¡Lena vístete!

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Vlad.

Las mujeres son el mayor enigma del mundo. Definitivamente, nunca las voy a entender. Justo cuando siento que por fin las estoy comprendiendo, la vida me demuestra que siempre repruebo en términos de mujeres.

Lena me invitó a ver una película. Hasta ahí, todo bien, un plan tranquilo. Luego se le antojó comer palomitas porque, según ella, "una película sin palomitas no tiene sentido". Fui a prepararlas a la cocina, pero cuando regresé, la loca ya se había quedado profundamente dormida. Reconozco que fui un poco brusco al despertarla, pero por favor, ella siempre me hace bromas pesadas a mí y yo jamás me enojo.

Sin embargo, ahí comenzó el caos. Ya no quiso ver la película y se enfureció de la nada. Por un momento dejé de ver a mi dulce Lena y vi a la mismísima muñeca diabólica de Annabelle. ¡Prácticamente me sacó a patadas de su habitación! Llegué a la conclusión de que seguro hice algo mal en su sueño, porque no encuentro otro motivo lógico para que me tratara así. ¿Qué clase de maldad habré cometido en su mente? Creo que voy a tener que disculparme por algo que hizo el Vlad de sus sueños.

Entré a mi habitación sabiendo que siempre voy a perder con ella, intentando no darle más vueltas al asunto. Me metí a ducharse y, minutos después, salí del baño con una toalla enrollada a la cintura mientras me secaba el cabello con otra. En ese preciso instante, la puerta de mi cuarto se abrió de golpe.

Era Lena. Pero no la Lena de siempre.

«Joder... ¿quién es esa diosa?»

El pensamiento me golpeó como un rayo en la cabeza, e inmediatamente me regañé a mí mismo con rabia: «¿Qué carajos estás diciendo, pedazo de estúpido? Es Lena. La niña por la que te convertiste en asesino a los 14. No la mires así, no la desees ni lo pienses, animal. ¡Contrólate!».

Intenté no mirar, apartar los ojos de inmediato, pero me fue completamente imposible. Allí estaba ella. Llevaba un camisón azul corto de tirantes finos, con un escote transparente en el pecho que, bueno... no dejaba absolutamente nada a la imaginación. Sus pechos grandes se veían demasiado claros a través de la tela. Su cabello rojo, largo, rizado y húmedo le llegaba hasta el trasero, y esos ojos azules intensos me intimidaron como nunca antes en la vida.

Su perfume de jazmín se apoderó de la habitación al instante.

Se me cortó la respiración por completo. Me quedé helado en mi sitio, petrificado, sintiendo cosas que sencillamente no debería sentir y que en este preciso momento me preocupaban de una manera brutal. No podía perder el control. No aquí, no ahora, y mucho menos con ella.

Sé perfectamente la fuerza bruta que manejo en la intimidad. Ángela me enseñó a ser así; con ella aprendí a ser un salvaje sin compasión, mi mente y mi cuerpo están programados de esa manera desde mi noche de bodas. Si llego a caer con Lena en esta provocación, lo voy a arruinar todo. Yo no sé ser delicado... solo sé ser un animal.

Oí el chasquido seco del seguro al cerrarse.

El sonido resonó en la habitación como el disparo de una alarma. Me quedé inmóvil, de los nervios, deje caer la toalla con la que me estaba secando el cabello.

—Le... Lena... —comencé a decir, pero la voz se me trabó en la garganta.

Empecé a tartamudear como un idiota. No me lo podía creer. Soy un villano para el mundo, un hombre entrenado para la guerra que no le teme a nada ni a nadie, pero ahora mismo, con Lena frente a mí, parecía un bebé aprendiendo a hablar.

—Lena... ¿qué... qué haces aquí? —logré articular, dando un paso hacia atrás.

Lena comenzó a acortar la distancia con pasos lentos, decididos.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora