44. Rosa Eterna

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No pudo hacerlo. Sabía que en algún momento debía, pero no ahora. Se encontraba entre la espada y la pared. Daiki no debía enterarse del estado de Ken, no así. Tenía miedo de su reacción. Quizás, era más fácil de lo que parecía, que la respuesta era sencilla y solo tenía que ser sincero. Por desgracia, él no estaba en las condiciones mentales adecuadas para lograr un pensamiento sólido. Su cerebro era un torbellino destructivo de pánico, tristeza, culpa y vergüenza. Los padres del chico lo sabían, estaba seguro de ello, así que... Dejaría que ellos se hiciesen cargo de contárselo cuando fuese el momento. Daiki insistiría en ir a verle y... Iba a romperse con la imagen que descubriría. También podía mentir, decir que no le dejaron pasar. Sí, a lo mejor, una mentira piadosa era lo más adecuado. En los días que el más joven permaneció internado, Eiji lo visitaba a la misma hora. Tomar el transporte público se sentía más seguro para él que un coche particular, por algún motivo. Todos ellos habían tenido que volver a darse sus números de teléfono al perder los anteriores en el accidente, destruidos entre escombros metálicos. Tuvieron los dispositivos desde el primer día a pesar de estar vacíos. Daiki se tomó su tiempo para descargar de la nube de Internet toda su galería, que era lo único que le importaba. Había olvidado por completo la situación con su acosador y este ya no tenía vías para continuar molestando. Ichiro le visitó un par de veces, preguntó por Ken y no recibió una respuesta clara. El chico de gafas no era tan crédulo en aquella situación, se había dado cuenta de que era más grave de lo que parecía, mas no presionó a nadie a confesar. Ni a Eiji, ni a los padres de Daiki. Solo se mantuvo al margen, fingiendo tranquilidad, ocultando la angustia que le carcomía los intestinos. Daiki continuó insistiendo cada día en ir, pero Eiji lo detenía. Le decía que Ken estaba bien, pero muy cansado. Que esperase a recibir noticias de los padres de este o de los suyos. Por su parte, optó por mentir, decir que la primera vez no le dejaron entrar y que no lo intentó de nuevo.

Daiki estaba irritable, fatigado por la ignorancia. Los nervios correteaban como pequeñas ratas inquietas. Quería confiar en Eiji, pero algo le decía que sabía más de lo que dejaba ver. Y eso no le gustaba. Sus padres no le contaron nada, aunque él tampoco preguntó y eso rompía una vara a favor de los adultos. Caminaba por los pasillos del hospital como si fuese su propia casa, merodeando en sandalias y camisón. Bajó al vestíbulo principal por las escaleras. A pesar de ser el único paciente internado de pediatría que salía a las zonas más públicas del edificio, nadie lo miraba. El resto de jóvenes entraban a talleres de juegos y manualidad, él prefirió evitarlo. Entró en la pequeña tienda de souvenirs y alimentación solo para curiosear. Miraba con atención los peluches, las revistas, los aperitivos y gominolas, los juguetes baratos... Admitía que le apetecía una barrita de chocolate con miel, pero tenía las manos vacías. No salió con la intención de comprar. Tras unos minutos investigando, salió y fue de nuevo al fondo del vestíbulo. Torció a la derecha y empujó la puerta de cristal que le llevaba a los jardines interiores. Ahí pudo respirar el aire más fresco, menos cargado, aunque veraniego. Las flores regalaban un aroma suave entre aquellos muros. Se sentó en un banco, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. El sol no alcanzaba aquella zona, pero podía sentir su calor. Revivía el momento en el que estuvo ingresado en otro hospital cuando descubrieron su condición. Fueron unos meses largos, casi un año, considerando aquel hospital como una casa gigante que olía a desinfectante. No era diferente ahora, solo cambió el lugar, la distribución y el personal. Esperaba el momento adecuado para ir a ver a Ken. Había estado callado, permitiendo los días pasar con toda la paciencia de la que disponía y ya se le había agotado. Eiji no volvió a intentar visitarlo y aquello le hizo sentir una ligera decepción, pero no lo presionó. Sabía que el más mayor estaba sufriendo, no era tan sencillo. Quizás... iba siendo hora de tomar las riendas. Se acarició el dorso de la mano, alrededor del esparadrapo pegado a su piel que protegía la vía sanguínea metida en su vena. Escuchaba de fondo el movimiento del mundo, las voces susurrantes. Unos pasos suaves resonaron cerca, ligeros como el roce de un pétalo. Y tras ellos, una voz angelical.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora