54: Verdad

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MERY

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MERY

Estaba cansada, mis piernas estaban perdiendo por completo el control de todo mi peso. Tenía la boca seca, y todo me dolía; el vientre me estaba doliendo, y temía perder al bebé en este preciso momento.

—Aguanta otro poco —fingió animarme la presidente, mientras se limaba las uñas en la silla—, Seis está por llegar, ya lo hemos captado.

La visión se me estaba nublando, estaba por perder la razón en ese preciso momento.

—Dios —murmuró la mujer, bufando—, átala en el suelo para que no se muera antes de mi venganza —Le ordenó a su guardia.

El hombre se aproximó a mí, y pensé que cuando tiré de mi amarré abalanzarme, e ir por ella. Pero cuando sentí la libertad, mi cuerpo se sintió el doble de dolorido; gruñí cuando este me dobló para tirarme al suelo, tomando mis manos sobre mi espalda para dejarme ahí tirada.

—Eres tan débil —Me atacó—, nunca debiste avanzar tanto en esas pruebas. Si no fuera por Seis, tú no estuvieras aquí.

Sus palabras estaba esfumándose como el viento, mi mente me estaba venciendo. Era cierto, siempre fui débil, y ahora mismo estaba perdiendo la batalla.

Ojala muriese de una vez, Chad no sufriría tanto.

Sentí un sobresalto, seguido de una arcada, de la cual no pude desechar nada. Afuera había un ruido sorprendente, podía escuchar armas detonándose.

—Siempre llamando la atención —murmuró la presidenta cuando me vio despertar—, él sabe cómo hacerlo —Se rio.

Levanté un poco mi rostro de suelo, intentando moverme para cambiar de pose. Era sorpréndete como las fuerzas habían vuelto a mí.

—Ni te molestes, están muy sujeta —alcanzó a decir, cuando se puso de pie—, tendré que ir yo misma por él. Antes de que nos vuele a todos dentro de este pedazo de metal cochino.

El resonar de sus tacones hizo vibrar en suelo, apenas pude echar un ojo fuera cuando salió. Me retorcí, pero las cuerdas me estaba formando yagas en las muñecas; tendría que quitarme la piel para poder desatarme.

Pude apreciar los gritos de Chad, fuera, la presidenta regocijándose y una batalla armada. Mi corazón palpito con fuerza cuando todo se tornó en silencio. La puerta se abrió y los vi entrar con Chad desvanecido, arrastrándolo hasta el otro lado de la habitación.

Quise moverme hasta donde estaba, estaba a punto de implorar, de pedirle clemencia.

A Chad solo lo sujetaron con las muñecas detrás.

—El efecto pasará pronto —avisó la presidenta—, encárguense de que nadie entre, que pueda vengarme sin interrupciones.


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