Primera impresión.

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Pasado.

2001, Moscú, Rusia.

Vladlena.

«Dicen que los pájaros nacieron para volar, pero nadie te explica qué pasa cuando te cortan las alas antes de que aprendas que el cielo existe».

Dicen que los copos de nieve son ángeles que pierden sus plumas, pero yo creo que son pequeños pedazos de libertad que caen del cielo para recordarnos que el cielo es grande, aunque mi mundo sea una celda de oro y barro.

Estiré mi mano pequeña, con los dedos entumecidos por el frío, y dejé que un cristal de hielo se posara en mi palma. Se derritió al instante. Así era mi vida: algo hermoso que moría en cuanto lo tocaba.

Estaba sentada en el porche de madera vieja de la mansión de mi padrastro. Tenía hambre. Ese vacío en el estómago que ya no dolía, solo pesaba. Mi cabello pelirrojo era un nudo de rizos descuidados y mi vestido, raído y fino, no servía de nada contra el invierno moscovita. En mi regazo, escondía mi tesoro más grande: un pedazo de hoja arrancada de un libro. No sabía qué decía, mi padrastro se encargaba de quemar cada página que encontraba en mis manos. Él decía que las niñas no estudian, que las niñas solo son contratos que caminan.

Yo no esperaba un príncipe que me rescatará. Yo solo quería ser lo suficientemente fuerte para matarlo a él, el dragón que me prohibía leer, que me dejaba sin comer y que me había vendido antes de que yo supiera sumar.

—¡Ya están aquí! —el grito de mi padrastro desde adentro me hizo saltar.

Me encogí en mi sitio. Hoy era el día. El día en que conocería al "dueño" de mi futuro. El contrato decía que yo debía ser entrenada para ser la esposa perfecta para Vlad Mansfeld. Yo solo pensaba que, cuando creciera, le rompería los dientes a quien intentara ponerme un anillo.

Las pesadas puertas de la propiedad se abrieron y el rugido de los motores rompió el silencio de la nieve. Una camioneta lujosa, negra y brillante como el carbón, entró seguida de una caravana de seguridad. Parecía un funeral de reyes. Los hombres bajaron rápido, formando un círculo perfecto, como si el suelo que pisaban no fuera digno de ellos.

De la camioneta principal bajó él. El hombre de las fotos. Traje caro, abrigo negro y unos ojos grises que parecían dos balas de plata. Joaquín Mansfeld. El Diablo en persona. Arrojó su cigarrillo al suelo, lo pisó con su zapato caro y caminó hacia la entrada con un aura que hacía que hasta el viento se detuviera.

Al pasar a mi lado, se detuvo un segundo. Me encogí, esperando el golpe, el tirón de pelo, el insulto. Pero no llegó. Sentí una palmadita suave en la cabeza.

—Buenos días, princesa —dijo con una voz profunda, antes de seguir de largo.

¿Princesa yo? Miré mi ropa vieja y mi apariencia de mendiga que no ha comido en días.

«Este hombre definitivamente se droga en secreto»,pensé.

Pero entonces, el copiloto bajó.

Era un muchacho de unos quince años. Vestía todo de negro, con el cabello azabache tan despeinado que parecía que acababa de pelearse con un huracán. Llevaba una playera blanca con letras en inglés. Yo no sabía qué decían, pero por la forma en que se recostó contra la camioneta, con esa pose de arrogancia, estaba segura de que la traducción era: "Soy guapo y todas mueren por mí".

Cargaba puestos unos lentes de sol oscuros que tapaban sus ojos. Era un muñeco de torta económico que ni siquiera se dignó a mirarme.

—¿Así que este es el animal con el que quieren casarme de grande? —susurré para mí misma, apretando el trozo de papel en mi mano.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora