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Tanto Daven como Eero miraron al guerrero con temor. Éste sujeto, cuyo nombre desconocían, sin duda había visto la oportunidad y la estaba usando. Aunque el entonces monarca de los selkies, el rey Einar, había tenido una amplia descendencia, ellos habían sido los únicos varones, y por aquellos tiempos, eran por esa causa los únicos posibles herederos del reino. Tiempo después esto cambió, pero no es momento de contarlo aún.

Por ahora, estos personajes habían caído en una trampa. El guerrero que lideraba al resto habló: —Somos simples súbditos, pero no somos tan tontos como la realeza cree. Estamos conscientes de que sólo podemos esperar que el próximo monarca sea un incauto que confía en que los mismos humanos que han atacado y diezmado a otras especies mágicas sean gentiles con nuestra gente, o un aún más incauto que ni siquiera se fija en quiénes y por qué lo siguen.

No voy a negar que tenía razón, pues ninguno de los hermanos era muy buena opción para liderar. Pero, también hay que reconocer que esto era un exceso de fuerza: una treintena de guerreros contra dos príncipes selkies y dos príncipes y una princesa humanos no era una contienda justa de ningún modo.

Abel susurró a Erik: —Este es un buen momento para que use su espada nuevamente.

—Lo haría si no estuviera seguro de que luego sería un alfiletero de flechas — respondió él. Engla les dio un codazo a cada uno para que se callaran, por lo que interiormente los dos muchachos empezaron a dudar de la buena suerte del bebé, si en el futuro así lo iba a tratar.

Mientras, Daven y Eero, aún sin recuperarse por completo del asombro, se enfrentaron al líder de los guerreros: —Tiene razón en despreciarnos, pero no es necesario dañar a nadie. Bajen sus armas.

El líder afirmó: —Entonces, si están dispuestos a rendirse, no los dañaremos. Sólo pediré una cosa: entréguenme sus pieles, y juren no volver al reino. Nos iremos después de eso.

Los hermanos se miraron uno al otro, y tras unos segundos de titubeo, Eero entregó su piel de foca al guerrero, pero como recordarán, Daven le había dado la suya a Engla, así que se dirigió a ella: —Dásela, aun así cumpliré mi promesa.

La princesa asintió, y entregó la piel. Ya con las dos pieles, el líder hizo otra seña a sus secuaces, quienes dispararon sus flechas, pero sólo para destruir el resto de los abhihs que habían usado para abrir el portal, como una precaución de que volvieran al reino utilizándolos. Enseguida, con una última seña, todos los guerreros se vistieron nuevamente con sus propias pieles de foca y se perdieron de vista en el mar.

Los humanos guardaron sus espadas nuevamente, y Daven corrió a abrazar a Engla. Eero se apartó un poco, inseguro de qué hacer, pues él tampoco confiaba en los humanos. Erik estaba más preocupado por la destrucción de los objetos mágicos, pues ya no sería posible abrir otro portal de transportación a Toivonpaikka. Y Abel, pues estaba feliz y enojado a la vez, porque esa era una buena oportunidad de librarse del compromiso, pero necesitaba cuidar bien sus explicaciones para no afectar la diplomacia entre Kaillioneinmeri y Kylmä maa".

—¿Y ya va a aparecer Aren? — volvió a preguntar el niño.

El narrador lo miró con los ojos entrecerrados y respondió: —Todavía no, pero pronto.

—¿Está seguro?

—Tan seguro como de que el cielo se ve azul por efecto de la luz solar reflejada en la atmósfera de nuestro planeta.

Y habiendo sacado a este y otros niños y niñas presentes de una duda existencial que no les habían respondido aún, el señor prosiguió: "En fin. Como ya estaba oscureciendo, Abel, Engla y Erik regresaron al reino, y llevaron también a Eero y Daven.

No hay reinos en el marHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora