Capítulo 33

67 3 1
                                        

Capítulo 33:

¿Traición? ¿Cuál traición? No pasaron ni cinco minutos desde que traté de asimilar el texto y ya tenía una llamada entrante.

-¿Abel? –Contesté dormida. -Yo, realmente, no entiendo tu comportamiento, Samantha. ¿Cómo pude creer en tu palabra? Con razón decías lo que decías el último día que hablamos. Ya habías planeado todo, ¿cierto? Si eran míos, te quedabas conmigo, si eran de él, te quedabas con él. ¡No soy un juguete, Samantha, no lo soy! -¿Qué? ¿Qué sucede? –Estaba totalmente desorientada, no entendía nada de lo que él decía, ni el mensaje de mi madre. -Ahora te haces la desentendida, ¿porque no tienes el valor para decirme las cosas? -Abel, ¿de qué hablas? Mi amor, no sé a qué te refieres. -Nos acaba de llegar una invitación a tu boda con Matías, ¿tengo que pisotear más mi dignidad para que dejes de hacerte la tonta? Y ya no me digas mi amor nunca más, ya no lo soy. Creí en ti, Samantha, como un idiota, creí en ti. -Pero, ¿qué dices? Yo no voy a casarme con él. ¡No sé de qué carajos estás hablando! -Basta, deja de hacerme daño, yo ya tenía una vida planeada a tu lado y tú tiraste todo a la basura. No me busques, porque no voy a aparecer, ya he sido demasiado humillado.

Cortó.

Yo pensaba en todo lo que él había dicho, y todo me dirigía a Matías. Subí corriendo las escaleras y abrí la pieza de su habitación de un golpe.

-¡Menos mal que no ibas a entrometerte en mis asuntos! –Entré a los gritos. -¡Que no ibas a interponerte en mi relación con Abel! –Matías estaba saliendo del baño, yo corrí hacia él y, sin darme cuenta, tenía tanta impotencia, lo cacheteé repetidas veces.-¿Cómo es eso de que yo voy a casarme contigo? ¡Explícame por qué todos me llaman preguntándome lo mismo! -Es así es como debe ser, Samantha, no siempre debes hacer lo que tu corazón dice, debes pensar en los niños… -Les dijiste feto hace un par de días ¿y ahora les dices niños? No vengas a decirme que cambiaste porque tú no cambias más, en ti nadie desperdicia milagros. -Las cosas son así ahora, no te queda más que acostumbrarte. -Sólo una cosa voy a decirte: yo, contigo, no me caso. ¡Que te quede claro!

Sentí un fuerte dolor en mi vientre, como si me hubiesen enterrado muchas cuchillas. Corrí a mi habitación y me recosté en la cama, para que se pasara el dolor. Llamé a Abel 20 veces, pero no contestó ninguna. Decidí llamar a mi madre para contarle lo sucedido, ella también había recibido la invitación.

-Hija, ¡qué desilusión tan grande! Pensé que te había educado bien, me decepcionas. –Se notaba enfurecida, era el colmo. -Mamá, no empieces, que yo estoy tan anonadada como tú. –Me quejé del dolor en mi vientre, me dolía tanto. -¿Qué te sucede, Sammy? –Dijo preocupada. -Me duele, mamá, me duele mucho. –Noté que las sábanas se teñían de rojo y me desesperé y comencé a llorar. –Mamá, estoy sangrando, no quiero perderlos, ayúdame. -Quédate acostada, en cinco minutos estaré allí, hija, aguarda.

Me llevó al médico de cabecera muy rápido y este me examinó.

-¡Quédate tranquila, preciosa! Es una pequeña pérdida, tus hijos están en perfecto estado. Pero te recomiendo que hagas reposo, no queremos que nada les pase a ti o a ellos. ¿Sí? -De acuerdo, doctor, gracias. -Te dije hija que tienes que cuidarte, hay cosas que tienes que dejar de hacer porque te ponen en peligro, como dejar de tomar decisiones absurdas, por ejemplo. –Comenzó con su cotorreo mi madre. -O también tendría que alejarme de Matías, de ti y de Abel, para no tener que escuchar idioteces, ¿no te parece? Yo estaba tan bien esta mañana, pero no, ustedes tres tenían que complicar mi existir. -¡Hija! –Dijo mi madre, retándome avergonzada de que la tratase así en frente de su médico de cabecera. -Oiga, señora Agrelo, no discuta, necesitamos que Samantha se sienta bien, nadie quiere ocasionar otra pérdida, ¿entendido? –Dijo el doctor. -Oh, sí, lo siento.

Al subir al auto, ninguna dijo nada. Mi madre me miró y sólo se atrevió a abrir su bolso y entregarme un sobre. Lo abrí, era la invitación a mi supuesta boda. Era real, me sentía mal por Abel. Trataba de imaginar cómo habría él de sentirse al ver esto.

Sin Luz Propia.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora