Salí de la mansión furioso. Sentía que el pecho me iba a estallar de la puta rabia. Lo único que quería en ese maldito segundo era agarrar a mi hijo, subirlo a la camioneta y largarnos de este lugar de mala muerte de una vez por todas. Quería volver a nuestra vida pacífica en Estados Unidos, junto a mi esposa celebrarle el cumpleaños 15 a Vlad la semana que viene y olvidarme de que esta porquería de mundo seguía existiendo.
Justo cuando puse un pie en el porche, una punzada brutal, fría y afilada me atravesó directo el corazón.
—Joder... —maldije entre dientes, frenándome en seco.
Me agarré con fuerza de la barandilla de madera del porche, enterrando las uñas en la pintura vieja. Cerré los ojos con fuerza, aguantando el dolor que me doblaba la espalda. Sentía el pulso retumbándome en los oídos. Tenía que sacar a Vlad de aquí, ahora mismo. Un infarto en medio de la guerra no era una opción. No me iba a morir en el patio de mi enemigo.
—¡Jefe! —Ocaso se plantó a mi lado, la comedia borrada de su cara, con los ojos abiertos de par en par—. Jefe, respire, por el amor de Dios. Déjeme buscar las pastillas, no los dejé solos...
Levanté la mano derecha, frenándolo en el acto sin abrir los ojos.
—Estoy bien, carajo. No exageres, Ocaso —lo regañé, recuperando el aire poco a poco—. Hierba mala nunca muere. Y cuidadito... cuidadito le dices una sola palabra a Vlad de esto. Sabes perfectamente que es muy sensible y no quiero que se ponga triste por mi culpa.
—Pero jefe...
—Es una orden, Ocaso. Camina.
Me obligué a erguir la espalda, acomodándome el abrigo ensangrentado. Odiaba esto. Odiaba con toda mi alma que mi propio cuerpo tuviera que recordarme que ya no era el diablo inmortal del pasado. Yo nunca pude tener una vida normal. Nací marcado por la desgracia: el maldito día de mi nacimiento coincidía exactamente con el aniversario de la muerte de la primera esposa de mi padre. Esa fue mi sentencia de muerte en vida. Para Leonardo Mansfeld, yo no era un hijo; era el recordatorio viviente de la felicidad que el destino le había arrancado con aquella mujer.
Por eso nos vivía maltratando a mí y a mi madre. Yo no nací siendo un villano, a mí me obligaron a serlo. Me criaron para ser una máquina de matar, un arma sin alma. Mi padre desquitó todos sus traumas, sus frustraciones y su locura en mi espalda. Desde los tres años me mataba a latigazos, exigiéndome que fuera el heredero perfecto. Un solo error en mi niñez y terminaba encadenado en el patio sin importar lo mucho que el calor quemara.
Pero toda esa mierda se había acabado el día que conocí a Rebecca. Y cuando Vlad llegó a mi mundo... ese niño sanó todo lo que estaba roto en mí. Vlad es mi mundo entero. Mi muchacho es sagrado para mí. La violencia no se hereda; no porque tu padre sea un monstruo contigo significa que tú tengas que ser el mismo animal con tu propio hijo. Rebecca y yo éramos la prueba viviente de que cuando amas de verdad, rompes los malditos patrones de crianza. Desde que mi hijo nació jamás le habíamos puesto una mano encima. Jamás le habíamos alzado la voz. Habíamos sido los padres que siempre quisimos para nosotros.
Terminé de recomponerme y bajé los escalones del porche. Entonces lo vi recostado en la camioneta, y se me congeló la sangre. Vlad no tenía la mirada inocente y pacífica de siempre. Estaba de brazos cruzados, con las cejas juntas y la mandíbula tan rígida que ponía exactamente la misma expresión de enojo que yo ponía a su edad cuando quería matar a alguien. Y pegada a su pierna, temblando como un pajarito bajo la lluvia, estaba la hija de Volkov con los ojos completamente rojos de tanto llorar.
Caminé hacia ellos con paso firme, con Ocaso pisándome los talones.
—Súbete a la camioneta, Vlad. Nos vamos ahora mismo —ordené, intentando mantener la voz grave y autoritaria de siempre.
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MERAKI.
RomanceAntes de tener un nombre, su alma ya tenía el suyo. En el pasado, Vlad Mansfeld se convirtió en asesino para salvar la vida de una niña con la que un antiguo contrato matrimonial había decidido unirlo cuando ambos fueran adultos. Aquella noche nació...
