6. Hora de Jugar

3.4K 231 10
                                        

Gustavo Torres:

Luego de lo que sucedió con esa joven, me dirigí hacia la oficina de mi hermano. Hallando que el lugar donde debía ir su nueva asistente estaba vacío, lo que me hizo preguntarme si es que acaso ya la había despedido o si, en todo caso, ella ya se habría dado por vencida. 

Sonreí al pensar en esas posibilidades y luego noté que Marga venía saliendo de la oficina, sonriendo al verme a unos cuantos pasos de ella. 

—Hola, Marga —saludé, notando como ella sonreía con más fuerza antes de acercarse a mí. 

—Hola, mi niño —saludó de igual modo—. Vienes a ver a tu hermano, ¿No es así? 

—Sí, vengo a ver qué hace el vago de mi hermano —dije a modo de broma, logrando que ella se riera ante eso—. ¿Él se encuentra? —Cuestioné, porque aunque Marga saliera de su oficina, eso no quería decir que él estuviera. 

Como me había pasado en ocasiones anteriores. 

—Claro que sí —respondió—. Puedes pasar, creo que él sabe que vienes a verlo. 

Sonreí ante eso y luego asentí con la cabeza antes de decirle que la veía en un momento. Entrando al siguiente segundo a la oficina de mi hermano. 

—Vaya, hasta que por fin te veo trabajar. —Fue lo primero que dije al verlo tan concentrado en unos documentos que tenía en sus manos. Él, por otra parte, solo alzó por unos segundos la vista antes de volver a enfocar su atención en esos papeles—. Es de mala educación no saludar a tus mayores. 

—¿Por qué estás aquí? —Preguntó en su lugar, ignorando lo que le acaba de decir. Así que me limité a avanzar hasta su sofá de color mostaza y sentarme en él, apoyando mi brazo derecho sobre el posa brazos. 

—Ambos sabemos porqué estoy aquí —respondí—. Pero si quieres que lo diga, lo haré. 

—¿Es por ella? —Se apresuró a preguntar, logrando que alzará una ceja. 

—¿Siempre tiene que ser por ella? —Respondí con otra pregunta, viendo como se molestaba por eso antes de que Marga entrara con dos tazas de té para nosotros. 

—No me digan que están discutiendo otra vez —dijo como si ya estuviera cansada de eso. 

Maximiliano y yo nos dimos una mirada rápida antes de negar juntamente ese hecho. 

—Por supuesto que no. 

Y aunque sonamos convincentes, tal parecía que eso no la convenció para nada. 

—Los dejaré solos para que hablen —dijo, usando su tono de advertencia antes de desparecer por la puerta. 

Me quedé viendo hacia ese lugar antes de sonreír y tocar mis labios con mis dedos de la mano derecha. 

—Es reconfortante, ¿No crees? —Le pregunté, escuchando como él suspiraba ante eso. 

—Lo es. —Concordó—. Pero no estás aquí para hablar de eso. 

Lo miré. 

—Tan observador como siempre. —Dije a forma de halago, pero, como lo supuse, eso ni siquiera lo hizo sonreír—. Pero antes de eso, ¿Tú nueva asistente ya desertó? No la vi en su escritorio como dijiste que estaría. 

—Quizá estaba subiendo por el ascensor —dijo con indiferencia, como si eso fuera lo de menos—. ¿Te entregaron los documentos? 

—Sí —afirmé rápidamente, sonriendo ante eso—. Aunque fue díficil no levantar sospechas, ¿Sabes? 

—El punto es que los tienes. 

—¿Siempre vas a ser así de agresivo conmigo? Te recuerdo que soy el mayor. 

—Y yo te recuerdo que soy el listo, así que déjate de reclamos absurdos. —Lo miré con molestia, pero luego al ver su sonrisa de lado, supe que solo estaba bromeando conmigo—. ¿Te han dicho que eres una presa fácil de las bromas? 

—Cállate —exigí antes de ponerme de pie—. Te mandaré los documentos en cuanto llegué a la empresa. 

—¿Lo mandaras con un mensajero? —Cuestionó curioso, a lo cual le dije que sí—. Mejor dile a mi asistente que vaya contigo y que ella los traiga. No podemos permitir que está vez nos quiten la poca ventaja que llevamos. 

—Creí que tú mensajero era seguro —dije sin entender. 

—Lo es y seguirá siendo, pero no podemos permitir que ella lo sepa. 

—¿Mencionaste algo de cercanía, verdad? —Pregunté, no recordando bien ese hecho. 

—Así es. —Me miró a los ojos—. En cuanto empiece a darle más trabajo ellos en algún punto se verán y, al verse de manera seguida, crearán algún tipo de cercanía y ella creerá que él sabe más de lo que piensa. 

—¿Y no es así? 

—Claro, pero debemos aprovechar eso a nuestro favor en el momento adecuado. ¿Lo entiendes? 

—Sí —afirmé antes de sonreír complacido por lo que él decía—. Entiendo que es hora de jugar al gato y al ratón —dije antes de ver como él sonreía de manera pícara y determinada. 

—Así es, Gustavo. Pero hay que asegurarnos de matar al gato a como dé lugar. 

Deseo PeligrosoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora