Quiero ser tuyo, Lena.

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Dos semanas después...

Moscú, Rusia.

Vladlena.

Llevaba todo el trayecto en absoluto silencio, mirándolo como si fuera un auténtico milagro que estuviera sentado a mi lado. Y es que lo era. Dios mío, es que de verdad lo era. Pensé que lo iba a perder. Esa maldita perra de Ángela, hasta muerta, estuvo a un punto de quitarme al amor de mi vida.

Vlad venía acumulando demasiado sufrimiento durante estos catorce años en los que la vida lo ha golpeado duramente. Todo lo que le ha tocado sufrir, sumado al infierno que vivió en Portugal, lo acabó de romper por completo. Sufrió un preinfarto y un colapso pulmonar; es un verdadero milagro que esté vivo. Hay noches en las que me despierto sobresaltada, con el corazón en la garganta, solo para verificar cada cinco minutos que esté respirando. Lo amo tanto que sé, con toda la certeza de mi alma, que no podría vivir sin él. Sin Vlad no hay Lena. Si llegara a perderlo, me moriría de pura tristeza y me iría con él.

La vista del bosque nevado de noviembre a través de la ventana era preciosa, con las copas de los pinos cubiertas por un manto blanco e impoluto bajo el cielo helado de Rusia. Pero lo que tenía a mi lado era infinitamente mejor. Dejé de mirar por la ventana y giré el rostro, completamente enamorada, para contemplar a mi hombre.

Vlad conducía la camioneta todoterreno con una sola mano al volante, mientras que con la otra tenía secuestrada la mía. Teníamos los dedos fuertemente entrelazados sobre su pierna y, cada vez que me sentía tensa o me escuchaba suspirar preocupada, él alzaba nuestras manos unidas y me llenaba el dorso de la mano con besitos suaves, uno tras otro, con una ternura tan profunda que me derretía el corazón.

Me quedé contemplando esos ojos tan bonitos que tiene el amor de mi vida. No pude evitar sonreír en medio de la penumbra cálida del vehículo. Con la mano que me quedaba libre, me puse a jugar con el dije del collar que me regaló; desde el día en que me lo obsequio, no me lo he quitado por nada del mundo.

Vlad notó mi movimiento y me miró de reojo con esos ojos que a mí me vuelven loca, sonriendo con esa arrogancia tan suya.

—Si sigues acariciando ese collar así, vas a terminar rompiéndolo, Lena... ¿O es que me estás haciendo ojitos para que te regale otro? —me molestó, apretándome los dedos.

—¡Vlad Mansfeld, qué te pasa! —protesté poniendo los ojos en blanco—. Quien te escucha va a decir que soy una interesada. Aunque... pensándolo bien, hay algo.

Vlad arqueó una ceja, intrigado.

—Mmm... ¿Hay algo? ¿Qué hay?

—No, no, olvídalo. Era una tontería.

Vlad devolvió la mirada al camino de nieve un segundo, pero su agarre en mi mano se volvió aún más firme.

—Cuando se trata de cumplir tus sueños, caprichos y fantasías, nunca es una tontería para mí, Lena. Para mí es un privilegio mimarte. Dime qué deseas, mi reina. Yo te cumplo todo lo que se te antoje.

Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago, pero negué con la cabeza.

—No, no me hagas caso. Es que... de tanto escuchar a tu madre estos días en la casa diciendo: "¡Joaquín, cariño mío! Vi esta cartera de casualidad, amor... si me la compras, ¿sí? ¿Sí me la compras?"... No sé, se me metió el espíritu de tu vanidosa madre y quise ver qué se sentía ser una esposa trofeo por un segundo.

Vlad soltó una carcajada ronca que le llenó el pecho, haciendo vibrar el volante.

—¿Con que estás criticando a mi santa madre? Te recuerdo que esa bruja vanidosa va a ser suegra tuya, oye. Más respeto con la mujer que parió al amor de tu vida.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora