Como todo en el ciclo de la vida, el espectáculo tuvo que terminar. Algunas personas se marchaban, otras se quedaban. Para ellos dos se había acabado la fiesta, los adultos eran los que poseían el control y debían obedecer. Cierto era que se encontraba nervioso, pues sería la primera vez que se quedaría durante la noche en casa ajena, lejos de su lugar seguro, de su hogar, de sus padres. Por suerte, parte de aquella inquietud la abandonó por el camino al saber que el hermano mayor de Ken no regresaría a casa hasta un día o dos después. Vio de lejos, mientras se marchaban, al mayor de ambos siendo agarrado del brazo por una muchacha de cabello oscuro y recogido en un moño delicado, socializando con una mujer rubia de la misma edad. No le dio más atención que eso. El camino de vuelta fue entretenido, tranquilo. La madre del pelirrojo era charlatana, hablaba de todo y nada a la vez. Daiki se dio cuenta de la poca participación del padre, notando en sus escasos momentos de charla que era un hombre tímido, pero con un carisma elevado. Cuando abría la boca se sentía una macedonia de vergüenza y alegría, de un leve esfuerzo satisfactorio.
No hubo nada más que cumplir. Llegar a la gran casa, quitarse las sandalias de calle, beber un poco de agua y prepararse para dormir. Daiki ya había estado allí, conocía el lugar, aunque no a la perfección. Bajó con suavidad la mochila de su hombro y la colocó a un lado de uno de los escritorios, el cual se encontraba bajo la única ventana. Suspiró con gusto y notó algo suave, un cosquilleo, rozar su tobillo. Su mirada descendió, encontrando a la pequeña señorita del hogar, mimosa y peluda. Se agachó, sonriente, y acarició el lomo tricolor.
-Hola, bonita. ¿Quieres cariñitos? -aunque los animales no hablaban era imposible que uno no les dijera de todo.
-Siempre quiere. Es muy pesada. -pronunció Ken cerrando la puerta y caminando hacia el centro de las dos camas.
-No le hagas caso, Kimiko, es un gruñón. -pronunció como si se comunicara con un bebé, rascando con los pulgares las mejillas de la gata. Sacó una sonrisa y un bufido en el otro. Y tras unas pocas caricias más, el felino se alejó y se metió debajo de la cama a la que el pelirrojo daba la espalda.
-¿Dormiré ahí? -señaló.
-No. Tú duermes conmigo. -al levantar la mirada y ver la expresión confusa de su amigo, aclaró. -Mi hermano no cambia a menudo las sábanas y sabiendo que su novia viene en cuanto puede... Te recomiendo no tocarlas.
El rostro asqueado de Daiki fue un poema digno de la mejor literatura. Por un lado esperaba dormir solo para moverse libremente, pero por el otro consideraba que dormiría más seguro con el calor de alguien a su lado siendo la primera vez que se encontraba lejos de casa. Retiró su vista de aquel colchón maldito y la puso sobre su amigo. No importaba cuántas veces hubiera presenciado la imagen del cuerpo de Ken, sus pupilas siempre se dilataban y perdían. Veía cada movimiento a cámara lenta, como si el mundo hiciera un intento vano por detenerse un momento. Las manos retirando el obi, el yukata abriéndose en la fantasiosa lentitud mostrando y sugiriendo un escote hinchado, las mangas cayendo hasta revelar el torso. En su percepción, los segundos lograron congelarse, quedándose inmóvil e inerte con los ojos enfocando aquellas dos zonas sensibles de tono más rojizo en ambos pectorales. Los pensamientos curiosos fueron suficiente para comenzar divagar: ¿Serían tan suaves como se veían? ¿Tendrían sabor? ¿Por qué se le cruzaban esas dudas ahora, siendo que ya había visto aquello en momentos pasados? ¿Era por el acto en sí de desnudarse? Las preguntas se arremolinaban alrededor de su cabeza como un vendaval, un tornado que giraba y giraba. Sus esmeraldas seguían siendo testigos, tomaban nota de cómo la prenda se terminaba de abrir y era retirada. La uve de aquel bajo vientre, el diminuto saludo tímido del vello anaranjado que asomaba por debajo de la ropa interior, el bulto natural que indicaba la evidente presencia de un hombre... Todo aquello le tenía ardiendo, sofocado, respirando aire caliente. Oía sus propios latidos intensos, el correr de su propia sangre. Y no fue hasta que Ken le lanzó una almohada en plena cara que pudo enfriarse, reaccionar y volver al mundo real.
ESTÁS LEYENDO
Kimetsu no Yaiba: Next Generation
Fanfiction¿Alguna vez te has preguntado qué sería de nuestros jóvenes protagonistas en un mundo distinto, una dimensión alternativa en la que su hogar es la época moderna? Este spin-off de El Ascenso del Dragón cuenta las historias de Daiki, retoño de Tanjiro...
