¡Me hice la vasectomía!

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Horas después...

Vlad.

El aire helado de la sala de espera de la morgue olía a formol, metal y desinfectante barato. Estaba sentado en el banco de metal del pasillo, con la cabeza enterrada entre las manos y los codos apoyados sobre las rodillas. Los ojos me ardían de una forma infernal, secos y rojos de tanto llorar; sentía que la cabeza y las manos me iban a explotar en cualquier momento por la tensión. Me temblaban los dedos de manera incontrolable.

Al inicio de todo este infierno, cuando tuve que aceptar la realidad, pensé que Ángela había intentado jugar con la muerte. Pensé que la jugada le había salido mal, que se le había pasado la dosis de algún medicamento para llamar mi atención y que se había suicidado sin pensarlo. Pero después de darle mil vueltas a esta mierda, siento que hay algo más. Aunque las cosas terminaron de la peor manera entre nosotros, sé que hay un trasfondo oscuro en esto. Y lo tengo que averiguar. Si alguien la mató, lo va a pagar con sangre. Ya no la amaba, pero ella seguía siendo mi esposa y, sobre todas las cosas, la madre de mis hijas. Nadie tenía el maldito derecho de quitarle la vida. Todo tenía que haber terminado bien: cada quien por su camino, firmando el divorcio y manteniendo una relación sana por el bienestar de nuestras hijas.

Yo nunca le deseé el mal. De verdad, jamás le habría hecho daño. Yo no soy un feminicida.

No es justo que en redes sociales y en la prensa me estén tirando toda la culpa a mí. Por favor... yo estaba almorzando tranquilamente en el restaurante con mis hijas. ¿Cómo alguien en su sano juicio va a creer que yo sería capaz de lastimar a la mujer con la que compartí la mitad de mi vida? Sí, era una mujer insoportable; llegué a tener pensamientos oscuros por tanta toxicidad y manipulación, pero jamás habría llegado a ese extremo. Por algo le pedí el divorcio, para hacer las cosas bien. Es increíble... he hecho tanto a lo largo de mi vida por defender los derechos de las mujeres, soportando incluso que pongan en duda mi hombría por acompañar a Ángela a todas las marchas feministas desde el inicio de nuestra relación, y ahora esas mismas mujeres a las que defendí me están quemando en redes.

Prefiero no leer nada. Sé que no la maté. Mis hijas me creen, Ocaso me cree, mi familia seguro creerá en mi y sé que Lena también. Ella nunca dudaría de mí. Jamás.

Ni siquiera he podido asimilar que me quedé viudo. Tras lo ocurrido en el resort, la policía me llevó bajo custodia para interrogarme. Tuve que dejar a mis hijas al cuidado de Verónica y de mis hombres. Ocaso no me dejó solo ni un solo segundo. ¿Qué haría yo sin ese calvo demente? Estoy atrapado en un país que no es el mío, acabo de quedar viudo en medio de un circo mediático y lo único que quiero es estar con mis hijas, abrazarlas y volver a mi país. Solo quiero que esta pesadilla se acabe.

Pero aquí estoy, atrapado en una sala de espera esperando los resultados de la autopsia. Tengo que hacer un trámite interminable para poder llevarme el cuerpo de Ángela, y ni siquiera sé si voy a poder hacerlo pronto. No puedo salir del país porque estoy bajo investigación formal. Empiezo a asimilar que voy a tener que llevarme a Ángela hecha cenizas a Estados Unidos; ni siquiera voy a poder hacerle un funeral digno a la madre de mis hijas.

Ni siquiera le he avisado a mis padres. Tampoco al tío Vladimir, ni a nadie de la familia. Y, sobre todo, no le he dicho nada a Ferreira. Aunque tenga mis diferencias con él, soy padre. Y no me imagino el enorme dolor que va a sentir cuando sepa que su única hija está muerta.

No sé si Ocaso le habrá dicho algo a mis padres o al tío Vladimir para que le diga a toda la familia. Yo no tengo ánimos ni fuerza para tocar el teléfono. Solo quiero que este dolor de cabeza se apague. Solo quiero saber la verdad. No pido nada más.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora