Tócala y no respondo.

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Vladlena.

Ahí iba yo, arrastrando al pendejo este de la mano. Si mi padrastro creía que me iba a casar con este muñeco de porcelana cuando fuera grande, estaba muy equivocado. Yo no vine a este mundo a ser niñera de este idiota que ni peinarse sabe. Primero me lanzo a un río antes de crecer y casarme con ese tonto. Qué vergüenza ser la esposa de un muñequito tonto. El tipo caminaba como si el suelo estuviera hecho de nubes y tenía un olor a perfume que mareaba. ¿Cómo alguien puede sobrevivir en el campo oliendo así?

Llegamos a los establos y el pijo infló el pecho, poniéndose las manos en los bolsillos de su pantalón impecable. Se creía que por ser el único hijo del hombre de los cinco continentes ya era el dueño de la ciencia.

—Mira, Lenita —dijo con ese tono de "yo lo sé todo"—. Ese de ahí es un ejemplar árabe. Se nota por la forma de la cabeza y la cola alta. Son caballos para gente que sabe de elegancia, como yo. Pero para ti... —me miró con una sonrisa burlona que me daban ganas de dejarlo chimuelo—, creo que un poni pequeñito estaría bien. Uno que no te muerda los moños.

Me detuve en seco. ¿Un poni? ¿A mí? ¿Qué le pasa a este ignorante? Ahora mismo le tumbo su maldito ego. Porque lamentablemente los dientes no puedo... por ahora.

—Primero: no me digas Lenita, pijo odioso —lo mire con desprecio—. Segundo: ese "árabe" que dices es un cuarto de milla cruzado, se nota a kilómetros por la musculatura de la grupa. Y tercero: el poni te lo puedes quedar tú para que llegues al suelo, porque con lo tonto que eres, de un caballo de verdad te caes de cabeza.

El tal Vlad se quedó con la boca abierta, pestañeando como si le hubiera hablado en chino. Sus ojos, que antes estaban llenos de arrogancia, ahora me miraban con un miedo gracioso.

—¿Cómo sabés eso? —balbuceó, perdiendo toda su aura de "dueño del mundo".

—Porque yo vivo aquí, no vengo de visita en camioneta blindada a creerme importante —le respondí, acercándome a uno de los caballos más grandes y rudos del establo, un semental negro que hasta los peones respetaban—. Este es un Percherón. ¿Sabés qué es eso o necesitás que te lo dibuje con tus lápices caros?

—Sé lo que es... —intentó defenderse, pero se veía tan humillado que me dio un poquito de lástima. Solo un poquito.

Se acercó a mí, tratando de recuperar su dignidad. Se puso al lado del caballo negro e intentó acariciarle el belfo para demostrar que no tenía miedo. El caballo soltó un bufido que le voló el flequillo perfecto a Vlad, y el pobre saltó hacia atrás casi chocando con un balde de agua.

—¡Cuidado, azulita! —gritó, recuperando el equilibrio e intentando venir a cubrirme—. ¡Ese animal está loco!

—El animal no está loco, el burro loco eres tú que no sabés entrar en un establo —me burlé esquivando a Vlad, me acerqué al caballo y acaricié sin miedo—. Solo eres fachada, mijo. Mucha playera blanca y mucho chocolate, pero te asustás con un soplido.

Él se sacudió la ropa, ofendido hasta el alma, pero me miraba con una chispa de curiosidad que no se le quitaba.

—Eres una mula terca, de verdad —susurró, aunque esta vez no sonó como un insulto, sino como si estuviera impresionado—. Pero está bien. Si yo soy el burro loco y tu la mula terca, al menos ya tenemos algo en común: ninguno de los dos sabe quedarse callado.

—La diferencia es que yo tengo cerebro y razón, tú solo tienes plata y salud, aunque no estoy muy segura de esto último —sentencié, dándome la vuelta para irme—. ¡Apurate, pijo! Que todavía me falta enseñarte dónde están los cerdos, a ver si con ellos sí te llevás bien por el parentesco.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora