A causa de la acción más ofensiva, que para 𝗜𝗺 𝗕𝗼𝗿𝗮 resultó siendo graciosa, solo fue la fuente para qué la intriga, y el deseo de pecar, se apoderara de ella.
Ni mucho menos para la pobre víctima, el famoso boxeador 𝗝𝗲𝗼𝗻 𝗝𝘂𝗻𝗴𝗸𝗼𝗼𝗸...
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Im Bora
Acabaría con una lesión en la espalda por agacharme tanto, recogiendo las cajas para meterlas en la furgoneta. Me aseguré en detalle que todo estuviera en orden, así cuándo llegásemos al mercado, no tuviésemos algún problema.
—¡Mamá!
Chillé, para que así me escuchara.
Desde que regresé de Hawái, mi madre me tiene amenazada con enviarme a Seul a vivir con una de sus primas lejanas. Según ella, esa decisión tuvo que haberla tomado desde hace tiempo. Comprendo que ha de ser difícil ver la manera en que, acabé trabajando con ella, en vez de dar mi examen de acceso a la universidad.
—Toma estas bolsas.
La vi acercarse a mí, con desdén, dándome un par de bolsas. Su enfado era más que justificado, además que sus palabras, gritando que como era capaz de seguir mintiendo, le dolía en sobremanera.
Fui hasta el asiento del conductor, y me subí. Abroché mi cinturón, y la miré de reojo. Estaba seria, a penas me dirigía alguna palabra.
Le confesé que donde estuve trabajando, era en la empresa de Hyunwook, padre de Jungkook. Según ella, yo seguía trabajando en ese lugar, pero le repetí un millón de veces de que ya no era así. Cada día, hasta el día en que yo me fuese supuestamente a Seúl, debía levantarme cada tres días en la madrugada, para llevarla al mercado a hacer la compra, y quedarme hasta tarde en el restaurante todos los días. Y así lo estaba haciendo.
No me quedaba nada más que aceptar.
Entre más nos acercábamos, el cielo se aclaraba. El amanecer era precioso. No tenía nada que pensar, ni que decir. No habían explicaciones que dar, tampoco era como si quisiese. Todo en esta vida pasa por algo, eso nos debería bastar. Estaba harta de esperar más.
Pero, a donde quiera que mirara, Jungkook aparecía en mi mente. Su voz de decepción, sus ojos, su ira consumiéndolo. De alguna manera, debía superarlo.
Aparqué la camioneta donde siempre, para luego apagar el motor y bajar. Tomé las bolsas grandes de compra que me había dado mi madre, y esperé a que esta bajara.
Todo el mundo en el mercado me conocía, bueno, era un poco claro. Siendo sincera, casi había olvidado la cara de algunas personas de aquí, pero eran las típicas mujeres que decían que te cargaron cuándo eras una bebé. Junto a mi madre, nos dirigimos a los puestos a los que íbamos siempre. Compramos mariscos, verduras, arroz y un par de condimentos que hacían falta en la cocina del restaurante.
—Ve a la tienda de Lee, que te dé un par de bolsas de rábano.
Asentí, tomando unos billetes que me dio. Mientras me acercaba, las ganas de dar vuelta y regresar con mi madre crecieron. Pude ver a la señora Kang comprando también, junto a ella, Taehyun.