En las llamas del infierno.

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Al día siguiente...

Vladlena.

El rugido de mi panza fue lo que me despertó. Era un sonido feo, como el de un animal atrapado que tiene mucha hambre. Intenté moverme, pero un pinchazo en el brazo me hizo soltar un quejido. El sótano estaba oscuro y olía a tierra húmeda y a encierro. Me toqué la piel y sentí el bulto del morado; Volkov me había arrastrado con rabia ayer, después de que los Mansfeld se fueron.

Él no soportó que Vlad lo humillara. No soportó que un muchacho le hiciera bajar la cabeza y le recordara que para el es solo un perro que tiene que lamerle las botas. Por eso me castigó a mí. Sin desayuno, sin almuerzo y sin cena. Me comería una vaca entera si pudiera, pero aquí solo hay sombras.

—Es un pijo... —susurré, pero mi voz ya no tenía rabia.

Cerré los ojos y recordé el momento del charco. Me entró una risita floja, de esas que duelen cuando tienes el estómago vacío. Vlad, todo estirado y limpio, bañado en lodo de pies a cabeza. En esta casa, cuando un hombre se ensucia, solo hay gritos y golpes. Pero él... él se rió. Me tiró barro de vuelta y me trató como a una igual, no como a una muñeca de cristal que se rompe si la tocas.

Y lo más importante: se puso entre Volkov y yo. Nadie me defiende nunca, pero ese burro loco se enfrentó a un hombre más grande y fuerte por alguien como yo. «¿Por qué no se enojó?», pensé. «Le arruiné la ropa, lo hice oler a cerdo y él solo me dio la mitad de su chocolate y me pidió tregua».

Me toqué la frente, justo donde él me quiso acomodar el pelo ayer. Me quedé pensando en sus manos. Aquí las manos solo sirven para empujar, para dar correazos o para castigar. Pero la mano de Vlad fue suave. Él y su papá olían distinto. No olían a miedo, ni a alcohol, ni a sudor agrio. Olían bonito, como a un mundo mágico donde no hay maltratos. Olían a ese mundo que mamá me contaba antes de que todo se volviera gris.

«Tal vez...»,pensé, abrazándome las rodillas... «Tal vez si de grande me caso con él, mi vida sea diferente».

Podría comer todos los días. Podría estar en una biblioteca llena de libros y estudiar para ser alguien. Podría ser libre. Podría tener un amigo en quien confiar, ¿no?

Con cuidado, saqué el relicario que escondo bajo mi ropa y lo abrí. La luz que entraba por la rendija de la puerta iluminó las fotos. Mi mamá, que era igualita a mí y que se fue hace unos meses dando a luz a mi hermanita; y mi papá, un gran General ruso al que Volkov le robó la vida y la fortuna por pura venganza. El murió meses antes que yo llegara a este mundo. Lo conocí a través de los ojos de amor de mi mamá.

—Hola, mami. Hola, papá —susurré, y una lágrima me quemó la mejilla—. No sé preocupen por mi. Me alegra que ya estén juntos en el cielo y nadie los pueda separar. Algún día les voy a hacer justicia. Voy a sacar a mi hermanita de este infierno y los voy hacer sentir orgullosos.

Le di un beso a las fotos y cerré el relicario con fuerza. Me dolía el cuerpo y el hambre me quemaba, pero ahora tenía un plan. Y aunque ahora sea pequeña, un día voy a crecer y voy a destruir a Volkov. Recuperaré todo lo que es mío por derecho y nadie me volverá a pisotear ni a mi hermanita ni a mi.

La puerta del sótano se abrió con una patada que resonó en mi pecho. Volkov bajó los escalones con la cara roja, todavía sin superar la humillación de ayer. Me agarró del brazo morado y me arrastró hacia arriba; mis pies golpeaban cada escalón, pero yo apretaba los dientes para no darle el gusto de escucharme suplicar.

—¡Fuera, animal! —me gritó, lanzándome al patio donde el frío de la mañana rusa me cortó la respiración.

Allí estaba el balde de madera, con pedazos de hielo flotando en el agua estancada. Antes de que pudiera reaccionar, Volkov lo levantó y me lo vació encima.

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora