Capítulo 60:
-Hija, ¿qué sucedió? –Dijo mi madre al verme salir llorando del camarín. –Vimos que Paola salió llorando, le preguntamos qué había sucedido y dijo que él te había elegido a ti, entonces… ¿Por qué lloras? -Porque esto jamás funcionará de la manera en que queremos, nada volverá a ser lo mismo, mamá. Por favor, vamos al hotel. Quiero acostarme en mi cama y estar con mis hijos.
Fuimos con Susi y Raúl en su auto y regresamos al hotel. En el camino, ella trató de hablarme.
-Hija, no estés mal. Él debe estar igual que tú. Sólo deben darse un tiempo. Te juro que si yo tuviese en mis manos la solución, los ayudaría. -Mamá, calla, por favor. Me duele la cabeza, quiero silencio. -Samantha, soy tu madre. No me hables así. Y si lo de ustedes no funciona es porque son dos niños inmaduros. ¡Deben aceptar las cosas de una vez! Así no lograrán nada. Ya no es hora de que sean infantiles porque ya no son sólo ustedes dos, ahora tienen una familia, dos hijos que deben criar. –Susi asentía con la cabeza, como si ambas pensaran lo mismo.
Al bajar del auto, mamá me pidió las llaves para ir abriendo la puerta de la habitación mientras yo iba con los bebés. Se adelantó mucho y la perdí de vista. Susi me acompañó hasta la habitación. La puerta estaba cerrada con llave y mi madre estaba dentro.
-Mamá, abre la puerta, por favor. Quiero acostarme y acostar a los bebés. –Dije luego de golpear la puerta pero ella no abrió. Sólo contestó desde adentro. -Hija, te dije que si podía ayudarlos, lo haría. Pensé y ahora lo estoy haciendo. Lo mejor será que pases la noche donde debes. Hasta mañana. -¡Pero, mamá! Abre la puerta, no tengo ganas de jugar. –No contestó. -¡Mamá, abre la puerta! –Lo único que conseguía era silencio. -¿Y dónde se supone que pasaré la noche? –Susi estaba a mi lado, no dijo nada, sólo sacó una llave de su bolso y me la mostró.
Me llevó hacia la puerta que se abriría con aquella llave. Era la habitación de Abel.
-Susana, ¿esto es enserio? –Pregunté indignada. -Samantha, tu madre tiene toda la razón en retarte y tratarte como a una adolescente. Yo a mi hijo aún no lo he visto, pero en cuanto lo haga, te aseguro que haré lo mismo que hizo Laura. –Su voz se notaba seca, estaba enojada al igual que mi madre.
No dijimos más nada. Entré a la habitación de Abel y Susi se despidió. Cambié a Federico y Alma y los acosté en las cunas. Minutos luego entró mi madre, trayéndome ropa para dormir. No le dije nada, ni siquiera volteé a verla. Estaba tan furiosa por todo lo que había sucedido. ¿Por qué demonios se me tuvo que ocurrir escaparme del hospital? Tenían razón, actuaba como adolescente, pero no lo quería. Sólo quise venir a este lugar para estar con mis hijos y con el hombre que amo pero todo se me fue de las manos. Me encerré en el baño y me cambié.
Hacía mucho calor, por lo que me dirigí hacia la ventana y la abrí. Me quedé allí, viendo el paisaje en la noche. Estaba reencontrándome con mis sentimientos, tenía que bajar de la nube en la que estaba, tenía que entender y aceptar que todo había cambiado y necesitaba pensar, por mis hijos, que a partir de ahora, todo sería mejor. Escuché ruido en la puerta pero no volteé a ver, continué con mi mirada más allá de la ventana. Escuché que alguien tiraba las llaves sobre el mueble. Al cabo de unos segundos, vi que Abel se paraba a mi lado. Allí estábamos los dos, sin decirnos una sola palabra, mirando la noche jujeña. No podía tenerlo cerca y no quebrar en llanto.
-No llores, por favor, no lo hagas. Me hará peor. –Dijo con la voz ronca y me abrazó, noté que él ya estaba llorando antes de hablarme. Yo estaba inmóvil, no quería hablar, no quería echar a perder todo de nuevo. Él me soltó y cayó al suelo, llorando en silencio, llevó las manos a su cabeza y se quedó allí. Fui en busca de agua al minibar en la habitación y luego me senté a su lado. Le pasé un vaso de agua y nos calmamos. –Si tuviese algo que regresara el tiempo atrás, volvería a aquel día en que todo se acabó y me diría: “Tonto, vas a perderla enserio”. -Pero todo está hecho ya… Ambos nos equivocamos. Yo no tendría que estar aquí. Mira todo lo que ocasioné con mis caprichos. -No, no digas eso. Verte aquí, sonriéndome en mi primer recital, luego de haberte visto postrada en esa cama, conectada a tantas máquinas, durante tres meses, me devolvió el alma al cuerpo. –Dejó el vaso en el suelo y me miró a los ojos. –Te prometo que Paola ya no regresará, te prometo que sólo seremos tú, yo y nuestros hijos, nadie se interpondrá en nuestra relación, en nuestro amor, en nuestras decisiones, en nada. –Me quedé mirándolo sin decir nada. Porque nuestras promesas ya habían perdido sentido, no nos creíamos. –Lo que le dije a Paola es cierto, yo te amo a ti, y por más que este comienzo sea difícil, vamos a dar vuelta la página y crear una nueva historia. –Miré sus ojos, noté la sinceridad de su corazón, no necesitaba más nada. –Dime qué debo hacer para mantenerte a mi lado por siempre, no quiero perderte. -Me basta con saber que me amas, Abel. –Acerqué lentamente mis labios a los suyos, para luego sellar con un beso nuestro amor.
