el suelo y sus zapatos también. La repudiaba ahora más que nunca; di otro trago grande, pero la molestia me abordó de nuevo y lancé la botella al suelo con fuerza.

Cuando se hizo añicos, ella dio un salto, mirándome apenas pudiendo abrir los ojos con maquillaje corrido.

—Oh, Seis, ahí estas —murmuró, levantando la mano para indicarme que me acerqué—, podrías ayudarme a quitar el vestido.

Pasé de golpe, lastimando mi garganta con el nudo formado. Me encaminé, tomándola con brusquedad para voltearla e ir quitando los amarres del vestido.

Jalé las cuerdas, con tanta fuerza que se levantó de la cama en cada tirón.

—Me gusta cuando te pones violento —apenas y fue audible su murmuro.

La prueba ✔Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora