50. Roto

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No necesitó pensarlo demasiado. Ese mismo día iría con Rini a encontrarse con la persona que ella propuso. No era seguro que supiera algo, pero sin duda, era la opción más accesible y la fuente de información más fiable que tenían ahora.

En el descanso, se permitió no pensar en nada más que en su compañía con Ichiro. De alguna manera, el otro lograba despejar su mente y hacerle sentir tranquilo con su voz suave, mirada dulce y caricias delicadas. Se había hecho un poco dependiente de los dedos que le peinaban, de las manos que le masajeaban y de los labios que le besaban la coronilla o las mejillas. Estar con él era como purificarse en un templo repleto de incienso y calidez divina. Ahora que estaba sucediendo todo aquello con Ken y Eiji no podía evitar sobrepensar sobre su relación con todos. Por extraño que pareciera, no podía encontrarle una etiqueta clara a su relación con Ichiro. No sentía un deseo sexual especial por él, pero sí una admiración genuina por sus rasgos tiernos y adoración intensa a su forma de ser. Dudaba de si eso era una amistad normal, pero no había nombre o palabra que conociera que encajara. Estaba muy fuera del molde. Comenzaba a dudar de si sus tres únicos amigos eran realmente amigos para él. Sin embargo, de todo lo que vivía, eso era lo que menos le quitaba el sueño.

La conversación con Eiji podía esperar un día más. De todas formas, el más alto no le había buscado desde entonces, ¿por qué lo haría hoy? Le dolía, por supuesto que era insoportable comprimir todo ese daño, pero no podía forzar a que el otro diera el primer paso. Eso nunca sucedería. Esta vez, Eiji ya no iba a darlo todo por él y darse cuenta le dio largas noches de llanto silencioso, siendo consolado por los arrumacos de Flakes. Tuvo que acostumbrarse por segunda vez en la vida a su ausencia, pero ahora era mucho peor porque lo veía cada maldito día. Esperaba con una fe ciega que la decisión del más mayor de alejarse la hubiera tomado con intención de sanar un poco y luego volver. Le había prometido al poco tiempo de reecontrarse que jamás volvería a dejarle ir. Quería creer en su promesa a pesar de las circunstancias.

También avisó a Ken por mensaje de que no podría visitarle. No le dio muchos detalles, solo que debía acompañar a Rini a un lugar de la ciudad un poco lejano y a ella le daba miedo ir sola y no quería ser llevada por su problemático hermano. El pelirrojo no hizo preguntas al respecto, ni siquiera necesitaba explicaciones. Respetaba que Daiki tuviera más amigos y otras cosas que hacer en lugar de encerrarse con él en el hospital cada tarde.

El castigo que estaba cerca de terminar en pocos días se hacía cada vez más ameno, incluso comenzó a sentir cierta pena interiorizada por Etō, pues parecía que el tiempo transcurrido a solas entre aulas, pasillos y productos habían limpiado algo más que solo suelos, mesas y ventanas. Lo veía tan... tranquilo, en paz con su existencia. Y lo mejor, en paz con él. Las interacciones no habían subido entre ellos, pero sí se hicieron más suaves, más cercanas a lo que se podía esperar de dos compañeros de escuela conocidos. No sabía si cambiaría una vez que el castigo terminara. No sabía si volvería a mirarle con tanto odio y desprecio. No sabía si intentaría meterse con él de nuevo ahora que Eiji le había abandonado, dejándolo sin esa protección concreta que era la que Etō temía.

Una vez que se acabó por aquel día, se encontró con Rini a escondidas en un parque cercano, sin cambiar su uniforme o dejar su mochila. Ella había tenido tiempo para vestirse apropiadamente y dejar sus utensilios en casa. No fue un viaje largo, pero sí nuevo. El trayecto pasaba por una zona de la ciudad que él no había visitado. Y era normal, la ciudad era demasiado grande. Verla por completo era imposible a menos que hiciera turismo. Se bajaron en una estación cercana a un bloque de apartamentos pequeño en un vecindario humilde. Se podía oler un poco el aroma a comida instantánea. La calle no estaba bien asfaltada, los muros no recibían cuidado y el edificio se veía ligeramente viejo y manchado con rastros oscuros bajo el tejado, las ventanas y los balcones dejados por años de lluvias y nevadas. El lugar en sí no era el problema, sino el tipo de personas que podría haber detrás de cada esquina. Se podían esperar cuatro cosas de aquel tipo de barrios descuidados: jovenes independizados sin mucho dinero que comenzaban su trayecto en la vida, familias desestructuradas, gente mayor solitaria con mala suerte en los trabajos y adultos con sueldos precarios o adicciones. A ninguno de los dos les gustaba, pero no podían juzgar a primer vista. Nacer con padres adinerados era un lujo que solo ellos conocían y la mayoría de personas no tenían esa suerte.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora