¡Papá es que yo la amo!

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Una semana después...

Virginia, Estados Unidos.

Vlad.

Ya perdí la cuenta de cuántos vasos de whisky llevo encima. El líquido ámbar me quema la garganta, pero no logra adormecer el dolor que me carcome por dentro. Nunca me ha gustado tomar, detesto perder el control, y mírenme ahora: dando pena en la barra de un bar de mala muerte un sábado por la noche, intentando ahogar unas penas que simplemente no saben nadar. Qué ridículo me siento. Qué ridículo me veo haciendo esto.

Pero es que ya no puedo más.

El peso de ser el héroe de todos es jodidamente desgastante. Todo el mundo a mi alrededor quiere algo, me exige algo, espera una jodida solución de mi parte. Nadie se detiene un solo segundo a pensar que tal vez yo también estoy al borde del colapso. No soy una máquina de matar, carajo. También tengo sentimientos, también sufro, también me quiebro. Hay días en los que despierto y lo único que quisiera en este mundo es un abrazo; un abrazo sincero, de esos que no te piden absolutamente nada a cambio.

Pero la gente es estúpida y siempre se deja llevar por las apariencias. Por fuera, ante el Pentágono y el mundo, soy el temible General Mansfeld. Una máquina de guerra. Un monstruo calculador. Pero todo eso es una maldita actuación. El Vlad real, el que está detrás del uniforme, lleva sufriendo en silencio desde los catorce años. Me convertí en el villano de una historia mal contada. Al inicio de todo esto, yo solo era un chico tranquilo que quería una vida normal, pero el peso de mi apellido jamás me lo permitió. Terminé pagando por los pecados de mis antepasados; todos se fueron contra mí cuando yo solo era un niño, !un inocente niño!

Pronto cumpliré veintinueve años y, maldición, no soy feliz. Solo finjo serlo, y no hay nada más doloroso en esta vida que sonreír y fingir que tienes la mejor existencia del mundo. Me siento un idiota cada vez que presumo un matrimonio perfecto que no tengo. Ya es ridículo sostener una mentira que solo existe en mi mente. ¿De qué sirve tener tanto poder, tanto dinero, un imperio entero a mis pies, si al final del día siento que no valgo nada? Me siento tan vacío, tan poca cosa, que hay momentos en los que desearía que el mundo entero simplemente se apagara y me dejaran en paz.

Todos dicen que soy joven, que tengo la vida que cualquiera envidiaría. ¿Pero entonces por qué yo no lo siento así? Físicamente me veo de veintiocho, pero mentalmente estoy agotado. Me siento más viejo y cansado que mis propios padres. No tengo un solo minuto de paz. La vida de todos depende de mí. Nadie más va a ponerse en la línea de fuego. Siempre tiene que ser Vlad; siempre Vlad debe sacrificarse por todos porque el resto son unos cobardes a los que les encanta la comodidad de sus vidas. Nadie más me apoya.

Joder, el día que me casé con Ángela pensé que por fin iba a ser feliz. Pensé que los sacrificios habían terminado. Pero solo salí de un infierno para iniciar otro. Lo único bueno, lo único puro que tengo, son mis hijas. Después de eso, mi matrimonio es una mierda que ya me tiene asfixiado. Ángela solo sabe exigir. Lo perdí todo por ella. Lo aposté todo por ella. Y solo perdí. Me perdí a mi mismo.

Supe ponerle límites a mis propios padres con lo mucho que los amo. Y miren el precio que pagué: prefieren hablarme a través de Ocaso antes que dirigirme la palabra directamente. Estaba solo a treinta centímetros de distancia de ellos la última vez y escuché perfectamente a mi madre decirle: "Ocaso, dile a Vlad que no olvide su inhalador". Joder, me dolió en el alma. Ya son diez años los que llevan haciéndome la ley de hielo. Aunque me haga el fuerte por fuera, me desangro por dentro porque nosotros teníamos una hermosa relación.

Yo solo quería darle su lugar a mi esposa, pero ella nunca supo poner límites. Siempre eligió a su familia de vividores antes que al hombre que se quedó en la calle por ella. Al hombre que trabajó día y noche, sin descanso, para darle la boda de sus sueños. Al hombre que, aun sufriendo de asma, no paró ni un solo segundo hasta construir el imperio que ella tanto quería. Y ahora que lo tenemos todo, ahora que creé mi propia fortuna... resulta que Ángela no es feliz. No le basta. ¿Qué más quiere? Estoy harto de mentirle a mis hijas para cubrir sus ausencias. ¿Qué más tengo que darle para que me elija por una vez en la vida?

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora