Grace Sullivan:
Después de salir del baño y de despedirnos de Teo, volvimos a estar en silencio mientras nos dirigíamos a otro lugar. ¿Cuál? No tenía idea por estar pensando en esa mujer. Cosa que solo me hacía pensar una y otra vez en el por qué el señor Torres me había llevado con él si solo me iba a dejar afuera en el pasillo. Lo que me hacía recordar lo que le dijo él a Marga cuando nos estábamos yendo.
¿Acaso me había sacado de la oficina para que Marga pudiera sacar esos papeles sin ningún problema? Y si eso era así, ¿Qué contenían esos papeles? ¿Acaso eran los mismos que el señor Gustavo, su hermano mayor, le había enviado?
No lo sabía, pero lo primero que debía averiguar si quería llegar al fondo de todo esto, era a qué se refería el señor Torres cuando le dijo a Marga que se encargará de esos papeles.
—¿Señorita Sullivan? —Dijo el señor Maximiliano, lo que me hizo salir de mis pensamientos para poder voltear y verlo, esperando que me dijera lo que necesitaba—. Ya casi es hora del almuerzo, necesito que me haga una reserva.
Dicho eso, supe que debía empezar a trabajar. Por lo que le hice la reserva que pidió, por más díficil que esto fuera, y luego tuve que bajarme del auto para recoger su nuevo traje. Sin contar que tuve que ayudarlo a revisar unos documentos.
Documentos que solo se trataban de eso: trabajo. No había nada más que me ayudara a conseguir mi objetivo.
Para cuando me di cuenta ya estábamos afuera del restaurante, por lo que le dije que ya habíamos llegado, a lo que él alzó la vista para verme antes de ver que, efectivamente, ya habíamos llegado.
—Andando. —Fue todo lo que dijo antes de tomar su maletín y bajar del auto, siendo ayudado por su chófer.
Y yo, mientras tanto, me quedé en mi lugar sin entender si realmente me estaba diciendo que lo siguiera o si solo lo dijo por decir. Pero al ver como su chófer, del que aún desconocía su nombre, abría la puerta para mí, supe que sí debía seguirlo.
Así que me apresuré a seguirlo y, para cuándo lo alcancé, el me dio una mirada de solayo antes de acomodar su corbata azul.
—Odio el retraso —dijo antes de seguir caminando, por lo que apreté mis manos mientras tomaba mi bolsa, diciéndome que no podía permitirme fallar otra vez.
Lo seguí por todo el lugar hasta que una señorita, casi de mi misma edad, nos llevó hasta una mesa que estaba apartada de todas las demás. Me dediqué a ver a mi alrededor y noté que la mayoría de las trabajadoras se le quedaban viendo a mi jefe, incluso las escuché preguntarse si yo era su novia o solo la chica del día. Lo cual me molestó, pero a la misma vez me dejó confusa porque él jamás había tenido un escándalo o rumores sobre eso.
Pero al ver que eso no le afectaba para nada a él, decidí ignorarlas antes de tomar asiento junto a él, pensando que quizá faltaba alguien más.
—¿Piensa comer junto a mí? —Cuestionó en lo que abría la carta que estaba frente a él, dejándome confusa por unos segundos antes de entender que se refería a que nadie más vendría.
Sin perder el tiempo me cambié de lugar, quedando así frente a él.
—Lo siento —me disculpé, y aunque lo hice, mi voz sonó firme como si eso no me afectara para nada.
—¿Lo siente? —repitió, dándome una mirada sin expresión alguna—. No me mal entienda, señorita Sullivan. A mí no me molesta que usted coma junto a mí. Pero supongo que por su reacción cuando veníamos hacia acá, no se siente cómoda que digan cosas sobre usted que no son ciertas. —No dije nada, por lo que él entendió que tenía toda la razón—. ¿Ordenamos? —Dijo, y aunque lo preguntó, para cuando me di cuenta ya había llamado a la mesera.
Después de ordenar me dediqué a ver a través del gran ventanal que estaba detrás de él. Pensando y recordando en lo que me había preguntado en la entrevista, pues aunque ya había pasado tiempo de eso, aún me seguía preguntando que tenía que ver eso con mi trabajo.
—Solo dígalo, detesto cuando le dan muchas vueltas a las cosas —dijo, lo que hizo que lo viera tan pronto terminó de hablar—. Su ceño está fruncido y sus labios ligeramente apretados, lo que indica que quiere preguntar o decir algo pero no sabe si sería conveniente hacerlo.
Dejó su móvil a un lado para poder verme directamente a los ojos.
—¿Qué es lo que quiere saber?
—Quiero saber por qué me hizo todas esas preguntas en la entrevista. —Alzó su ceja derecha, así que entendí que él aún no se recordaba de eso. O quizá solo estaba fingiendo que no lo recordaba—. Me preguntó si estaba casada o soltera, si me gustaba el frío o el calor. Incluso me preguntó si me gustaba el chocolate y el café.
—¿Y usted cree que yo estaba loco al preguntarle eso?
—No. Pero, si le soy honesta, es la primera vez que alguien me lo pregunta. Y hasta el día de hoy sigo sin entender su importancia —me encogí de hombros antes de que llegaran con nuestros platos. Así que tanto él como yo nos quedamos en silencio.
Una vez que se fueron, él bebió de su copa sin dejar de verme. Seguido de eso habló:
—Si está casada significan tres cosas. La primera, que su esposo puede sentir celos y molestia si trabaja para mí por lo cansado y agotador que este trabajo puede llegar a ser. Eso sin contar que tendría muy poco tiempo para él y su familia. —empezó a explicar—. Segundo, puede que ya tenga hijos y deba cuidar de ellos y, si ellos se enferman de improvisto, usted los llevará al doctor y faltará al trabajo. Lo que haría que usted no sea eficiente y solo me daría problemas. Y tercero, sino tiene hijos de seguro piensa tenerlos. Y una asistente embarazada no podría seguirme el ritmo. ¿Me entiende?
Claro que entendía ese punto. Pero eso no cambiaba el hecho de que el desechaba a todos los que no le serían de utilidad o que solo le harían perder la paciencia.
—¿Y lo demás? —Decidí preguntar en vez de decirle que entendía lo que ya me había dicho.
—Lo demás se basa básicamente en sus gustos. Eso, y porque también me deja conocerla más a fondo —se encogió de hombros antes de inclinarse un poco hacia adelante, quedando así más cerca de mí—. ¿Sabía que la mayoría de las personas dudan cuando se les da a escoger entre dos opciones? Pero usted no. Usted sabía claramente lo que quería, y eso es bueno. Me dice que una vez que elige algo, no hay vuelta atrás.
—¿Y eso es algo bueno?
—Por supuesto que sí. Siempre y cuando le de un buen uso —dijo con una sonrisa pícara en sus labios—. Pero si le soy sincero, hago esas preguntas por una razón más importante. Me ayuda a saber que cuando alguien la quiera sobonar o usar en mi contra, usted no pasará tanto tiempo dudando. Sino más bien tomara una decisión rápida y se sentirá segura y satisfecha con eso.
—Eso de igual forma sería un problema para usted —dije, como si él realmente no supiera eso cuando parecía que sí lo sabía.
—Puede ser. —cedió pensativo—. Pero créame, cuando alguien así como usted intenta algo en mi contra o, en todo caso, se vuelve en mi contra, se nota con mucha facilidad. ¿Y sabe por qué? Porque su actitud cambia —dijo sonriente, viéndome con más intensidad que antes—. De igual modo sucede cuando es al revés. Si usted entra estando en mi contra, cuando decida no estarlo, se notará. De eso estoy seguro.
ESTÁS LEYENDO
Deseo Peligroso
RomanceMaximiliano Torres solo tiene dos reglas que debes cumplir si deseas trabajar con él. La primera: Debes hacer todo lo que él te diga que hagas sin oponerte y sin decir nada al respecto. Mucho menos preguntar la razón por la cual debes hacerlo. La...
