Eres mío.

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⚠️ ADVERTENCIA (+18) ⚠️

Este capítulo contiene una escena de contenido adulto (+18). Si no es de tu agrado este tipo de contenido, por favor avanza al siguiente capítulo. 

Horas después...

Maui, Hawai.

Ángela.

«Lo que Dios ha unido, solo mi mano puede cortarlo».

Salí de la ducha con un conjunto de lencería de encaje negro sumamente sexy; busqué mi bata de seda fina, deslizándola por encima de mis hombros sin llegar a amarrarla del todo. Me detuve a observarme con detenimiento frente al espejo. Pasé una mano por mi cabello rubio, acomodando las ondas con una sonrisa arrogante. Con calma, tomé el labial rojo carmín y me pinté los labios sin apartar la mirada de mi propio reflejo.

—Te entiendo, Vlad... —susurré, admirando mi propio reflejo—. Yo también me obsesionaría por alguien como yo. De razón la zorra de Lena me envidia tanto... un día de estos la desaparezco para que ya no arruine el cuadro familiar. No necesitamos perros pulgosos en la familia, ya con Rafael basta.

Salí del baño con el ego en las nubes, caminé por la habitación, me serví una copa de vino y me dirigí al balcón. Maui era un maldito paraíso. Frente a mí, el mar se extendía oscuro y majestuoso, rompiendo en olas perfectas bajo la luna, mientras la brisa marina me golpeaba la cara, alborotándome la bata de seda. Le di un trago a mi vino, saboreando los lujos que me doy desde que soy una Mansfeld... hasta que tres golpes secos y firmes en la puerta me congelaron la sangre.

Me tensé de inmediato. Mi instinto militar tomó el control en un milisegundo. Yo no había pedido nada al servicio de habitación, y mis amigas tenían sus propias tarjetas de ingreso. Dejé la copa de vino a un lado sin hacer ruido, caminé sigilosa hacia la mesa de noche, tomé mi arma y me acerqué a la entrada muy despacio, con el dedo pegado al gatillo, lista para volarle la cabeza a cualquiera que estuviera del otro lado.

—¿Quién es? —pregunté con voz firme, fría, apuntando directamente al centro de la madera.

—Tu marido. Y no creo que necesites nada más —dijo esa voz... esa maldita voz grave y cargada de una autoridad letal que me hizo temblar hasta la médula—. Abre la maldita puerta, mi vida, vengo a recordarte porque eres la mujer de Vlad Mansfeld.

Abrí la puerta apenas unos centímetros, manteniendo el arma arriba por pura inercia mientras mi cerebro intentaba procesar la escena. Ahí estaba mi marido, completamente vestido de negro, con una mano apoyada en el marco de la entrada y mirándome con unos ojos grises tan oscuros y hambrientos que me dejaron en claro una cosa: si esta noche salía ilesa, sería un auténtico milagro. Hoy se encargaría de hacerme el tercer hijo de la forma más impacable posible.

—¿Vlad? —bajé la guardia por un segundo, parpadeando con sorpresa—. Pensé que aún estabas en la guerra... se supone que...

No alcancé a terminar la frase. En un movimiento rápido, que me recordó exactamente por qué le otorgaron el cargo de General a sus veintiocho años, Vlad me arrebató el arma en menos de un segundo y la lanzó con desprecio sobre el sofá de la sala. Sin darme tiempo ni para parpadear, su mano derecha se cerró alrededor de mi cuello con una posesividad letal y me estrelló con fuerza bruta contra la pared. El impacto fue tan seco que me sacó el aire de los pulmones.

Antes de que pudiera reponerme, se apoderó de mí y me devoró la boca en un beso devastador. No era un beso de bienvenida; era un ataque hambriento, cargado con la adrenalina y la abstinencia de tres meses en el frente de batalla. Se notaba la urgencia de poseerme en cada milímetro de sus labios. Le devolví el beso con la misma intensidad y las mismas ganas salvajes, clavando mis dedos en su cabello corto mientras el agarre de su mano en mi cuello me mantenía completamente a su merced. El encuentro se tornó sumamente subido de tono cuando Vlad introdujo su lengua con rudeza, reclamando mi boca sin darme la menor tregua. Me besó de forma salvaje hasta morderme el labio inferior, arrancándome un gemido ahogado que vibró directamente contra su boca.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora