Una hora después, las llantas de mis camionetas blindadas chirriaron frente a los portones de la mansión Ferreira. La ciudad se sentía pequeña para la furia que traía en las venas luego de ver todo lo que dijo el hijo de puta de mi suegro en su última conferencia de prensa. Conmigo lo que sea, pero a Rafael nadie lo llama bastardo. Con mis hijos nadie se mete.
Un guardia, un tipo que probablemente creía que su uniforme le daba un poco de autoridad sobre mí, extendió la mano para detener la camioneta.
—General Mansfeld, lo siento, pero el Senador dio órdenes de no dejar pasar a nadie sin una revisión previa y su permiso explícito —dijo el infeliz, acercándose a mi ventanilla.
Bajé el resto del cristal lentamente. No sentía rabia, sentía una calma fría, la misma que seguro sentían mis antepasados antes de borrar linajes enteros de la historia.
—¿Permiso? —repetí con sarcasmo—. Estás hablándole al dueño de medio país, animal. ¡Soy el general Vlad Mansfeld, hijo de puta! ¿Acaso me confundiste con un repartidor de pizza?
—Son órdenes, señor. No puedo...
No lo dejé terminar. Saqué la pistola de oro de los Mansfeld y, sin parpadear, le metí un tiro entre los ojos. El cuerpo cayó como un fardo de carne inútil sobre el asfalto.
—Salúdame al diablo de mi abuelo cuando llegues al infierno —murmuré mientras subía el cristal.
Atrás, escuché el clic de las armas del resto de mis hombres. Los otros tres guardias que estaban en la garita palidecieron. El que estaba junto al cadáver no necesitó que le dijera nada; con las manos temblorosas, presionó el botón y abrió la reja mientras bajaba la cabeza.
—Así me gusta. Los perros del Senador, obedientes —se reía Ocaso por el radio—. La educación ante todo muchachos. ¡Obedezcan o les volamos la cabeza!
Las camionetas entraron, rodeando la mansión en una formación de asedio. Me bajé de la camioneta con total calma, quitándome los lentes de sol. El viejo de mi suegro salió a la escalinata principal, rojo de furia, con su traje de tres piezas y esa prepotencia que ya no me causaba ni un gramo de respeto.
—¡¿Qué significa esta carnicería, Vlad?! —gritó Ferreira, señalando hacia el cadáver de su guardia—. ¿Acaso perdiste el juicio por completo? ¡Te voy a hundir por esto, imbécil! ¿Te volviste loco o qué?
Caminé hacia él, subiendo los escalones uno a uno mientras Ocaso se quedaba un paso atrás, cruzando sus brazos y con una sonrisa de "ya puedo sentir mi bono navideño".
—Cierra la puta boca, hijo de perra —le solté, quedando a milímetros de su cara de Atahualpa—. Claro que estoy loco. Llevo catorce años aguantándote como suegro, ¿cómo carajos no me iba a terminar desquiciando? Se terminó, hijo de puta. No vas a volver a comer gracias a mi apellido, ni te voy a seguir financiando la vida a ti ni al muerto de hambre de tu sobrino. Que te mantenga tu hija. Si te he aguantado todos estos años fue por ella, porque si Ángela no fuera mi esposa y la madre de mis hijas, ¡hace rato los hubiera matado a todos!
Ferreira se me quedó mirando con la boca abierta, intentando procesar mis palabras. El infeliz aún no entendía la magnitud de mi enojo, como si su mente de corrupto fuera inmune a la decencia.
—Vlad, por Dios, es solo una estrategia de medios lo que le dije a la prensa en la mañana —balbuceó el viejo, haciendo un ademán vago con las manos—. ¿Cuál es tu bendito drama? Solo protejo el honor de mi hija.
Detrás de mí, Ocaso soltó una risita seca. Como a ese calvo demente le encanta meter cizaña, sacó su teléfono del bolsillo de un tirón y se lo puso casi en la nariz al senador.
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MERAKI.
RomanceAntes de tener un nombre, su alma ya tenía el suyo. En el pasado, Vlad Mansfeld se convirtió en asesino para salvar la vida de una niña con la que un antiguo contrato matrimonial había decidido unirlo cuando ambos fueran adultos. Aquella noche nació...
