48. Rendición y cobardía

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Eiji no sabía en que momento el pasillo se había estrechado, convirtiéndose en una jaula angosta. Las paredes se cerraron sobre él cuando apartó la mirada de la única rendija que lo mantenía atado a una realidad punzante. El blanco clínico de los muros cegaba su visión, la dañaba hasta que el gris comenzó a pintarlos. Un gris muerto que se esparcía como la tinta derramada sobre un papel absorbente. El aire pesaba, su cuerpo se adormecía y el techo bajaba cual prensa amenazando con aplastarlo, lenta, pero implacable. El sol que brillaba desde su pecho se había apagado como quien echaba agua sobre la pequeña llama de una cerilla. Las mariposas de su estómago, antes felices y enérgicas, habían caído agotadas tras revolotear en un aire tóxico. Su corazón rítmico y vibrante dejó de crear la percusión perfecta, perdiendo el hilo de la canción que adoraba interpretar. Ahí, en medio de un escenario lleno de movimiento y presencias, sintió la verdadera soledad, el dolor de algo que se había roto, las sombras que le ahogaban. Se preguntó cómo pudo haber caído de aquella manera, cómo pudo permitirse imaginar un vínculo así sin poner antes unas precauciones, cómo pudo pasar del mundo real a una fantasía. No era culpa de Daiki, no. Él no había hecho nada malo. Era culpa suya. Suya por creer en algo que no se veía. Suya por confiar en el camino de rosas sin pensar en las espinas. Suya por saltar a un mar de aguas luminosas sin asegurarse de su profundidad. Se había permitido el peor el error: sembrar un sentimiento y dejarlo crecer en secreto hasta que fue demasiado grande como para arrancarlo de raíz. Ahora, un rayo lo había partido en dos, quemándolo desde lo más alto hasta la base. Sentía la vibración de su teléfono en el bolsillo como si fuese un terremoto apocalíptico capaz de derrumbar el hospital entero. Sabía quién era, lo había oído de él, tan emocionado, tan feliz. Pero Eiji ya no estaba ahí, su entorno se desdibujaba. Lo oía, dios mío, por supuesto que lo oía enviarle audios ahora. "Ken me responde", decía. "Date prisa", exigía. "Por favor, léeme", suplicaba. Y él, ajeno a su propia dimensión, no reaccionaba.

"¡Despierta!", su mente gritaba. "¡Muévete, él te espera!", le regañaba desde adentro. "Él no tiene la culpa de tus fantasías, ¡no lo abandones así!". Su cuerpo empezó a moverse por voluntad propia, el títere de una mente que se negaba a dejar ir, a arrodillarse en la derrota. Odiaba su fortaleza, odiaba su fidelidad. Empujó la puerta, anunciando su presencia con el ruido agudo de las bisagras. Daiki se dio la vuelta con el teléfono en la mano, la pantalla aún abierta en la conversación privada con mensajes y audios. Aquellos ojos verdes fueron hasta hacía un minuto un sueño, un universo lleno de vida. Ahora, no eran más que dos pozos malditos y contaminados. No comprendió el silencio que llegó después. ¿No era eso lo que Daiki quería? ¿No lo había llamado para que apareciese? ¿Por qué no decía nada? ¿Por qué no le contaba lo que había visto? ¿Por qué su hermoso y tierno rostro estaba tan deformado por el horror?

-Eiji... -pronunció en un hilo de voz tan fino, pero tan denso.

Fue ahí cuando notó el frío húmedo en su cara, la picazón en los ojos. Por supuesto, había llorado ahí fuera. Había sacado cascadas interminables en la quietud, las había olvidado por el dolor y entró con los estragos restantes. Los apoyos de las muletas ya no eran suficiente, sentía que el suelo se abría y le dejaba caer en un abismo. No pudo responder. No fue capaz de poner una excusa, tampoco de mentir. Y mucho menos, de expresar su verdad. Una breve mirada al cuerpo tendido, dormido sobre la cama, bastó para aceptar su derrota. Podía competir contra otro hombre, pero no contra Daiki. Y Daiki ya había escogido.

-Lo siento... -murmuró, tan resquebrajado como una fina capa de hielo sometido a tormentas solares. "Volveré cuando despierte. Solo avisa cuando pase. Tengo una disculpa que darle." Pero nada salía de su boca, las palabras resonaban a través de unos labios que no eran físicos, rebotando en solitario contra los extremos de su cerebro. Se escuchaba tan real ahí dentro que confió en que su garganta las había dicho. El simple acto de darse la vuelta... jamás se había sentido tan desgarrador.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora