¡Nunca serás Vlad!

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1 semanas después...

Madrid, España.

Vladlena.

«Intenté buscar tus ojos en otros rostros y mi paz en otros silencios, pero es inútil; fuera de tu infierno, solo encuentro un paraíso vacío».

A pesar de los tropezones del pasado, yo no me rindo. Sigo teniendo la tonta esperanza de que, en algún momento, el universo me va a cruzar con el indicado. Porque seamos honestas: si me quedo metida en mi apartamento esperando que Diosito me lo mande a la puerta con un lazo de regalo, me voy a hacer vieja, arrugada y tejiendo calcetines para los nietos de Vlad. Hay que echarle una mano al de arriba, ponerse la mejor pinta, ponerse los mejores tacones y salir con la mejor actitud. Es mil veces mejor arriesgarse que quedarse una noche de viernes mirando el techo, pensando en lo que no hiciste por miedo.

Profesionalmente, tengo el mundo a mis pies. Mis conferencias son un éxito, los colegas me respetan y mi agenda como psicóloga está colapsada. Soy una eminencia para el resto del mundo, pero el éxito profesional no te abraza por las noches. Cuando llego a mi casa, la realidad me golpea en la cara: no hay nadie. Termino hablándole a las paredes, y a este paso, ni un gato tengo para que me maúlle y no sentirme tan jodidamente sola.

Ya va siendo hora de madurar y entender la realidad: el dichoso contrato de la infancia se rompió hace años. Vlad ya eligió. Él nunca se va a divorciar de Ángela; está enamorado de ella hasta los huesos. Y todo sería tan perfecto, lo juro por Dios que lo sería, y yo no me atrevería a mirarlo con ojos de mujer, si no fuera porque sé perfectamente que Ángela es una maldita bruja que no se lo merece. No lo pienso solo yo, lo sabe toda su familia. Pero llegué ocho años tarde a su vida. El papel de protagonista ya estaba ocupado por una bruja narcisista, y para mí solo quedó disponible el papel de la mejor amiga. Y prefiero mil veces ese papel secundario, conformándome con las migajas de su atención, a no tenerlo en mi vida. He tenido que aceptar que, en mi propia historia, solo soy un personaje extra. Además, jamás me perdonaría que sus hijas lo odiaran por mi culpa. Yo no soy una rompe hogares. Adoro a sus hijos tanto como lo amo a él, y a diferencia de Ángela, yo jamás competiría con sus propias hijos. Ellas siempre irán primero.

Por eso, me obligué a salir. Llevo dos semanas aceptando citas con el doctor Arango, un cirujano plástico español súper reconocido que trabaja en mi mismo hospital. Llevaba meses insistiéndome, desde que yo andaba lidiando con los dramas de mi ex. Hoy me siento fatal, tengo un frío horrible en el cuerpo y unos cólicos menstruales que me están partiendo el útero en dos, pero la cita ya estaba pactada y no soy de las que cancela a última hora. Además, cuando ando en mis días me pasa algo terrible: me da una combinación de hambre feroz con unas ganas insoportables de hablar de lo que sea porque me pongo súper sensible.

De pronto, mi teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla iluminada apareció su nombre: Vlad. Sintiéndome repentinamente abrumada, deslicé el dedo y le colgué.

«Basta, Vlad. Déjame ser feliz de una vez. Enfócate en tu matrimonio y déjame a mí encontrar el amor. Ya crecí, ya no soy la niña que tienes que cuidar las veinticuatro horas. Ya no te necesito», pensé con rabia, apretando el botón de apagado para cortar por lo sano. Cuando Vlad se pone en modo intenso y sobreprotector, no hay quien lo frene.

El restaurante de moda estaba lleno a reventar. De fondo, una melodía suave de violín intentaba darle un toque romántico a la velada, el ambiente perfecto para entablar una conversación.

—Y como te decía, el paciente me miró muy serio y me dijo que su fobia no eran las alturas, sino los gnomos de jardín —comenté, riéndome sola, tratando de ponerle chispa a la cena, aunque con el no me salía lo graciosa como con Vlad—. En mi profesión de verdad se ve cada cosa. Aunque bueno, yo también tengo mis excentricidades. Me encantan los caballos, tengo una hacienda de ellos pero dos son mis favoritos. Tengo un percherón en medellín y un frisón gigante en moscú. Me los regaló mi mejor amigo, es que Vlad sabe todo lo que me encanta y...

MERAKI.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora