43. Perdóname

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-Hey, hey... ¿Qué está pasando aquí?

Inosuke acababa de entrar a la habitación por orden de su marido para asegurarse de que los chicos estaban bien. La escena que encontró respondía con claridad a sus dudas. No lo estaban. ¿Y cómo estarlo? El escándalo se escuchó hasta dos pisos más allá, lo habían oído por la fuerza. Ante la falta de respuesta por parte de los menores, se acercó a ellos. Con el corazón en un puño, puso la mano sobre la espada de su hijo, quien lloraba sobre Eiji como si este estuviese destinado a enfrentar un destino fatal inevitable. Con la otra, sostuvo la mano del otro joven y frotó el pulgar sobre el dorso. Notaba que temblaba. Presionó los labios, frunció las cejas y observó en silencio. No se le daba bien consolar a nadie. A veces, se sentía inútil al observar cómo sus propios hijos enloquecían en lloros por motivos variados a lo largo de sus vidas y él no podía responder como un padre decente lo hacía. Como Tanjiro lo hacía. Apretó la mandíbula, inquieto, mirando al pequeño sollozar y al mayor vivir su primera crisis emocional, creada desde la tristeza, la culpa y el pánico a lo incierto. No sabía qué decirles, cómo aliviarles. Lo único que podía hacer sin meter la pata era estar ahí, presente, intentando que le sintiesen, ser una columna robusta que sujetase un techo seguro sobre ellos. Y lo lograba, su calidez relajó la respiración de Daiki y los ojos perdidos de Eiji parecieron encontrar el camino de vuelta a la realidad, aunque mostrando un espejo roto dentro de aquellas pupilas. Fue al cabo de unos cortos minutos que Genya y Miyuki entraron a la habitación. Inosuke los observó para luego buscar a su marido con la mirada, encontrándolo en la puerta con una sonrisa melancólica similar a la de la madre de ojos azules.

-Gracias. -por permanecer junto a su hijo, por brindar apoyo. Ella le dio al hombre de iris verdes la libertad al acercarse y este se irguió, soltando la mano del muchacho, pero aún acariciando la espalda del suyo. Este había levantado la cabeza y se había limpiado la cara con las mangas del camisón. -Chicos, Sugimoto ya ha salido, sus padres han ido con él.

El tiempo dejó de fluir, el mundo detuvo su movimiento, apenas dejando espacio al flujo de la conciencia, a la capacidad para asimilar las palabras. Las lágrimas no corrían, las respiraciones no funcionaban. Se quedó la imagen de dos rostros bloqueados con párpados que no pestañeaban. Las pupilas de Daiki lograron viajar hacia la puerta a sus espaldas, hacia los ojos rojizos de su padre. La sonrisa fue suficiente. Su corazón latió con fuerza una vez. Dos, y tres veces. Buscó el rostro de Eiji. Sus mares azules se clavaban en su madre, perdido, dudoso, impactado, temeroso... Pero al fin, esperanzado, con unas pocas piezas recién reconstruidas.

-¿Salió de verdad? -Daiki tomó el valor de enfrentar la realidad, murmurando.

-Sí, acaban de decírselo a sus padres para que vayan. -su voz dulce acariciaba los oídos de los chicos.

El más joven sentía la presión en la garganta, las ganas de llorar, mas ya no era por dolor o por miedo. Era de alivio, por aquellas sensaciones de alegría y calma inmensas que habían bañado su cuerpo completo, como una ducha cálida en un día de invierno donde el frío se colaba por las rendijas de las puertas. Se sentía como beber un chocolate caliente entre mantas suaves con lluvia helada fuera de las ventanas. Y Eiji también se bañó en aquel sentimiento sanador al enterarse, al poder disipar ese pánico de no saber, de no tener información sobre Sugimoto. No, no le hacía sentir menos culpable, menos responsable, pero su alma comenzaba a derretirse de consuelo y calma al ser consciente de que su mayor temor no se hizo real. Lo primero que haría al encontrarse con aquellos iris turquesa sería disculparse, bajar la cabeza, arrodillarse si fuese necesario. Con el joven de gafas, quizás, le compensase por lo mismo. Pero con Ken... El tiempo en quirófano fue señal suficiente para hacerle comprender que, de los cuatro, fue el más afectado. Necesitaba oír de él lo que fuese: insultos, gritos, acusaciones o palabras contrarias a eso. Daba igual el qué, solo quería oírlo, asegurarle a su conciencia que estaba con ellos, que no se había ido.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora