Capítulo 40 - Cielo estrellado (+18)

116 24 30
                                        


Amor estaba regando las rosas de su jardín cuando un invitado se materializó en su parcela.

-¡Muerte! –exclamó en cuanto lo vio. -¡Hacía varios días que no te pasabas por aquí! ¡¿Cómo estás?!

Sin responder, el aludido camino hasta ella con una mueca extraña en el rostro. Consiguiendo que ésta se pusiese un poco nerviosa cuando la regadera fue retirada de sus dedos para que el otro dios pudiese estrechar sus manos con fuerza.

-¡Por fin ha ocurrido! ¡Estamos juntos! –declaró entonces sin necesidad de especificar nada más. Tan profundamente emocionado que bien podría haberse puesto a pegar saltitos ahí mismo.

-¡O volvemos a estar juntos! –añadió a continuación exaltado. -¡Ni siquiera lo tengo claro pero no importa! ¡Han sido tantos, tantos años de- ¡Oh, mi Lord! ¡Aún siento escalofríos! ¡Es todo tan- ¡Si esto es un sueño por favor que nadie me despierte!

Ante la euforia de su amigo, Amor parpadeó perpleja un par de veces más antes de comenzar a sonreír ella también de oreja a oreja.

-¡Por fin ese zopenco hace algo bien!

Y la diosa tomó de la mano a su congénere para arrastrarlo al interior de su casa.

-¡Esta ocasión se merece mi mejor Té! ¡Qué digo Té! ¡Mi mejor vino! ¡Le diré a las Cupido que busquen la mejor botella de la bodega! ¡Y pasteles! ¡Muchos pasteles! ¡Esto hay que celebrarlo!

Muerte enrojeció ante el arranque emocional de la mujer, que por un momento demostró también unos niveles de exaltación similares a alguien que acaba de recibir la noticia de que su mejor amiga se casa, y que además va a ser la madrina.

Aun así el dios la siguió encantado hasta el interior de su residencia. Porque puede que no fuese una boda. Pero era una reconciliación. Una muy deseada. Y sí sentía que era algo que debía de ser celebrado. Por todo lo alto si era posible.

No obstante tras algo de té, muchas copas de vino –casi todas para Amor-, y una multitud de elegantes aperitivos, los ánimos comenzaron poco a poco a relajarse.

-Muerte... voy a decir algo y espero que no te ofendas... –exclamó entonces la diosa tal vez demasiado desinhibida por culpa del alcohol. –A veces, cuando pienso en lo que ha pasado con Vanidad, no puedo evitar sentir... ¿compasión?

Y como era de esperar sus palabras no solo recibieron una rápida mueca de sorpresa y reproche, sino que casi atragantan a su congénere con su bebida.

-¡¿CÓMO?! –le cuestionó a continuación a la par que traba de sacudirse la media taza de té que se había volcado encima por accidente.

-Esperaaaaa... deja que me explique...

Solicitó la diosa mientras su amigo, aún echando pestes por los ojos, recibía un fino paño de puntilla de las Cupidos para que pudiese secarse.

-Lo que nos hizo no tiene escusa. De eso no hay duda, no la estoy disculpando. Al final era como si simplemente se hubiese vuelto loca. Peeeeero... no puedo dejar de pensar que ella solo tuvo la mala suerte de enamorarse tan profundamente del hombre equivocado. Estoy segura de que las cosas con ella habrían sido muy diferentes de no ser por eso.

La inesperada reflexión puso un tanto serio a Muerte, quien se encontró meditando sobre ello mientras revolvía una nueva infusión servida por otra sirviente.

-Yo también lo he pasado muy mal durante mucho, mucho tiempo y no me he puesto como ella –repuso un instante más tarde decidido a no sentir ni una sola milésima de compasión hacia dicha diosa.

Apeiron [ AMOLAD ]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora