Epitafio de sangre.

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⚠️ ADVERTENCIA (+18) ⚠️

Este capítulo contiene temas sensibles, lenguaje fuerte, amenazas de violencia e ideación criminal (+18). La personalidad y pensamientos del personaje no reflejan el pensamiento de la autora; son parte de la ficción y la construcción del villano. Si no es de tu agrado este tipo de contenido, por favor avanza al siguiente capítulo.

14 años después...

2015, Lisboa, Portugal.

Zeus.

«El mundo cree que el diablo viste de rojo y tiene cuernos, pero la verdad es mucho más divertida: el diablo es el hombre que te sonríe desde las sombras mientras corta, uno a uno, los hilos que sostienen tu vida».

Exhalé una bocanada de humo denso, el sabor metálico y amargo de mi cigarrillo caro llenando mis pulmones. Sabía a poder, a ego inflado, y a esa miseria exquisita que solo los que han visto el verdadero fondo pueden apreciar. En mi otra mano, sostenía a Benito. Pobre Benito. Un cráneo humano. No cualquier cráneo, por supuesto. Este era el cráneo de un imbécil que solo tenía que hacerme una tarea de matemáticas. Una simple tarea. Pero le tuvo miedo al éxito. Se atrevió a llevarme la contraria. Y bueno, los accidentes pasan. Los carros a veces, los frenos dejan de funcionar. Cosas del diario. Y ahora, Benito es mi mascota. Los piratas tienen loros en el hombro; yo tengo a Benito. Antes era muy metiche, siempre con sus "¿estás seguro, Zeus?", "¿no crees que eso es demasiado?". Ahora me cae mejor. Porque nunca habla. Y no hay nada mejor que el silencio.

Pisé el cigarrillo con mi zapato, la suela de cuero fino silenciando el último soplo del tabaco. Coloqué a Benito en la encimera fría de mi laboratorio secreto. Aquí, entre burbujeantes retortas y monitores que mostraban códigos indescifrables, residía mi verdadero reino. Las paredes estaban forradas de estanterías repletas de frascos con especímenes, extraños brebajes y, sí, jaulas. Muchas jaulas. Los animales que tuve el placer de "rescatar" para mis experimentos me miraban con terror en sus ojos. Una orquesta de silencios tensos. En otra sección, como piezas de museo personal, se alzaban las siluetas conservadas de mujeres. Pobres tontas. Nada les costaba aceptar una cita. Una sola cita. Pero no. Decidieron que era una buena idea humillarme. Y yo no tengo la paciencia de mi medio hermano. Vlad es un tonto sentimental.

Me puse mis guantes de nitrilo, sintiendo la goma fría contra mis dedos. Mis ojos se posaron en la pequeña botella de cristal, donde un líquido violáceo brillaba con promesas de muerte silenciosa. Estaba listo. Mi nuevo veneno. Y encima, tenía una etiqueta con una mezcla que nombré en honor a mi querido hermano: "Vlad". Para que no diga que no lo estimo. Otros dedican tesis o discursos; yo le dedico a mi medio hermanito amado un veneno mortal que acabará con lo que más ama.

Me reí, una risa que sonó hueca en el vasto laboratorio. Agité el frasco en mis manos, el líquido danzando hipnóticamente.

—Aquí estuvieras, animal —le dije a Benito, con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero decidiste no hacerme la tarea de matemáticas. ¿Ves cómo sí llegué lejos? He creado virus que han provocado pandemias enteras, y hoy, Benito, hoy acabo de crear la caída de Vladsito.

Asentí, mi sonrisa se ensanchó mientras vertía con cuidado una pequeña cantidad del veneno en una jeringa. Busqué entre las jaulas. Y ahí estaba. Un conejo gris con blanco. Hermoso. De esos que Vlad, el idiota, seguro adoptaría. Me daba asco ese tipo de animal. Criatura que ve en la calle, animal que recoge. Qué asco. No merece ser el heredero de la dinastía Mansfeld. Solo da pena ajena ese idiota. Es capaz de chocar antes de atropellar a un animal. Qué asco, en serio. Teniéndolo todo, y es vegano porque se trauma. Comer carne lo hace llorar. ¡Yo quiero esos traumas de niño rico! ¡Los míos sí dan terror!

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora