El entorno se hizo ajeno, su entendimiento abandonó el sentido del tiempo. Lo que pudo haber sido un segundo también podría ser una hora. Toda capacidad consciente fue eliminada. La recuperó, pero no tenía ni idea de si fue al instante o tras un largo rato de agonía silenciosa. Sus ojos se abrieron tras ese parpadeo eterno, incapaces de enfocar, de distinguir. Era una ceguera colorida, borrosa. Oía voces, muchas voces que sonaban lejanas, como ecos en una cueva inmensa y profunda, mas no identificaba palabras. ¿Estaba vivo, muerto o en proceso de desprenderse del mundo mortal? No sentía nada, tan solo escuchaba sinsentidos y veía manchas. Hasta que el paso de los segundos no afianzó su conciencia despierta, no fue capaz de recuperar el entendimiento. Distinguió las palabras directas, los tonos elevados, los quejidos de esfuerzo, una o dos personas exigiendo ambulancias y otras emitiendo jadeos que percibía demasiado cerca. Escuchaba el sonido del acero crujir, del metal raspar el asfalto, del constante pitido de algo. Algo, o alguien, le tocaba. Un click y su percepción giró como si fuese una rueda. Se sintió arrastrado, pero liberado. Su cuerpo, antes insensible, ahora parecía despertar y él notó el alivio inmediato y la corrección de su equilibrio. Se dio cuenta de que su cabeza se encontraba en una postura natural, habiendo soportado antes estar confuso. Su vista se aclaró lo suficiente para distinguir la enorme mancha que era el coche mientras era alejado, no sabía si estaba muy dañado o no, sus pupilas trabajaban muy duro para enfocar. Los pitidos y la luz parpadeante de algo enorme le estaban volviendo loco, tenía que ser el camión. Lo estaban retirando, quizás el conductor, dando marcha atrás, pues se dio cuenta de que el hocico del gigante blanco estuvo hundido en el lateral derecho del vehículo particular. Más crujidos, más traqueteos metálicos, como si las piezas que estuvieron presionadas por la fuerza comenzasen a desprenderse. Poco a poco, su visión se aclaraba. La puerta del asiento del conductor se desplomó con un ruido ensordecedor que hizo chillar su cerebro, mientras que la trasera del mismo lado quedaba colgando. Medio auto aplastado, cristales y trozos oscuros de acero por todas partes. Sentía que le echaban lentamente en el suelo, veía rostros desconocidos preguntarle si podía ver las manos que agitaban delante de sus ojos aturdidos. Unas manos empapadas de carmesí. Comenzó a hacer memoria sobre lo ocurrido y su corazón comenzó a pender de un hilo deshilachado. Sus amigos. ¿Dónde estaban sus amigos? La respiración, antes regular, se perdió en un ritmo caótico. Los buscó, dándose cuenta de que otras personas sacaban a los chicos del coche. Ichiro caminaba a pesar de los apoyos, ileso, limpio, mas se encontraba fuera de sí, como si andase sobre un vacío confuso y sin forma. Él y su amigo de lentes rotas estuvieron en el lado contrario al impacto, pero... Quiso levantarse y no se lo permitieron. Vio con el alma hecha pedazos como Ken era sacado de allí, ensangrentado hasta los huesos. No lo oía quejarse, ni oponerse. Apenas podía asegurar que estuviese consciente. Fue lo mismo para cuando liberaron a Eiji, también bañado en su propio líquido rojo, a cuerpo muerto. Ambos recibieron de lleno el golpe por encontrarse del lado derecho, fueron aplastados sin aviso, llevándose el peor resultado. Un momento, fue solo un momento en el que su adorado amigo de la infancia meneó la cabeza, buscando algo, para luego volver a dejarse llevar por la inconsciencia. De repente, sintió manos sobre sus mejillas. Su vista se enderezó, encontrando los ojos irritados y llorosos de Ichiro, arrodillado a su lado. Una herida surcaba su labio y un moratón oscuro adornaba el lateral de su frente despeinada, quizás producto de un coscorrón contra el cristal de la ventana. Su voz sonaba con eco, distorsionada, pero entendible.
-Está bien... -sollozaba con una sonrisa. -Estamos bien, estamos aquí... -ni él mismo lo creía, pero debía estar ahí para Daiki, el más frágil de ellos a nivel emocional y físico. Temió moverlo, la posición adecuada era de lado, no boca arriba, pero no podía arriesgarse. Su amigo más joven podía estar sufriendo una hemorragia interna y si hacía algo podría llegar a matarlo sin querer. Daiki comenzó a llorar, y fue ahí cuando sintió el dolor aparecer en su cuerpo, como si el camión le hubiese pasado por encima y aplastado con cada rueda. Piernas, brazos, cabeza, torso... Todo tenía un intenso dolor agudo que por un momento logró marearle. Ichiro dio palmas leves en sus mejillas, asustado por cómo el otro estaba perdiendo el enfoque en sus ojos. -Daiki. -exclamó bajo. -Mírame. -pidió, desesperado, recibiendo la mirada esmeralda, acuosa y perdida. -No te duermas, solo mírame.
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Kimetsu no Yaiba: Next Generation
Fanfiction¿Alguna vez te has preguntado qué sería de nuestros jóvenes protagonistas en un mundo distinto, una dimensión alternativa en la que su hogar es la época moderna? Este spin-off de El Ascenso del Dragón cuenta las historias de Daiki, retoño de Tanjiro...
