36. Olor a amenaza

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⚠️ADVERTENCIA⚠️

Este capítulo es explícito en:
-Secuestro.
-Drogas.
-Tortura.
-Abuso.
-Violación.

Y contiene menciones leves a:
-Suicidio.

Lee bajo tu propia responsabilidad.

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-Mamá, voy a la tienda, se ha acabado el azúcar.

-¡Tanjiro, tu cachorro se va a por azúcar! -gritó desde el sofá Inosuke, recuperando todavía un poco de energía tras un despertar perezoso.

-¡Daiki, ve con cuidado, mira antes de cruzar la calle! -se escuchó la voz del hombre desde el baño. -¡No olvides las llaves y camina bien, no te vayas a tropezar!

-¡No soy tan torpe! -dijo abriendo la puerta para salir. Entendía que una mala caída podía llegar a ser fatal, pero tampoco tenía tan mala suerte. Se había caído muchas veces en su vida y no obtuvo mucho más que raspones y el susto del momento.

Su paso era tranquilo, se dedicaba a disfrutar del ambiente del verano, siendo fresco y placentero durante las mañanas. Respiraba con gusto, lejos del centro de la ciudad donde todo era polución asfixiante. Observaba a los niños de los vecindarios cercanos jugar. Recordaba los años en los que él hacía lo mismo en el pueblo, en su antiguo hogar, con Eiji acompañando sus risas y diversión. Sonrió sin darse cuenta al memorizar tantos escenarios vividos con él, tantas alegrías en una vida sin preocupaciones ni responsabilidad. Solo ellos, sus risas y la inocencia de un amor puro entre dos pequeños que se adoraban. Tras comprar el azúcar decidió adentrarse en el parque cercano a esta, un lugar no muy grande repleto de pasto húmedo y árboles de cerezo que habían cambiado su color rosa por ramas casi desnudas cuando la primavera terminó y los pétalos cayeron. Caminaba cerca del delgado río que serpenteaba hasta más allá, deteniéndose un momento a admirar los ánsares nadar y acicalar sus plumas. Estaba tranquilo, no como la noche anterior. Había despertado con la cabeza despejada, menos preocupado por haber bloqueado también el número. Muchos mensajes insistentes, por supuesto. Y una foto sacada a escondidas en el centro comercial, pero... ¿hasta qué punto podía asegurar o no si había sido casualidad estar en el mismo lugar? Además, aquella persona no había sido realmente grosera, solo demasiado insistente y confianzuda. Nunca le amenazó o insultó, mucho menos intentó extorsionarle. Por esa parte, sentía que solo era alguien buscando atención de una manera poco legítima y aterradora. Con aquello en mente, plantando los pies poco a poco en una realidad más lógica, notó una presión intensa en la nuca, repentina e inesperada. No le dio tiempo a asimilar el origen de esta, la misma realidad a la que acababa de anclarse se puso del revés y él dejó de existir por completo.

Abrió sus ojos, aturdido. No estaba oscuro, pero la luz tenía dificultades para entrar por la ventana. Su vista borrosa se aclaró despacio, observando con confusión el cristal agrietado y tapado parcialmente con dos tablones por donde se colaban los rayos del sol. No entendía cómo había llegado allí. Un último vistazo a una habitación vacía, sucia, repleta de escombros pequeños y muebles roídos con aroma agrio. Intentó abrir la boca, mas sus labios no se despegaban. Reconocía el olor y la textura de la cinta adhesiva que la cubría, pegada a su piel de mejilla a mejilla. En su cerebro las neuronas comenzaron a comunicarse entre sí, repartiendo la información y formando una idea de lo que podía haber pasado. Su corazón se aceleró y con el cuerpo tembloroso quiso quitarse la cinta. No pudo, sus manos estaban atadas tras su espalda con la misma tira pegajosa que le daba varias vueltas a sus muñecas. Con un gemido temeroso y al borde de las lágrimas, se sentó en el suelo, observando uno de sus tobillos atado por una soga gruesa y maltratada a la pata de una base de cama con un colchón ennegrecido por la humedad. Su otro tobillo arrastraba el peso de un ladrillo de cemento, impidiéndole levantar el pie más de diez centímetros del suelo. Escuchaba los incesantes ruidos en el exterior, sonidos de obras y máquinas. Arrastró de rodillas toda la distancia que las cuerdas le permitían y se asomó por la ventana. Veía la torre de comunicaciones de Tokio demasiado cerca, a su parecer. O al menos, era lo que creía, no se le daba bien medir las dimensiones de cosas tan grandes. Visualizó un espacio de obra no muy lejos, con la grúa y excavadoras presentes. Numerosos trabajadores se movían cumpliendo su trabajo bajo todo aquel océano de ruido estruendoso e insoportable. En ningún momento dejó de hiperventilar por la nariz, sentía su corazón dar puñetazos hacia el exterior, como si buscara escapar. Escapar... eso era lo que él necesitaba. ¿Pero cómo? Antes de siquiera intentar buscar su teléfono en el bolsillo logró interceptarlo con la mirada. Estaba sobre una mesa coja junto con sus llaves, monedero y el paquete de azúcar, en la otra punta de aquel cuarto no tan grande. Quiso llegar hasta él, siendo en vano. Apenas podía posicionarse en el centro de la habitación por la limitación en sus tobillos. Podía arrastrar con esfuerzo y dolor el ladrillo, pero no la cama. Miró hacia la entrada. No había puerta, no estaba realmente encerrado. Y aun así... Forcejeaba sus manos, buscando estirar o romper la cinta. Tiraba de la cama con la pierna, intentando que su pie se deslizara del nudo. Sus quejidos llenaban el ambiente cuando los sonidos del exterior se detenían, llorando por el ardor que él mismo se provocaba en el tobillo por el roce violento de la soga. Comenzaba a sentirlo en carne viva y se vio forzado a parar. Se estaba haciendo daño para nada. Con dolor de cabeza, pánico y taquicardia se tiró al suelo de nuevo, encogiendo su cuerpo tembloroso hasta hacerse un ovillo de miedo y angustia. Sollozaba con fuerza, llamando a sus padres una y otra vez en sonidos que no eran apenas legibles y audibles por la cinta. Iba a morir ahí, lo sabía. No podía salir vivo de aquello, su mente le decía que aquel era su último día, que se había acabado.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora