40. Un error contigo, un pasatiempo con otro

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Lo intentó. De verdad que lo intentó. Quiso calmarse, dejar a un lado por un momento aquella tormenta de miedos, dudas y emociones confusas para dejarse ver, decirle a Eiji que la cena estaba casi lista. Pero no podía. La presión sanguínea continuaba alta, su garganta no le dejaba emitir sonidos. Abría la boca, aunque fuese para gemir de angustia, mas era inútil. Sus cuerdas vocales estaban apagadas. Aparecer en aquel estado no era lo adecuado, su amigo se preocuparía y él ni siquiera podría pronunciar ni una miserable palabra. Retrocedió, todavía perdido entre las nubes oscuras de su propia psique. Dio media vuelta y entró a la casa. Sus pasos lo llevaron directamente al cuarto de baño. Allí, alzó la tapa del inodoro y se apoyó en la pared, inclinado hacia delante. Las náuseas lo estaban matando por dentro, notaba la acidez en la boca del estómago y la sensación se le subía al esófago. Pero los músculos abdominales no se contraían, no apretaban sus entrañas para hacerle escupir toda esa bilis. Y a pesar de no ser capaz de vomitar, se sentía mareado, sofocado, acalorado. No, no era asco lo que sentía. Eso jamás. ¿Cómo podría ser asco si cuando recordaba los roces, los deslices sexuales y la cercanía notaba el impulso de exigir más, de avalanzarse sobre su mejor amigo y comérselo? No era repulsión, no era repugnancia. Era otra cosa. Algo que todavía no podía identificar pero que lo estaba destruyendo por dentro. Podían ser efectos secundarios de la ansiedad y el pánico, era lo más lógico. ¿Pánico a qué? No lo sabía. Todo era demasiado confuso, le llegó la realidad con un intenso puñetazo en el vientre y no era capaz de sujetarse al suelo que pisaba. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo comportarse delante de Eiji sin que se notase que estaba viviendo una pesadilla despierto? Sabía que debía fingir no haber oído nada, pero, ¿cómo? No era tan sencillo, no podía simplemente hacerlo y que fuese creíble, perfecto. ¿Debía usar la excusa de que seguía molesto con él? Le facilitaría un poco sus intentos, mas no estaba seguro de que le valiese por completo. Aun así, era su única alternativa. Necesitaba tiempo, necesitaba asimilarlo. Ahora mismo se encontraba en una espiral infinita de dudas y miedo, tenía que salir de ella como primer paso. ¿Cómo? Quizás, esperando. Todo terminaba, todo tenía un fin en algún momento. Respiró en profundidad, cerrando los ojos. Lloró sin querer, se le escaparon las lágrimas bajo aquella presión emocional. Por fin, parecía que su voz regresaba. Tan aliviado estaba por ello que no pensó en que atraería la atención. Y así fue, demasiado tarde para reaccionar cuando ya tuvo a Ichiro encima, preocupado por él y con el brazo cubriendo su espalda encorvada.

-Daiki, ¿qué pasa? ¿Te sientes enfermo? -su voz baja sonaba inquieta, como si luchase para no llorar con él. El chico de ojos verdes solo negó con la cabeza. Rápidamente, le recogió con las manos su largo cabello. Ken entró en escena como una bala, abriendo los cajones del lavabo, rebuscando. Encontró una goma para el pelo y se la ofreció al de gafas, quien empezó a atar una coleta baja en el joven que lloraba. -Tranquilo, respira. -no quería que vomitase, su estómago estaba vacío y los ácidos solitarios abrasarían su garganta.

Daiki notó la mano amable de Ken peinar su flequillo, los mechones que enmarcaban su rostro húmedo, retirándolos y dejando la palma sobre parte de su frente y cuero cabelludo para sostenerlo fuera del camino. No lo veía por el agua salina en sus ojos, pero podía identificar sus colores, su figura arrodillada al lado del inodoro, mirándole fijamente con una expresión que no lograba distinguir. Ninguno le dijo nada, solo estuvieron ahí, afianzando su presencia, acompañando sin juzgar, sin pedir explicaciones. Los minutos transcurrían y Daiki se sentía más tranquilo. Aturdido y temeroso, pero tranquilo. Las náuseas se disiparon, el llanto cesó y la fuerza regresó a sus extremidades. Fue en ese momento, cuando se limpió los rastros de lágrimas y se irguió, que Eiji se asomó y se dio cuenta de la situación. Ichiro le dedicó una mirada relajada, comunicando sin palabras que estaba bien, que había sido un momento de malestar. Su sonrisa calmada hizo que el más mayor confiase, aunque este no podía dejar su preocupación de lado por no saber lo ocurrido. Fuese lo que fuese, ya parecía haber pasado y no iba a forzar a Daiki a contarlo.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora