Veintiocho

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Yuto desde el suelo gimoteaba con sus orejas hacia abajo viendo a su dueño dentro de la cama tapado con las sábanas hasta la cabeza.

Le vio moverse y como sus ojos se asomaban y le buscaban. Aún con sus orejas hacia abajo alzó la cabeza. Si fuera humano hasta abría fruncido el ceño.

La mano del chico que le empezó a cuidar entró en su campo de visión y se acercó hasta ella oliéndola. Sintió una caricia en su cabeza y como era alzado para ser dejado en la cama en la anterior posición en la que estaba antes el chico.

Sus ojos que llegó a ver llenos de brillo, carecían de ello. Y el entusiasmo que tenía por jugar con él ya no estaba allí tampoco. No es que hubiese dejado de jugar con él, pero sus momentos de juegos habían sido reducidos notablemente.

Tampoco había vuelto a ver al otro chico que jugaba con él y no entendía porqué.

La larga mano de su dueño le acariciaba la cabeza con cuidado y cariño como siempre hacía y se dejaba morder los dedos sin llegar a hacerle daño.

Después de todo, él es su preciado dueño que lo salvó. No haría nada para lastimarlo.

Alzó de nueva cuenta su cabeza al sentir aquel aparato que los humanos usaban para comunicarse sonar con insistencia en el cabecero de la cama de su dueño.

Lo escuchó gruñir como él hacía cuando veía alguna amenaza, e ignorar por completo aquel sonido que cuando se dejó de escuchar, volvió a resonar por toda la habitación.

La mano que antes había estado acariciando su cabeza, fue hasta aquel aparato cortando el sonido.

—¿Qué quieres?

Su voz no sonaba alegre como siempre la escuchó, sino apagada y sin fuerza.

—¿Te has olvidado de que día es hoy?- sus perfectas orejas escucharon la voz proveniente del aparato.

—...

—Tenemos que ir a la escuela para ir a Tokio. El campamento de verano empieza mañana.

—Yo no...

—Ni te atrevas a decirlo. Voy a entrar y te voy a sacar de la cama.

Se escuchó un pitido y la voz del aparato se dejó de escuchar.

Aquella cosa se resbaló de las manos del chico frente suyo a lo que él acercó su negra naricita para olerlo; y escucharlo suspirar y encogerse en su sitio.

El sonido de la puerta en el piso inferior le puso alerta, y aunque fuera un cachorro, eso no le impidió ponerse en sus cuatro patitas a los pies de la cama, con sus orejas en punto y sus pequeños dientes siendo mostrados mientras le gruñía a la puerta cerrada de la habitación.

Cuando esta se abrió, dejó de arrugar su nariz, torció su cabeza hacia la derecha y se sentó en sus patas traseras al ver a una cara conocida. Recibió gustoso la caricia bajo su cuello, pasando luego por su cabeza y acabando por su lomo.

Le vio poner los brazos en jarras y miraba con desaprobación la espalda de su dueño; mientras que él volvía a ponerse frente a él y dejaba que le volviese a acariciar.

—¿Se puede saber que haces?

—Descansar.

—Déjate de tonterías. Tenemos que irnos.

—No pienso ir.

—Vas a ir como si te tengo que arrastrar hasta la escuela.

—No tengo ganas de ir.

Yo... ¡¿En Karasuno?! (AtsuHina)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora