30: Pareja elegida

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MERY

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MERY

Las dos primeras semanas en el área de urgencias fueron desastrosas; se debía aprender sobre la marcha, y leyendo cientos de libros electrónicos. Estaba cansada.

Mi madre me lo advirtió, no debía buscar a Chad, que él ya era problema de la presidenta y no mío. Pero no sabía cómo después de estar toda tu vida con alguien, querían que así, tan fácil. Lo olvidara.

Pasé mi cabello hacia atrás innumerables veces, seguía siendo muy corto que casi no se sostenía en mis orejas. La hora del almuerzo me incomodaba un poco, nadie me hablaba y aunque yo hiciera el intento, como que se afligían.

—Debe ser muy difícil adaptarse para un secundario —El doctor Tyron era el único hombre amable en el hospital, todos parecían estar molestos, siempre.

—Lo es, vives acostumbrado a otras cosas que salir aquí te hace sentir malo.

El hombre se rio, negando, sentándose a mi lado.

—Se toman muy en serio la amistad en este lugar, solo intenta hacer amigos, ser tu misma, pareces graciosa —animó, en vano, porque no lo era.

Me reí, por lo bajo.

—No lo soy, para nada. Incluso con los propios secundarios me costaba hacer amistades, porque el amistoso era...

Aplané mis labios, basta, me reprendí, siempre sacaba a Chad en todas mis conversaciones. Tyron me miró, tocando mi hombro como si supiera lo que sentía.

—No es fácil lidiar con las cosas nuevas, lo sé, pero con él tiempo aceptarás a todos aquí, y todavía más cuando te escojan una pareja —Lo dicho al final me hizo mirarlo.

—¿Pareja? —pregunté, llena de indignación—, ¿la ropa interior también la eligen por ti?

Una risa carrasposa salió de su garganta. Negando por lo bajo.

—Lo ves, eres graciosa. A las mujeres las emparejan con alguien muy similar a ellas, tienen que coincidir en todo —explicó, moviendo las manos—, tengo treinta y todavía no me escogen para alguien.

Lo seguía mirando igual, indignada con lo que acaba de relatarme, me sentí molesta. Tenía dieciocho y ya querían casarme con alguien.

—Me parece machista, ¿y si me niego a querer casarme? —pregunté, porque no me era factible; y si me tocaba un viejo.

Negué, moviendo la cabeza con la idea impregnada.

—Lo sé, pero son las reglas de la presidenta —Hizo un mohín con los labios—, y debemos acatarlas.

Me crucé de brazos, recargándome en la silla. Pensé en mi madre, mi padre se veía mayor a ella, y nunca lo pensé de esa manera. Pero ahora de imaginarla a los dieciocho con un hombre de cuarenta, me pareció repulsivo. ¿Qué diantres le pasaba a la presidenta en la cabeza?

La prueba ✔Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora