33: Acepto

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CHAD

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CHAD

Mi corazón retumbó con un fuerte dolor que me hizo sentir un hueco en mi estómago. Quería vomitar, no existir en este preciso momento. Y la mujer posada frente a mí me daba todas las ganas de hacerlo.

—No soy estúpida, Seis, sé que fuiste tú con las bombas —habló, con la mano en la cara, según ella, fatigada.

Sentí el vidrio de mi copa hacerse añicos en torno a mis dedos, estaba furioso. Arrojé el resto al suelo de la alfombra, pegando un gruñido cuando sentí el ardor en mi piel.

—¡No asistiré! —grité, sacudiendo la sangre de mi palma por la habitación.

La mujer frente a mí no llevaba maquillaje, era casi normal sin pelucas. Su cabello oscuro rebasaba los límites de largo, y sus ojos marrones se abrían más cuando estaba molesta.

—Estarás ahí, y observarás toda la maldita ceremonia hasta que esa chica bese a su marido —gruñó entre dientes—, y pagaras todo lo que hiciste con esas bombas.

La vi levantarse, mofándose entre dientes mientras hacía paso hasta la bañera. Los mayordomos se apresuraron a seguirla mientras otros recogían el vidrio y uno más me colocaba un trapo en la herida.

Grité, sobresaltando a todos en la habitación.

Alguien me había delatado, no era muy lista. Alguien tuvo que decirle que yo tuve que ver con las bombas, que yo quería la rebelión con los secundarios; acabarla de una vez por todas; estaba cansado de ser su marioneta y satisfacerla a cada segundo. Y quería castigarme, quería hacer sufrir más a Mery de lo que lo había hecho. Después de verla de nuevo, y no poder abrazarla, me había dolido bastante, que no soportaría verla con alguien más.

—Señor —habló un mayordomo, cabizbajo—, su baño está listo.

—No me llames señor, y no me ducharé —farfullé, saliendo de la habitación a toda prisa.

Los demás guardias alrededor de la habitación me miraron, y sabía que correrían de inmediato a decírselo.

—¿Qué me miran? —gruñí, negando.

Estaba asqueado, no podía imaginarme nada más ahora mismo. Su perfume se sentía ya adherido a mi piel, su cabello me producía pesadillas y sus manos sobre mi cuerpo me estaban conduciendo hacia la locura. Cerrar los ojos y pensar en Mery fueron mis salidas los primeros días, después ya no soportaba su contacto, ni su olor, tampoco sus labios contra los míos y ese sabor, sabor a alcohol.

Pero no podía hacerse a un lado, el pacto estaba hecho y debía cumplirlo, Mery era mi prioridad, y no dejaría que la dañaran, pero fui tonto, solo juré por su seguridad, y me olvidé de sus intereses. Ahora era obligada a casarse con quien sabe quién.

Aparte de morir de celos por dentro, estaba en una agobiante agonía de temer en que la quisiese forzar hacer algo que ella no quiera.

Después de dar tres vueltas a la última planta de la mansión, me volví a meter a la habitación, cuando la presidenta estaba casi lista, su peluca doraba destellaba con brillantina, su labial y sombra a juego la hacían ver maquiavélica. Y su vestido parecía de la realeza.

La prueba ✔Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora