¡Pórtate como una mujer!

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Medellín, Colombia.

Vladlena.

Llevaba días así. Días enteros encerrada en mi cuarto, saliendo únicamente cuando sabía que la casa estaba vacía o cuando el silencio de la hacienda me garantizaba que no me cruzaría con él. El tiempo no había servido para calmar el dolor, solo para alimentar la culpa que me carcomía por dentro.

Me acurruqué contra la cabecera de la cama, envolviéndome en las cobijas hasta la barbilla. Llevaba puesta mi pijama más holgada, la de ositos que me cubría de pies a cabeza, como si necesitara una armadura de tela gruesa para proteger mi piel del aire, del frío y de mi propia vergüenza.

Me sentía profundamente asqueada de mí misma.

Me dejé llevar por una fantasía absurda... una en la que, justo cuando estaba en lo mejor del sueño con él, escuché el grito de la Ángela: "amoooor ya vine por ti". Y entonces Vlad me sacudió para despertarme. Esa imagen me quemaba la mente: la idea constante y destructiva de que Ángela siempre gana, de que ella siempre me lo quita todo. Me dio tanta rabia, tanta inseguridad... Yo solo quería demostrarle a Vlad que también podía ser esa mujer que lo apoyara, que lo complaciera, que fuera todo lo que él necesitara.

Pero lo arruiné todo de la peor manera.

Me sentía como una prostituta. Sentía que me había ofrecido en bandeja de plata, mendigando amor de la forma más asquerosa y desesperada posible. Y lo peor de todo, el pensamiento que me desgarraba el alma: «¿Y si Vlad cree que soy una fácil? ¿Y si piensa que ya me acosté con medio mundo por haberme comportado así?»

Lloré en silencio contra la almohada. Ni siquiera podía imaginar cómo lo hice sentir a él. Vlad sufrió de tanto acoso en su adolescencia... y pensar que en mi desesperación pude traerle recuerdos del abuso... Dios mío, si lo hice sentir así, jamás me lo voy a perdonar. Él luchó tanto, se mancho las manos cuando yo era solo una niña de seis años para asegurar mi libertad... ¿y cómo le pago? Ofreciéndome de esta manera tan barata a un hombre que todavía está legalmente casado.

En el fondo de mi alma, le daba gracias a Dios de que Vlad fuera todo un caballero. La verdad... no estaba lista para tener relaciones íntimas. Solo quería ganarle Ángela y solo logré perderme a mi misma. Tuve tanto miedo, y encima le pegué...

Esa noche lo escuché todo. Estaba en la habitación de al frente y, en medio del silencio de la madrugada, los golpes secos contra el espejo atravesaron la puerta como disparos. Lo escuché llorar, lo escuché gritar de frustración mientras yo también me ahogaba en mis propias lágrimas. Sabía que se estaba rompiendo las manos para no venir a mi cuarto, para controlarse, para no lastimarme.

Ya no pude evitarlo más. Tenía que bajar.

Bajé las escaleras despacio, vistiendo la misma pijama de ositos bien abotonada. Después del desayuno me bañaría. El comedor se sentía helado, pesado. Vlad ya estaba ahí, sentado, esperándome como lo había hecho los últimos días.

Me senté al extremo de la mesa, con la mirada completamente clavada en el plato. No era capaz de levantar la cara. Con el tenedor, solo jugaba con la comida, moviendo un pedazo de huevo de un lado a otro sin probar un solo bocado. La vergüenza me aplastaba el pecho, sofocándome.

Estaba frente a mí. Podía sentir su presencia enorme y el peso de su mirada cargada de dolor. Por el rabillo del ojo vi su mano derecha, cuidadosamente envuelta en vendas blancas por los cortes del espejo que rompió aquella noche.

El silencio era insoportable. Durante días esquivé sus llamados a la puerta, sus intentos por buscarme, pero aquí, cara a cara, ya no había a dónde huir. Apreté los dientes con fuerza, tragándome el nudo que me quemaba la garganta. Estaba aguantando las lágrimas con todas mis fuerzas, apretando el tenedor hasta que me dolió la mano, luchando para que ni una sola gota se me escapara delatando mi debilidad.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora