Vladlena.
El aire del campo olía a pasto fresco, a las frutas y los dulces que Vlad había preparado para el picnic. Estábamos acostados sobre la manta, de lado, mirándonos fijamente frente a frente.
Vlad había estado en absoluto silencio durante todo este tiempo. Lejos de las cosas feas y las palabras hirientes de la mañana, se había dedicado a darme mi espacio, dejando que comiera todo lo que quisiera mientras me observaba con una paciencia infinita. Con su mano derecha, la que aún llevaba las vendas blancas cubriendo las cortadas que se hizo contra el espejo por mi culpa, me acariciaba suavemente la mejilla con la yema de los dedos, mirándome con esos ojos bonitos que tanto me fascinan.
El ambiente era tranquilo, pero mi corazón necesitaba cerrar este capítulo de una vez por todas.
—Vlad... —murmuré, rompiendo el silencio sin apartar la mirada de sus ojos.
—Dime, azulita —respondió con voz baja y calmada, sin detener el roce de su mano vendada en mi rostro.
—Necesito explicarte cómo llegué a ese punto... qué me pasó por la cabeza esa noche.
Vlad suspiró suavemente, mirándome con una comprensión profunda.
—Te escucho. Sin juzgarte, te lo prometo.
Tragué saliva y busqué las palabras en mi mente, tratando de organizar todo el torbellino de emociones de esos días.
—Estaba llena de celos e inseguridades... —confesé con la voz finita—. Sentía que Ángela siempre ganaba, que ella tenía un lugar en tu vida que yo jamás podría ocupar por haber llegado tarde o por ser más joven. En mi desesperación, solo quería demostrarte que yo también podía ser una mujer para ti, que podía complacerte y ser todo lo que necesitaras... pero me dejé llevar por el miedo y lo arruiné.
Vlad detuvo la mano en mi mejilla por un segundo y me miró fijo, escuchando cada palabra con atención.
—Lena, no tenías que demostrarme nada —dijo suavemente—. Tú ya eres todo para mí, no necesitas competir con mi pasado. Eres tan perfecta y única que no tendrías rivales jamás.
Sintiéndome vulnerable, me acerqué un poco más sobre la manta y tomé su mano derecha con la que me había acariciado la mejilla. Llevé esa mano herida hacia mis labios con un cuidado infinito y le di un beso largo y tierno justo sobre las gasas.
—Perdón... —le dije con la voz quebrada, dejando caer una lágrima que humedeció las vendas—. De verdad, perdón si te hice sentir acosado o presionado esa noche. Sé todo lo que sufriste en tu adolescencia con ese tema y... pensar que pude haberte hecho sentir así me mata por dentro.
Esa disculpa pareció tocarle una fibra muy sensible a Vlad. Su mirada se ablandó por completo y negó rápidamente con la cabeza.
—Oye, mírame —me pidió, jalando mi mano con cuidado y dándole besitos—. Nunca me hiciste sentir acosado. Jamás. Entendí desde el primer segundo que estabas asustada y confundida, no actuando con malicia. Mi rabia esa noche no era contigo, era conmigo mismo, por sentir la tentación y tener que luchar para no hacerte daño.
—¿De verdad?
—De verdad —aseguró con una sonrisa—. El que tiene que pedir perdón soy yo por haber sido un vulgar y un salvaje esta mañana. Pero quiero que te quede algo bien claro: yo a ti te respeto y te admiro más que a nada en este mundo. No te rechacé porque no me provocaras cosas, al contrario... es porque se que tú te mereces un altar, un proceso limpio, no una noche desesperada en medio del caos. Cuando estemos juntos, será porque ambos estamos listos y libres.
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MERAKI.
RomanceAntes de tener un nombre, su alma ya tenía el suyo. En el pasado, Vlad Mansfeld se convirtió en asesino para salvar la vida de una niña con la que un antiguo contrato matrimonial había decidido unirlo cuando ambos fueran adultos. Aquella noche nació...
