Vladlena.
Pasé el cepillo una y otra vez por el lomo del poni, disfrutando de ese olor a paja limpia que tanto me gustaba y escuchando el suave resoplido del animal. Tenía una gran sonrisa en la cara que nada ni nadie me podía quitar. Las manos todavía me temblaban un poquito, pero esta vez no era por el miedo de siempre; era por una emoción tan grande que sentía que el corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento.
—Ya se acabó, amiguito, ya se acabó... —le susurré al poni, arrimando mi mejilla a su cuello suave—. Ya somos libres. Todo se resolvió.
Me detuve un momento, me quedé mirando mis botas y, por si las dudas, me pellizqué el brazo con todas mis fuerzas.
—¡Ay! —solté un quejido bajito, sobándome la piel roja, y volví a sonreír como una tonta.
No era un sueño. Esta vez sí era de verdad. El señor Mansfeld lo había dicho: todo se había acabado, el contrato estaba roto en mil pedazos y yo ya era libre.
Con mucho cuidado, me metí la mano debajo del cuello del vestido y saqué mi pequeño relicario de metal. Lo abrí despacio y miré las fotitos gastadas de mis papás, que me miraban desde el fondo. Luego, saqué del bolsillo el pedacito de papel arrugado que me había dado el burro loco, lo doblé bien chiquito, casi como un cuadrito minúsculo, y lo metí dentro del relicario, justo al lado de ellos, para que estuviera bien protegido.
—Mamá, papá, miren esto —les platiqué en un susurro, acariciando el metal frío con la yema del dedo—. Cuídenme mucho este papel, por favor. Es el número de mi único amigo.
Miré hacia la entrada del establo, recordando la camioneta alejándose y la despedida de hace unos minutos. Sentí las piernas cansadas, así que me fui a sentar en una paca de paja blandita y abracé mis rodillas contra el pecho.
—Saben algo, papás... me siento la peor villana del mundo —les confesé, sintiendo un nudo en la garganta y unas ganas enormes de llorar—. Todos estos años odié al pobre Vlad. Lo odié con todo mi corazón sin conocerlo. Pensaba que era un monstruo malo, un ogro espantoso que venía a encadenarme por culpa de ese contrato feo. Pero no es así. Es un ángel. Bueno... tiene cara de gruñón y parece un demonio de verdad cuando se enoja con su papá, pero por dentro es un ángel. ¡Qué va! Es un príncipe de cuentos de hadas, así como los de las pelis que veo a escondidas cuando el feo de Volkov no está en la casa.
Apreté el relicario contra mí, recordando sus ojos grises.
—Me dio chocolates, me defendió del viejo feo de Volkov y enfrentó a su propio padre para que resolviera las cosas y me dijo que yo podía ser lo que yo quisiera ser cuando fuera grande. Se merece todo lo bonito del mundo. De hoy en adelante, solo le voy a desear cosas buenas a mi único amigo.
Suspiré, mirando el papelito a través del cristal del relicario antes de cerrarlo con un tierno ¡clik! que resonó en el establo vacío.
—Pero se va mañana... —murmuré, y la sonrisa se me apagó un poquito—. Otra vez me voy a quedar solita, sin amigos aquí. Ojalá el destino quiera que nos volvamos a ver cuando seamos grandes. Si el destino quiere, claro... Y si no, yo entiendo. Yo siempre tengo que entender todo.
Me levanté de la paja sacudiéndome el vestido y volví a tomar el cepillo para seguir peinando al poni. De repente, un quejido agudo, desafinado y súper lastimero llegó desde la casa principal, rompiendo por completo el silencio de la tarde.
—¡Ay pobre de mí! ¡Mis costillitas! ¡Ahhh, maldito Diablo, me agarró como a saco de boxeo! ¡Y el maldito calvo ese que me saltó encima! ¡Ahhhhh, me muero! —se escuchaban los gritos horrorosos.
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MERAKI.
RomanceAntes de tener un nombre, su alma ya tenía el suyo. En el pasado, Vlad Mansfeld se convirtió en asesino para salvar la vida de una niña con la que un antiguo contrato matrimonial había decidido unirlo cuando ambos fueran adultos. Aquella noche nació...
