20. Dudas y compresas

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-¿Cómo está tu amigo?

-No lo sé muy bien...

Tres días sin descanso, sin dormir, sin ser capaz de centrarse o distraerse en algo que no estuviera relacionado con Daiki. Eiji estaba agotado, mental y físicamente. La falta de sueño le pasaba factura y deterioraba su creatividad y habilidad para tocar o cantar. Desde que acompañó a los Kamado a desayunar aquella mañana no volvió a tener contacto con su amigo, ni a verlo. El chico no estaba acudiendo a la escuela, tampoco le contestaba los mensajes y en sus intentos de llamarlo terminaba sonando el contestador automático. No tuvo más remedio que acudir a Tanjiro bajo la capa de la vergüenza para saber algo, por mínimo que fuera. Por desgracia, todo lo que el adulto le dijo fue "está pasando por un mal momento, le contaron algo que no le gustó y está muy enfadado con el mundo ahora". Era un buen resumen, muy simple, y le quitaba el temor de que su salud hubiera empeorado. Aún así... No era agradable oír que Daiki estaba lo suficientemente mal como para ignorarlo tres días seguidos, como si no existiera, ni para ir a clases. Su amigo nunca se había comportado de esa manera con él, le preocupaba qué tipo de pensamientos e ideas negativas estaría teniendo. ¿Y si tenía un bajón depresivo y se sentía devastado? ¡Tenía que ayudarle! ¡Quería ayudarle! Conseguir sacarle una sonrisa, por pequeña que fuera, era lo más importante, pero no era posible si el otro no le permitía acercarse de ningún modo.

-Sé paciente, a su edad yo tenía peor humor. Se le pasará, seguro.

-Gracias, padre...

Si bien no tenían una relación muy estrecha, aquel hombre de negocios tan serio y cascarrabias seguía siendo su padre y lo quería. Apreciaba mucho su genuino intento por hacerle sentir mejor.

-Me han gustado sus dulces. Cuando lo veas dile que tengo una propuesta.

-Padre... No metas a Daiki en tus negocios... -suspiró.

Tanjiro no se quedaba atrás en tratar de conseguir lo mismo que Eiji. Sin embargo, no estaba teniendo demasiado éxito. Entre el periodo que estaba alterando el humor de Daiki cada cuántos minutos y su profundo enojo se le hacía imposible sacarle más de una frase seguida. Le permitieron quedarse en casa, faltando a clase, por ser su primera vez menstruando y por los dolores y molestias que conllevaba, a parte de creer que era mejor permitirle su espacio y tranquilidad para asimilarlo. Fue un golpe emocional demasiado duro. El joven no salió de su cuarto desde que le contaron todo, y no permitía el paso a su madre. Todo lo que Inosuke hubiera cocinado o hecho él lo rechazaba. A Tanjiro le dolía el alma de ver cómo su hijo apuñalaba la relación. Siempre estaba pendiente, veía cómo Daiki le negaba el paso a su otro progenitor cuando iba a darle las buenas noches o los buenos días. Inosuke había estado mucho más atento desde entonces para tratar de suavizar la rabia del chico y recuperar el cariño de su cachorro, pero nada funcionaba. Daba gracias al cielo que su controversial esposo no era de los que se rendían fácilmente ni aun con todo en contra. A veces era positivo ser tan cabezota y no dejarse derrotar. De todas formas, le avisó de que no sofocara demasiado al joven con su insistencia, que lo hiciera con calma. Tanjiro podía olerlo: su pareja estaba hecha pedazos a pesar de no demostrarlo. Aspiraba un aroma triste, devastador. El pobre hombre estaba esforzándose como jamás lo había hecho para no perder a su pequeño. Quizás estuviera exagerando, pero era mejor evitar el riesgo.

Como las mañanas anteriores, esta no iba a ser diferente. Las pesadillas que pudiera tener eran menos horribles que despertar y volver a la realidad. Sentir de nuevo la presión y los calambres en su bajo vientre lo mataba por momentos. Se revolcaba en la cama, se encogía, se retorcía... Mas ninguna posición le ayudaba a aliviarse. Era horroroso, insoportable. Las molestias musculares, la sensibilidad emocional y los mareos empeoraban la situación. No quería estar con nadie y al mismo tiempo deseaba que alguien se quedara con él, acariciándole la cabeza o la espalda. No quería hablar, pero añoraba desahogarse en compañía. No tenía apetito, pero sentía un irrefrenable antojo por comer en grandes cantidades, sobre todo dulces. No se entendía a sí mismo, no sabía qué quería. Su cabeza no estaba hecha para contener tal cantidad de pensamientos. Dormir era la mejor opción, no le quedaba más remedio. Por suerte, desde que comenzó con aquel "problema" era más fácil dormir, tal vez por la poca energía que lograba acumular.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora