31. Perdido en su propio ser

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Tensión, miedo, insomnio. Eran las tres bombas de relojería que Ken no pudo desactivar de su cerebro, incrustadas por el pánico conocido de hacerse responsable de alguien indefenso frente a los terrores nocturnos. Toda la noche, toda la madrugada con los párpados cerrados, pero sin permitirse dormir o apagar su estado de alerta. Daiki le necesitaba despierto aunque el propio chico no lo supiera. No era la primera vez que vivía aquello. Hubo tantas noches, tantos momentos en los que tuvo que madurar de repente, ser adulto por unas cuantas horas. Conocía tan bien el protocolo que comenzaba a odiarlo. Casi desde de que tenía memoria su hermano había sufrido también una larga temporada de terribles pesadillas que se trasladaban a la vida real, y él junto a sus padres tuvieron que aprender a controlarlo, a lidiar con los ataques de pánico de alguien que ni siquiera se despertaba. Numerosos terrores en los que decidió encargarse él solo porque detestaba ver las lágrimas en los ojos de su madre y el miedo en los de su padre. Noches en las que hizo de único apoyo para Keiichi, hablándole para despertarlo y abrazándole cuando todo había terminado, permitiendo que su hermano mayor se mostrara débil, algo que solo él era digno de presenciar. Jamás pensó que tras superar la adolescencia tendría que volver a vivirlo, y tenía razones para ello, pues era cierto que el mayor de los dos estabilizó sus sueños al crecer. No esperó que su amigo también tuviera aquel problema, le pilló con la guardia tan baja que por un momento sintió que él también lloraría. La presión mental, la calma con la que debía forzarse a actuar hacían daño a las emociones que trató de reprimir para ser más útil. Y de aquella manera se mantuvo, velando por Daiki hasta el amanecer, cuando los primeros rayos de luz, casi imperceptibles, le dijeron que podía dormir tranquilo las pocas horas que quedaban para que el día iniciase oficialmente.

Los ojos esmeralda se abrían, la consciencia regresaba, y con ella el recuerdo amargo de la noche. Lástima y culpa le roían el alma como ratas hambrientas. Por unos momentos se convirtió en un problema y detestaba tanto la sensación, el sentimiento de ser una molestia. Giró la cabeza sobre su propio hombro y observó con dificultad a Ken, encontrándolo dormido. Veía su rostro, su expresión relajada. ¿Cuánto tardó en poder alcanzar esa tranquilidad después de tal susto? Pensarlo solo le causaba más angustia. Dejó de mirarlo, volviendo a apoyar la cabeza en la almohada, dándole la espalda. No obstante, todavía necesitaba ese apoyo, esa compañía. Buscó el brazo del pelirrojo y se lo llevó, dejándolo reposar sobre su cintura para que él pudiera entrelazar sus manos a la altura del pecho. Después, pegó su espalda al cuerpo ajeno lo máximo que fue capaz. El agradable calor de su piel, el tacto de un acompañante confiable le calmaban las secuelas del terror nocturno. Por eso jamás tuvo uno en presencia de Eiji, porque confiaba en él a tal punto que era capaz de poner su propia vida en sus manos incluso si el más mayor tuviera un arma letal. Porque sabía que nunca permitiría que nada le dañase. Y aunque Ken había demostrado ser de confianza en aquel momento crítico, su amistad tosca era de unos pocos meses. Ni siquiera se atrevía a decirle algunas de las cosas con las que tenía que convivir. Solo le quedaba esperar, dejar que el tiempo endureciera su vínculo.

Una hora, quizás dos, en el último trozo de descanso. Ken despertó con facilidad, algo poco común en él, quien era dado a levantarse hecho trizas y con escasa atención. Sus pupilas tardaron en enfocar la cabeza ajena frente a su nariz. Aspiraba el aroma suave a vainilla y un débil toque a hierbabuena. De todas las personas que alguna vez conoció Daiki era quien poseía el olor más adictivo y agradable que perduraba incluso después de haber sudado un poco. Cerró los párpados y enterró la nariz y la boca entre los mechones oscuros, respirando esa dulzura fresca y dejando sus labios tocar la cabeza contraria. Sentía con mucha sutileza los latidos, rítmicos y relajados. Le otorgaban tanto alivio después del pánico que había experimentado que se permitió apretar el cuerpo más delgado hacia sí con la mano que aún tenía atrapada en un enlace. La sábana ayudaba a mantener la calidez compartida, una que no era molesta a pesar de ser verano. No lo soltó incluso cuando su amigo se movió.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora