Madrastra zen.

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El Moskvarium era un espectáculo de luces azules y sombras marinas, pero para mí, el verdadero show estaba ocurriendo fuera de los tanques. Había enviado a Ocaso a recoger el anillo con el que le pediría matrimonio a Lena; joder, ahora mismo, sentía una paz que no recordaba desde hace años. Sin la prensa hostigándome, podía ver a mi familia como lo que siempre debió ser: mi única realidad.

Lena, a mi lado, caminaba dando pasos cortos, murmurando cosas para sí misma. La escuché repasar bajito: "Escuchar sus intereses, validar sus sentimientos, no gritar... sé una madrastra zen". Estaba intentando seguir sus tutoriales de internet al pie de la letra, y me costaba la vida no soltar una carcajada. Pobre mujer, no sabía en la secta satánica en la que se había metido. Mantener la salud mental con mis hijos era científicamente imposible.

A unos metros, Mae y Rafael se detuvieron en seco frente al tanque del tiburón tigre. Se quedaron analizando al bicho con una seriedad tan fría que daban miedo; parecían ingenieros evaluando una pieza de maquinaria de guerra.

—Oye, idiota —dijo Mae, cruzándose de brazos—. ¿Cuánto crees que cueste un animalito de estos? Digo, tener uno en la piscina de la mansión no estaría nada mal para espantar a las visitas indeseadas, ¿no?

Rafael se rascó la barbilla, analizando el presupuesto con aire de experto.

—No sé cuánto cueste comprarlo, pero el verdadero presupuesto se te va en la comida. ¿Sabes cuántos kilos de carne cruda traga esta bestia al día? Terminaríamos empeñando las armas del viejo solo para mantenerlo gordo.

—Ay, no exageres, Rafael —respondió Mae con una naturalidad de quién no le tiene miedo a nada—. Lo podemos alimentar con los enemigos de papá, mira que son muchos.

Izzy, que siempre estaba al acecho, se metió en la conversación con los ojos brillando de una forma que me dio escalofríos.

—¡Yo apoyo la causa! Y si el tiburón sale muy caro, podemos adoptar dos cocodrilos. Son más baratos de mantener y muerden igual de duro. ¡Imaginen el nivel de seguridad que tendríamos!

Mile, la única con un poco de sentido común, los miró horrorizada.

—Oigan... ¿no creen que es peligroso? ¿Y si salen de la piscina y nos comen a nosotros mientras dormimos?

Mae la miró como si hubiera dicho la estupidez más grande del siglo.

—Mile, por favor, piensa en grande. Obviamente, el tiburón o los cocodrilos estarían entrenados para atacar solo a los intrusos o a los idiotas que hagan preguntas tontas.

Los ojos de Mile cambiaron de terror a entusiasmo en un segundo.

—Ah, ¿es para defensa personal y para proteger a papá? Bueno, en ese caso, creo que deberíamos comprar dos... ¡y muchas pirañas por si acaso! ¡Nadie vuelve hacer sufrir a mi papito!

Lena estaba a mi lado y vi cómo su cara pasaba por todos los colores del arcoíris. Estaba intentando procesar el "potencial de maldad" de mis herederos. Se llevó la mano al vientre por los cólicos, y corrió chistoso hasta llegar a mi y me agarró del brazo con fuerza.

—Vlad... —susurró, mirándome con los ojos inmensos y pálida como un fantasma—. Dime la verdad: ¿tus hijos están bautizados o de plano ya los perdimos ante las fuerzas oscuras? Porque yo aquí veo mucho material para una secta satánica, ¿eh?

Solté una carcajada, atrayéndola hacia mí antes de que colapsara.

—Tranquila, mi amor, digamos que tienen el peculiar toque humorístico de los Mansfeld —le dije mientras le frotaba la espalda—. Pero no te preocupes, mientras seas buena madrastra y te portes muy bien conmigo, no te van a tirar de comida para sus mascotas. Tú solo mantente en el lado correcto y llegaras a vieja.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora