3. Inconveniente

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¿Suerte o inconveniente? No tenía mucha idea de cómo llamarlo. Apenas estaba totalmente despierto. Odiaba las mañanas, y más que ellas, odiaba madrugar. Años y años de levantarse temprano por cumplir obligaciones que al final terminaron dando unos amargos frutos que no disfrutaba saborear. Amaba la primavera; era hermosa, colorida, dulce y tranquila. Y esa bonita magia que traía dicha estación se terminaba rompiendo por algo terrible y pesado; la vuelta a clases. Si al menos tuviera un verdadero motivo para gozar del aprendizaje y las relaciones sociales le gustaría tanto como a su hermana, quien con su mano entrelazada a la suya tarareaba una y otra vez la misma melodía de un anuncio de galletas. ¿Y por qué caminando hacia la escuela? Bueno, eso era lo que consideraba una situación dudosa para el uso de su bicicleta. Demasiado cerca como para no poder ir a pie, además de que Yoko estaba a su cargo y no poseía un sillín extra para ella. No era desagradable, tanto la escuela primaria como la secundaria no entraban en la zona bulliciosa de la ciudad, sino en sus calles más estrechas y tranquilas. Fueron diez minutos de trayecto hasta su primera parada. Se detuvo frente a las puertas de la escuela y giró hacia Yoko, cara a cara. Se arrodilló y arregló su pequeña falda, bajándola un poco más de los bordes. Una bonita capa de pétalos para una bonita flor; pensaba.

-Promete que no harás ninguna travesura. -conocía bien a su hermana tan hiperactiva y de fuerte carácter, no sería bueno que el primer día de colegio tuviera problemas.

-¡Lo prometo, seré buena!

-Exacto. Pero ya sabes; si alguien te molesta avisa a un profesor. Y si no funciona, defiéndete y deja claro quién manda.

-¡Yo mando!

-¡Sí! -se acuclilló y apretó sus regordetas mejillas sonrosadas, sacándole una dulce risotada. Las madres que traían a sus hijos observaban de reojo sin detener su camino, contagiadas por la felicidad y la gracia de los dos hermanos, generando sonrisas y emociones maravilladas. Daiki se levantó, abandonando los maltratados carrillos de Yoko. -Ahora ve, no sea que te vayan a regañar por no estar dentro. -tras recibir un arduo asentimiento por parte de la pequeña, se quedó quieto, monitoreando los pasos de ella a través del patio hasta que, cuanto más distancia había entre ambos, más diminuta se hacía su imagen hasta desaparecer por haber entrado al edificio. Suspiró con más tranquilidad y puso rumbo hacia su propia escuela.

Toda la alegría se le había esfumado tan pronto como dio cinco pasos. ¿Tanto merecía la pena pasar por aquello? El primer día siempre era el peor, clases sin ningún tipo de sentido en las que se sentaba a escuchar la vida de los demás para "conocer a sus compañeros y profesores". Era absurdo. A nadie le importaba la vida de otro por mucho que quisieran hacer ver lo contrario. Solo eran alumnos y profesores, no existía ningún tipo de relación a parte, por lo que tampoco un motivo emocional por el que debería existir ese interés. Era todo mentira, caras sonrientes hechas de plástico y palabras sin melodía propia. Panda de falsos sin coraje suficiente como para decir las verdades en la cara. Prefería una mala relación antes que una buena relación basada en nada. En su camino, se quitó los aretes hanafuda que siempre llevaba consigo. Su padre le advirtió de que no los portara dentro del recinto o podía llegar a tener problemas. Siendo sincero, no tenía ganas, ni fuerzas, para enfrentar a los altos mandos de la escuela. Los guardó en uno de los pequeños bolsillos de su mochila. No iba con la intención de hacer amigos o relacionarse. Los colegios servían para estudiar, y eso iría a hacer, por muy mal que se le diera o por muy fácil de distraer que fuera. Su objetivo era centrarse en sí mismo. Si alguno recibía un golpe por su parte, no sería porque él hubiera lo querido en un principio. La única pequeña esperanza era que Sanemi tuviera en cuenta su relación no profesional y fuera considerado con él. ¿No podía saltarse el primer día de clases? Si de igual manera no haría nada, estando o no. Parte de su trayecto lo destinó a aquel debate, de si debía cambiar el rumbo e irse a hacer tiempo a cualquier lado o cumplir con su asquerosa tarea de presentarse y quedarse horas sentado.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora