IX

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Los labios se les humedecían por la saliva compartida entre un beso y otro. A esas alturas Eren había dejado de preguntarse si lo que hacían era o no correcto, estaba bien o mal visto. De antemano conocía las respuestas, e intuía que su superior también. El asunto era, que a ninguno de los dos les importaba.

Tener el resbaladizo músculo del mayor repasandole el interior de la boca, le había desatado un sinfín de sensaciones, todas ellas imposibles de asimilar por separado. Era una marejada de éxtasis que lo recorría y sacudía por dentro cada vez que los labios de ambos chocaban y sus pelvis se adherían más y más a la otra, mientras sus temblorosas rodillas entrechocaban en un ligero bamboleo de nerviosismo, apenas sosteniendole en pie. Sus brazos se aferraban con fuerza descomunal a la ancha y firme espalda.

Ahí estaban ellos. Enredados en los brazos del otro, tocandose y besandose como si la vida entera se les fuera en ello, como si el tiempo se hubiera estancado y sus mentes se hallaran en un plano terrenal yuxtapuesto al real.

Dos en uno, había pensado Eren la primera vez que tuvieron sexo en el castillo. Luego vino una segunda y una tercera, cada cual más pasional y deshinibida que la anterior. Admitía, no sin cierta verguenza de por medio, que su primer encuentro sexual había resultado muy diferente a cómo lo había imaginado. Fue incómodo, algo doloroso y, además, los nervios habían traicionado su cuerpo, impidiéndole llegar al orgasmo propiamente dicho.

Sabía, asimismo, que para Levi tampoco resultó la gran cosa, pero ninguno se arrepentía, ni mucho menos.

A ocho días de haber intimado, finalmente lograban compenetrar como nunca. Sus movimientos corporales eran más desenvueltos, sus besos más fogosos y duraderos, sus caricias más entretenidas, suaves, acompasadas.

Tan pronto intercambiaban un beso, como después buscaban otro tipo de contacto.

Una ligera succión en el cuello de Eren, una sutil caricia sobre la entrepierna de Levi, un beso cálido y opresivo que podía alargarse eternidades. Todo era válido y reconfortante.

Las madrugadas estaban destinadas a la entrega total y mutua de sus cuerpos, la sincronía deleitosa de una unión que, tan pronto culminaba, volvía a iniciar, desmadejando un arrebato de voracidad carnal en la que el deseo reinaba y se desbordaba por cada uno de sus poros.

Y a Eren le gustaba la basta variedad de sus fortuitos encuentros carnales. De sus desfogues pasionales que bien podían discurrir con él de rodillas sobre la cama o inclinado de pie y con el rostro vuelto hacia un costado.

Le agradaba sentir las caderas del Capitan abriéndose paso entre sus piernas. Amaba la rudeza de su toque, la fiereza de sus besos, la demanda explícita de su mirada encendida, los embates fuertes que estremecían hasta la última fibra de su anatomía.

Sentir a Levi era tan placentero, como arrollador.

Sus dedos aferrandole las caderas con fuerza, sus dientes hincandose en su cuello, debajo de la nuez de adan, su aroma corporal confundiendose y fundiendose con el suyo.

"Levi"

El hormigueo intermitente esparciendose en expansivas ondas por su vientre.

"Levi"

La dureza de la palpitante hombría entrando y saliendo, bombeando a un ritmo discontinuo, errático, rudo.

Su brazo enredandose en la nuca de su superior, buscando un punto de apoyo más sólido que el tambaleante escritorio de madera que se sacudía ante cada frenética arremetida.

"Levi"

Sus piernas cerrándose en torno a la cadera del susodicho, su cabeza inclinándose ligeramente hacia atrás, anhelante, extasiado. El orgasmo golpeandole con violencia, estremeciendo su bajo vientre en suaves, deliciosos y ritmicos espasmos. Y sus labios entreabiertos, enrojecidos y humedecidos por la saliva de ambos, emitiendo, a un tiempo, el terrible y delator yerro.

Liberty.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora