- LUZ - c.2.

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Entornó los ojos.

Subió la persiana.

La luz del sol inundó la habitación.

Marco acabó por acostumbrarse a levantarse y deslumbrarse de aquella manera.

Recorría el pasillo arrastrando los pies, frotándose los ojos y bostezando. Al llegar al baño se desnudaba y se metía a la ducha. Dejaba que el agua caliente recorriera su espalda, sus pectorales, su entrepierna y sus pies. Se secaba mirándose al espejo y siempre acababa sonriéndole, tomando fuerza. Entonces era cuando se vestía y salía a las calles de Madrid.

Parado en su portal, cerraba los ojos y mientras inspiraba sentía el sol en su piel. La música acariciaba su corazón y le hacía caminar alegre.

Todos los días realizaba el mismo camino. Y muchos de esos días en ese camino, encontraba un pequeño detalle nunca antes percibido. Aquello le hacía sentirse vivo.

Todos los días de camino a clase veía a la misma gente, saludaba a aquella señora a la que un día cedió su asiento, sonreía al conductor que alguna vez bromeaba con él y miraba a través de la ventana. Se entretenía enredando sus dedos con el cable de sus auriculares, hasta llegar a su parada, se levantaba y  salía del autobús.

La bandolera en la que llevaba todo aquello con lo que salía de casa le golpeaba en los muslos. La brisa movía su flequillo. Sus ojos negros, protegidos con unas gafas de sol, observaban todo a su paso.

Siempre llegaba justo de tiempo, y por ello acalorado. Al recorrer los pasillos de su Facultad se desprendía de su chaqueta y se la ataba a la cintura, se remangaba las mangas de la camisa, abría la puerta de clase y se sentaba.

Las horas en clase se le hacían interminables, pocas cosas tenía allí, solo el deseo de estudiar aquello que le apasionaba: la arquitectura.

Y fuera de allí era, al igual que dentro, un pequeño y tímido barco sin capitán.

EL PRIMER PENSAMIENTO EL MEJOR.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora