A causa de la acción más ofensiva, que para 𝗜𝗺 𝗕𝗼𝗿𝗮 resultó siendo graciosa, solo fue la fuente para qué la intriga, y el deseo de pecar, se apoderara de ella.
Ni mucho menos para la pobre víctima, el famoso boxeador 𝗝𝗲𝗼𝗻 𝗝𝘂𝗻𝗴𝗸𝗼𝗼𝗸...
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Im Bora
Jamás en mi vida pude imaginar que algo así podía pasarme. Podríamos llamar que lo que hizo fue una venganza, lo puedo entender, pero cada acción tiene su reacción.
Chillé lo suficientemente alto para ser escuchada. Mi mente deambulaba entre gritarle todos los insultos que existían o simplemente raparle la cabeza. Giré sobre mis talones, quitando mi delantal y lo tiré al suelo. Estaba ahí, despreocupado y encogiéndose de hombros, como si no hubiese hecho nada.
Con cuidado, me moví para no pisar algún vidrio y me acerqué a él. Tomé su brazo, para que me prestara atención. Le señalé mi ropa mojada, pero este volvió a encoger sus hombros.
—Eres un...
Mierdas. Eso era. Dios, si pudiera, le pegaría como lo hace Taehyun a su saco, maldición. Con un aspecto altanero, se acercó a mí, evitando los vidrios del suelo.
—¿Un qué?
Susurró, jugando conmigo. Dejó de prestarme atención. Recobró su postura e iba a acercarse a Myung-hee para pagarle, pero no llegaría hasta ahí. Me coloqué a su lado y lo empujé nuevamente para que me mirara.
—¡Eres un imbécil! Si querías hacer algo, ¿por qué aquí? No tienes ni puñetera idea de cuanto costaban esos vasos. Pagarás por todo.
Sonrió socarrón al escuchar mis palabras. Sentí mi cuerpo tensarse al ver a su guardia moverse hacia mí, pero el imbécil lo detuvo.
—Si quieres, puedo quedarme hasta que la dueña regrese, le comento que tuviste la culpa y te echará a la calle.
Oh, no tenía idea el idiota. Gracias a las acciones divinas, mi madre entró al local, dejó las bolsas que traía a un lado y quedó perpleja ante el desastre. Se acercó a mí y jaló mi brazo mirándome detenidamente. Yo no podía dejar de verlo a él, maldito, desgraciado, le partiría su cara y borraría su estúpida sonrisa.
—Señora...
—¿Qué te pasó Bora?
Jaló mi brazo y tomó mi quijada como última alternativa para que la atendiera.
—Un accidente, que este chico lo pagará porque es muy amable y se siente culpable. Tranquila, mamá.
Pronuncié bien lo último, para ver si sus neuronas funcionaban y entendía. Pero, Chin-mae le asintió en señal de que este restaurante era de nosotras, dueña mi madre.
—Lo siento tanto, yo, no quise.
—A nadie le importa, le agradecería que pagara y se retirara.
Apareció su cara de imbécil arrepentido, sus ojos se agrandaron como perrito y a mí me valía tres cominos. Hice sonar mis dientes y salí de ahí, tirando humo.