Días después...
Madrid, España.
Vladlena.
«Volar no es simplemente agitar las alas; es tener la valentía de reconocer que, para que el cielo fuera mio, alguien tuvo que bajar al infierno y cortarle la cabeza al dragón que me tenía cautiva».
Ajuste el micrófono mientras ajustaba el micrófono inalámbrico en mi solapa. Hoy el pájaro es libre, y su vuelo es alto, pero nunca olvido quien se mancho las manos de sangre para que mis plumas no volvieran a tocar el barro. Y gracias a ese sacrificio, y al amor incondicional del tío de Vlad, hoy no soy una moneda de cambio. Hoy soy la dueña de mi propio destino.
Me asomé al escenario del Palacio de Congresos de Madrid. Un mar de cabezas, más de tres mil personas, se entendía ante mi cómo un océano humano. Los flaches de la prensa estallaban al fondo y un aplauso masivo hacia vibrar el sueño bajo mis tacones.
—¡Damos la bienvenida a la doctora Vladlena Montemayor! —anunció el presentador.
Caminé hacia el podio. El silencio que siguió a mi llegada fue tan absoluto que podría escuchar los latidos de mi propio corazón. Miré a la audiencia: eminencias médicas, estudiantes curiosos, la prensa y otros. ¿Quién diría que la mula terca entraría a la universidad a los quince años y se convertiría en una conferencista famosa? Pero, de repente el aire se sintió pesado. Mis manos sudaron. He dado conferencias en Nueva York, ciudad de México, Bogotá, París, en distintas ciudades de Rusia, pero hoy, por alguna razón se sentía distinto.
«Lena».
No fue un grito, fue un susurro en mi alma. Esa conexión mística que no entiende de tiempo ni de fronteras.
Mis ojos azules, casi por instinto, buscaron la fila VIP. Y ahí estaba el.
El burro loco por fin parecía gente. Pero no cualquier gente. Vlad Mansfeld, a sus veintiocho años, era un pecado hecho hombre. El ejército le había sentado maravillosamente bien; sus hombros eran más anchos, su porte era el de un rey que no necesita corona para que la gente se incline. Si cabello negro, ese que por más que peinara siempre parecía tener vida propia y una rebeldía indomable, caía sobre su frente con una elegancia descuidada.
Y sus ojos... esos ojos suyos que hasta el día de hoy sé perfectamente de qué color son porque no cargaba puestos los lentes de contacto para ocultarlos, estaban fijos en mí. Daba igual la tonalidad exacta; para mí seguían siendo lo más bonito que había visto en toda mi vida. Ya no era el muchacho de antes; era un hombre de traje negro impecable que exudaba un poder silencioso. Un hombre que cargaba con un ramo gigante de gerberas rojas, mis flores favoritas. Mis flores resaltaban con una fuerza increíble contra la oscuridad de su ropa.
Me quedé en blanco. ¿Que hacia el aquí? Se suponía que debería estar en Estados Unidos. Con su familia. Sus responsabilidades. Pero ahí estaba, sosteniendo mis flores, mirándome con una mezcla de orgullo y melancolía que me atravesó el pecho.
Le sonreí. Fue una sonrisa pequeña, solo para el. Vlad asintió levemente mientras tomaba asiento. Los nervios se disiparon como el humo. Respire hondo y retomé el control del auditorio.
—Buenas tardes, Madrid. Soy la doctora Vladlena Montemayor. Hoy no vengo a hablarles de teorías abstractas, sino de la anatomía del sacrificio y el destino. El tema de hoy es: "El Duelo Patológico: El Despertar de Drácula".
El auditorio contuvo el aliento. Vlad se reclinó en su asiento, clavando su mirada en la mía.
—A menudo —empecé, gesticulando con las manos—, la psicología define el duelo como la pérdida de un ser querido. Pero hoy quiero proponerles una visión más oscura. Existe un duelo que ocurre en vida. Es el duelo del "Salvador". Es lo que sucede cuando un hombre decide, por amor o deber, enterrar su propia felicidad para que otro pueda vivir en la luz. A este proceso lo llamo el Síndrome de Drácula.
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MERAKI.
RomanceAntes de tener un nombre, su alma ya tenía el suyo. En el pasado, Vlad Mansfeld se convirtió en asesino para salvar la vida de una niña con la que un antiguo contrato matrimonial había decidido unirlo cuando ambos fueran adultos. Aquella noche nació...
