Días después.
Virginia, Estados Unidos.
Ángela.
La brisa del mar golpea con fuerza mi rostro, pero el frío real no viene del océano, sino del hombre que tengo al lado.
Llevamos más de una hora sentados aquí, frente a la inmensidad del agua oscura de la noche. Desde que llegamos, Vlad no ha pronunciado una sola palabra. Mi vista está fija en él, en su perfil rígido, mientras que él lo único que hace es mirar obsesivamente su anillo de casado en su dedo. Le da vueltas, lo acaricia, pero parece que no se atreve a hablar.
Tomo aire con frustración. Todo esto es culpa de la zorra de Lena. Ella es la que se metió en medio, la que le quiere quitar el esposo a una mujer con una familia construida. Sí, sé lo que dirán. Sí, yo engañé a Vlad con Bustamante, pero yo nunca dejaría a mi familia por un desliz. En cambio, Vlad... Vlad ni siquiera tiene cara de querer seguir luchando por nuestro hogar. Se ve vencido.
—Vlad, llevamos una hora así —le digo, frotándome los brazos—. Está haciendo frío y ya es tarde. Si vamos a casa... te hará daño para el asma.
Él no se mueve. Sigue con la vista perdida en el mar antes de hablar con esa voz ronca y pesada que me hiela la sangre.
—¿Te acuerdas cuando nos casamos?
—Claro que sí, mi amor —respondo de inmediato, forzando una sonrisa—. Fue el día más feliz de mi vida. Vamos, anda, que nuestras hijas nos esperan en casa.
—Me pediste una sola cosa, ¿no?
Frunzo el ceño, sintiendo una punzada de incomodidad en el pecho.
—No entiendo a dónde quieres llegar, Vlad.
Él finalmente deja de jugar con el anillo y me mira. Sus ojos están completamente apagados.
—Me pediste que no te rompiera el corazón, porque no podrías soportar más dolor. Pero la que me rompió el corazón a mi fuiste tú. Y ¿sabes qué es lo que más duele? Que yo no te pedí nada. Yo te lo di todo porque te amaba más que a mi vida. Te di mi corazón, mi alma... y hasta mi salud mental te la entregué en bandeja de plata. Y aun así, nada de eso fue suficiente para que tú me eligieras.
Siento que el pánico me sube por la garganta, pero me apresuro a defenderme.
—Vlad, si esto es por lo que mi padre le dijo a la prensa, ya te lo expliqué. ¡Yo no sabía nada! No tenía idea de que iba a ofender a tu hijo.
Vlad suelta un suspiro cargado de decepción y sacude la cabeza.
—Ángela, por favor. Siempre lo sabes todo. Ya no me quieras ver la cara de estúpido. Yo no puedo seguir en un lugar donde no aceptan a uno de mis hijos.
—¡Vlad, estás exagerando! Ya te pedí perdón cuando llegué.
Él suelta una risa amarga, seca, que me corta el aire.
—Lo hiciste por no perder tu estatus, no porque te naciera hacerlo. Ángela, ya deja el teatro. Tu cara de "yo no fui" ya no funciona conmigo. Acepta que esto llegó a su fin.
—¡Vlad, no sigas! —le ruego, acercándome y tratando de tomar su mano helada—. Nosotros somos un matrimonio. Tenemos dos hijas, una historia de amor de cuento de hadas desde los quince años. Mi amor, tú solo estás confundido. No te puedes dejar llevar por los embustes de Rafael. Él me odia, no nos quiere ver felices y no le puedes dar el gusto.
Vlad niega con la cabeza despacio, soltándose de mi agarre.
—¿De qué cuento de hadas me hablas, Ángela? En mi versión, la reina se convirtió en la bruja y convirtió mi vida en una mierda. Recuerdo haberlo dado todo por ti, perdí todo por ti... pero no me acuerdo de que tú me hayas elegido un solo día. Y no metas a mi hijo en esto. Debí irme el día en que te atreviste a alzarle la mano cuando era un niño en Navidad, para que no volviera a venir. Pero claro, tu depresión posparto, las mellizas de meses... te di otra oportunidad y ni aun así cambiaste.
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MERAKI.
RomanceAntes de tener un nombre, su alma ya tenía el suyo. En el pasado, Vlad Mansfeld se convirtió en asesino para salvar la vida de una niña con la que un antiguo contrato matrimonial había decidido unirlo cuando ambos fueran adultos. Aquella noche nació...
