En el año 2025 la sobrepoblación afectó al mundo consideradamente. Principalmente a los países asiáticos y americanos, inquietando no solo la estabilidad de la economía, sino el medio ambiente y los estándares de orden a nivel mundial. El gobierno d...
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MERY
La oscuridad era demasiada cuando caminabas cerca de la valla que dividía la ciudad del exterior. El terreno estaba flojo y mis zapatos se hundían. Mi respiración era incierta y mis nervios estaban al rojo vivo. Estaba decidida en hacerlo, la rebelión e inclusive participar en una revolución. No deslindaría de sus derechos a nadie, necesitábamos vivir libres; enamorarnos y estar con quien queramos.
Dejar de ver morir a niños, dejar de ver a mujeres sufriendo por el tratamiento y hombres ocultándose para ser quien querían ser.
Se sintió frio cuando los edificios se apartaron de mi alcancé, miré a todas las direcciones, tratando de enfocarme en la oscuridad, sentir algún movimiento o algo que pudiese delatarme. El túnel ya no quedaba muy lejos, comencé a reconocer los edificios lejanos, las luces estaban bajas porque ya eran pasadas de media noche; y no tenía idea si la fiesta aún seguía, si Chad sí vendría.
Me quedé de pie un rato fuera del túnel, abrazándome a mí misma; porque no sabía si temblaba de frio o de la ilusión de ver a Chad de nuevo, sin que nadie nos vea.
Alguien chistó dentro del túnel y me moví, tratando de ver algo internamente, y fue hasta que vi el cabello rizado de Chad asomarse, que entré. Sus manos se enrollaron en mis brazos, y sentí el jalón que me dio para estrecharme en sus brazos.
Suspiré sin querer, y sentí su cuerpo tan cálido que no quería soltarlo ni un segundo. Y por un momento había olvidado que estaba molesta con él.
—Chad... —murmuré, contra su cuello que olía bien.
Me separó de su agarré y vi el brillo de sus ojos relucir cuando me encontré con ellos; me relamí los labios, tratando de volver en sí, de poner manos a la obra y dejar el romanticismo.
—Te he echado tanto de menos, Mery —susurró, tocando mi rostro con sus grandes manos, haciéndome sentir pequeña—, no podía dejar de pensar en ti.
Cerré los ojos, despegándome de su agarre, tomando la fuerza de voluntad para no tirarme entre sus brazos y besarlo. El silencio se hizo tenue, ambos mirándonos el uno al otro con la poca luz que nos daba en el rostro, vi las pecas, su hoyuelo y su rizado cabello.
No pensé que extrañaría algo tan simple como un gesto de su rostro.
—Tienes que saber cosas, Chad —hablé primero, aclarándome la garganta—, fuera hay gente queriendo derrocar a la presidenta.
Chad frunció el ceño, mirando el fondo del túnel.
—¿Por eso me has traído aquí? —examinó, retirando sus manos de mi rostro.