15.

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Pesadillas y entrenamiento

La arena estaba caliente bajo sus pies, nunca había visitado el mar, sin embargo sentía que había estado ahí cada fin de semana. Las olas del mar lo calmaban y mojaban la punta de sus diminutos dedos cuando se acercaban a él. Se había subido el pantalón para que el agua no mojara su única ropa seca.

Se sentó en una roca grande, donde perfectamente cabían unas cinco personas como él. Moría de hambre y de calor, la sed comenzaba a quemar su garganta.

Había salido de casa. De ese lugar lleno de mujeres casi desnudas -imaginaba que por la calor- que caminaban de un lado a otro con una sonrisa extraña. Se sentaban sobre las piernas de los hombres y le contaban secretos graciosos.

Su madre era de esas mujeres. Le había dicho que permaneciera en la habitación que le había asignado y no saliera, pero Max quería ver el mar. En esas fechas era perfecto visitarlo sin sentir frío.

Tuvo que escabullirse entre hombres tambaleándose, a sus siete años no sabia que era lo que les pasaba. En realidad no sabia mucho.

Tomo su balón de basket y salió a la calle. Dispuesto a encontrar la dichosa playa de la que tanto le había hablado Miriam, su mejor amiga.

Camino sin saber exactamente donde quedaba el inmenso agua. Camino demasiado, tanto, que comenzó a sentir que el sol lo quemaba y las plantas de los pies le dolían al pisar.

Aunque nada de eso le importo demasiado, tan solo trepo por unas escaleras cuando por fin lo vio. El agua se veía tan clara y tan hermosa que le dio una sensación de paz al instante. Camino hasta ella y ahí estaba.

El agua no era del todo azul como le había dicho Miriam, frunció el ceño al notar que en algún punto era verde. Y le encantaba el verde.

A Max en realidad le gustaba cualquier color.

Sentado en la piedra observo las personas, se fijo en una pareja de amigos que jugaban a los atrapados, para al final reír y juntar sus bocas en lo que el conocía como un beso. Hizo una mueca, pero al verlos tan contentos sintió envidia. Él también quería.

De pronto, una mujer vino corriendo y cuando cerró y abrió los ojos lentamente después de un rato, escucho a su madre decirle algo desde lejos.

No entendió que le decía, cuando los abrió, se estaba mirando al espejo. ¿En qué momento se había convertido en el Max de 15 años?

Dio un paso en falso hacia atrás. No le gustaba lo que veía. Estaba sin camisa en el baño del burdel en el que trabajaba su madre. Claramente veía el tatuaje de una daga en un costado, debajo de la costilla derecha.

Más arriba en su pecho, habían marcas de chupetones visibles. Los toco con cuidado y sintió asco de si mismo. También tenia arañasos en la espalda. Le dolía el cuerpo, y más la entrepierna.

Cuando salió del cuarto de baño, habían cinco mujeres acostadas en una enorme cama cubierta de unas sabanas color azul oscuro, desde ese momento, detesto ese color.

Las mujeres estaban dormidas con una sonrisa en la boca. Les dio la sensación de odiarlas.

Se coloco una camisa y salió de la habitación. Su madre estaba con una bata de seda azul oscuro también esperándolo en el pasillo. 

— ¿Cómo fue?— pregunto su madre después de exhalar el humo de un cigarro.

— El peor cumpleaños.— murmuro Max a lo lejos, solo escucho su risa. Una risa muy lejana.

SANO amorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora