32. ¿Quién decide el futuro?

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Las brisas eran una de las cosas más placenteras de la naturaleza, sentir el aire delicado contra la piel del rostro otorgaba las mejores sensaciones, una paz inconmensurable. Un viento suave de primavera u otoño podía llegar a ser el rey de los placeres. No obstante, no todas aquellas brisas eran iguales. El cambio era brusco dependiendo de temporal y temperatura. El verano era agotador por el alto número de grados, provocando fatiga y cansancio nada más iniciar el día. La imagen de un hogar con las ventanas cerradas y el aire acondicionado encendido era cada vez más común, pero también más preocupante por los gastos de luz y electricidad que llegaban en silencio a través de papeles inofensivos. Sin embargo, no era un problema para aquellos con un sueldo elevado, lo que podía llegar a ocasionar malestar y envidia en personas con remuneraciones más bajas.

Eiji era muy consciente de esa diferencia, había nacido en una cuna de oro, debía estar acostumbrado a los lujos, mas su pensamiento era muy distinto. Él no apartaba los ojos de la realidad, veía con claridad la diferencia y en lugar de aprovecharla y vivir de manera cómoda prefería tomar el camino del esfuerzo, del trabajo duro. No creía ser mejor que nadie como para merecer tantas facilidades mientras que otra gente igual de maravillosa estaba condicionada de nacimiento. Como todo ser humano, caía de vez en cuando en las garras de los caprichos, sobre todo si iban dedicados a Daiki. Aquella tarde tuvo tantas cosas encendidas que para una persona de a pie sería impensable tomar tal riesgo a una gran subida de facturas, pero no lo podía evitar. Su amigo había llegado a la residencia de su padre junto con el cachorro y quería, necesitaba, ofrecerle todo, no importaba el qué. Le dio total libertad de usar lo que deseara y el más joven tomó su palabra. El horno, la cocina, la mezcladora, la batidora, el equipo de música, la televisión en la sala que olvidó apagar... Y no se iba a dar cuenta, no cuando Daiki se había convertido en su profesor de repostería y él era incapaz de retirar la vista.

-Más despacio. -habló con una suave risa al revisar de reojo la velocidad con la que Eiji mezclaba los ingredientes para la masa. Daiki se permitió pausar su mezcla para acercarse, tomar las manos de su amigo y guiarle. -Hacerlo con prisa no lo deja igual. -comenzó a manipular los movimientos del brazo del otro a un ritmo más lento, más centrado y, sobre todo, dedicado. -Así, mezcla como si quisieras disfrutarlo.

-Sí... -pronunció el más mayor permitiendo la cercanía, el contacto, la guía de movimientos. Sus ojos no se apartaban del recipiente, estaba deseando mirar a Daiki, aprovechar la escasa distancia para deleitarte con sus rasgos principescos como siempre hacía en silencio. Pero quería aprender de él, esforzarse por ser un buen alumno. El chico estaba poniendo tanto empeño, tanta dedicación y emoción a enseñarle a cocinar magdalenas caseras que no podía pensar siquiera en defraudarlo. No era amante de la cocina, era un hecho. Ser consciente de que, aunque no fuera su pasatiempo favorito, Daiki estaba dispuesto a compartir con él una de sus más preciadas pasiones lograba hacer rebotar su corazón como una pelota de goma, sin control, bajo los efectos deleitosos de la felicidad y la alegría de aprender.

-Cuando creas que está todo bien integrado, dímelo.

El pecho de Eiji se relajó cuando Daiki soltó sus manos y se retiró a su posición. La calma solía ser una sensación bienvenida en todas sus llegadas, no había momento en el que algo tan pacífico pudiera ser desagradable. Sin embargo, no era lo que el más alto quería en aquel momento. El vello erizado, la piel hormigueando, su cabeza calentándose y sus entrañas cosquilleando causaban en él un sentimiento único de nerviosismo, emoción y deseo al que se rendía por adicción. De la adicción cruzaba a la necesidad imperiosa, y de esta a la resignación, pues no le quedaba otro camino que comportarse con decencia como el gran amigo que era. Un gran y maravilloso amigo... nada más. Y, por supuesto, debía mantener la mente despejada para no armar un pequeño estropicio por despistarse. Aun así, todavía estaba atento a lo que el muchacho hacía. Lo miraba cada ciertos segundos, observando la técnica delicada, pero firme, que tenía para fusionar los plátanos triturados con huevos, leche y vainilla. Veía la mezcla tan homogénea, con una apariencia líquida y suave... Casi parecía una nube derretida de tonos amarillos. No tenía ni idea de cómo lo lograba, cómo era capaz de manipular tan bien todo aquello relacionado con la cocina. Sus ojos azules se posaron sobre su propio recipiente, comparando inconscientemente. Vaya diferencia, el suyo parecía haber sido aniquilado por cuatro apisonadoras estropeadas, repleto de grumos de harina sin disolver. Aunque, en su defensa, podía decir que estaban mezclando cosas distintas, pues él se estaba encargando de la masa y Daiki del sabor. No podía hacerle responsable si algo salía mal, pues la idea de intentar aprender fue suya. El más joven solo propuso la receta y a sus oídos sonó tan atractiva que fue incapaz de explorar otras opciones. Su misión principal era crear unos llamativos cupcakes con temática veraniega. Habían comprado incluso colorantes y decoraciones. Sabía que les iba a llevar gran parte del día, pero no le importaba.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora